LA AGONÍA ENTRE EL YO Y EL OTRO EN EL ORDEN ESTÉTICO

La agonía entre el Yo y el Otro en el orden estético

Fernando Ángel Moreno


Existe una especie de estructura latente de conflicto entre lo natural y lo artificial, entre lo tecnológico y lo íntimo, entre las grandes masas de gente y el grupo de los escogidos —mi familia, mis amigos, mis iguales intelectuales—. ¿Qué tiene que ver todo esto entre sí? La eterna agonía entre el Yo y el Otro, que en el fondo contiene una pulsión de muerte, de miedo a desaparecer por la mayor fuerza del Otro.

Nuestros prejuicios estéticos se basan inconscientemente en este conflicto. Hemos establecido ciertas analogías por las que ciertos conceptos representan lo auténtico y otros, la mentira. Sin embargo, con poco que rasquemos en su superficie, encontramos que «lo auténtico» y «lo falso» en arte representan sólo miedos al Otro.

Hemos construido un orden desde el cual defender lo íntimo, lo de uno, desde el miedo a ser arrasado por el Otro. Pues, pese a todo lo que nos ha explicado el estudio de la mente, continuamos creyendo que el Otro nos miente más que el Yo. Así, como todo orden, los juicios estéticos pretenden controlar el caos que viene desde lo ajeno, sus mentiras, su peligro.

Acabo de ver Logan Noir (2017), de James Mangold, una película que me ha parecido un interesante ataque contra todo el imperialismo estadounidense, contra el mito del superhéroe, un homenaje al western contra las utopías de la «hermosa vejez». Incluso amigos míos —fanáticos del cómic y del cine de superhéroes— la han visto como una «simple y buena película de acción». En su mecanismo ordenado y estructurado del arte, ese tipo de cine simbólico no puede hacerse de este modo, el de lo comercial. Ha de hacerse con otro ritmo, otros temas, otro tipo de banda sonora. Son capaces de disfrutar —y mucho— el cine de Bergman, de Dreyer, de Kiarostami, pero lo miran de otro modo, como si Kiarostami fuera auténtico y Mangold, no. Yo prejuzgo del mismo modo películas que les gustan a ellos.

Prejuzgamos los éxitos editoriales, un gusto mayoritario por un artista, un concierto genial al que acuden cien mil personas. Esos prejuicios tienen tan poco de criterio estético como el contrario: que una obra sea buena porque guste a millones de personas. En los primeros hay una defensa contra el miedo a la anulación mediante el refuerzo del Yo individual, solitario. En el segundo, dicha defensa se produce desde el refuerzo del Yo a partir del sentimiento de comunidad, del apoyo externo. Aunque lo parezca, un prejuicio no es mejor o peor que el contrario. En el primero, hay una autocastración del disfrute y una autoalienación, a favor de cierta autonomía. En el segundo, una incapacidad para valorar aquello que no tenga un consenso mayoritario, a favor de cierta empatía. Son los apocalípticos y los integrados explicados por Umberto Eco. Ahora bien, lo que Eco no supo quizás ver fue que en la base de estos juicios estéticos hay un miedo a que no seamos valorados, es decir, a la desaparición, a la muerte.

Todos necesitamos soledad y recogimiento en algún momento de nuestras vidas, para huir de la presión social, por lo que esa necesidad de intimidad ha devorado también el juicio estético. Necesitamos ser tomados en consideración en un mundo alienante, donde hay demasiada gente y donde, demasiado a menudo, no sabemos gustar a unos Otros que tampoco saben llevar bien sus vidas ni amar suficientemente a sus semejantes. Estamos atrapados en un miedo colectivo al Otro, un miedo que también fomentamos. Queremos que se nos valore como únicos —puesto que pasamos demasiadas horas en el atasco de la carretera o en el atestado vagón de metro—, es decir, que se nos quiera.

Al mismo tiempo, necesitamos que nos dejen solos porque no podemos con las presiones a las que los juicios sociales nos someten y a los que —a partes iguales— sometemos a los demás.

La necesidad de individualidad, la presión que nos creamos entre todos, las ansias por que nos quieran y nos valoren… influyen en nuestros prejuicios estéticos.

Atribuimos categorías inmediatas y falaces de aprobación a esas películas que muestran a un personaje solitario en medio de la naturaleza, a aquellas novelas cuya protagonista está harta de la mediocridad de cuantos la rodean, a todo ese arte realizado por alguien solitario y marginado. Es la estética de quien necesita ser valorado o de quien no soporta las presiones sociales. Me gusta ese arte, porque también estoy alienado.

Es comprensible e incluso tierno.

Atribuimos categorías inmediatas y falaces de desprecio a cualquier superproducción con muchos anuncios por la calle, a Muse desde que gusta a todo el mundo, a los efectos especiales, al filósofo que imparte conferencias a miles de oyentes. También me gusta ese arte.

Atribuimos categorías inmediatas y falaces de aprobación o desprecio al discurso reflexivo, pausado, a las frases barrocas en las novelas, al lenguaje preciosista, a la película de ritmo pausado y de profundización filosófica.

Es comprensible e incluso tierno. Me gusta.

Nos cuesta mirar más allá de esas identificaciones y de esos rechazos automáticos. Incluso tú, amable lector, te dices que eres capaz de disfrutar de todo tipo de estética, pero no percibes que como yo, como todos, también estableces esas identificaciones demasiado a menudo y demasiado a menudo no sabes leer la expresividad de una obra estética cuando un prejuicio surgido de tu alienación te invade.

Por ejemplo, el receptor varón español de mi generación siente especial devoción por los protagonistas descreídos, que sienten que todo el mundo es imbécil. Y odian a los niños en las películas, a menos que no parezcan niños. A las mujeres que no sean fuertes y a los hombres que no saben reaccionar ante la vida. Disfrutan las películas que confirman el horror del mundo y desprecian aquellas que dan esperanzas. Su miedo a esa masa que «no le valora», a esa mujer que «no supo entenderle», a esos amigos que «no le fueron leales» ha alimentado su miedo al Otro y su fanatismo por su propio Yo que, al mismo tiempo, desprecia por no haber sabido sobrevivir mejor.

Nuestro orden estético ya está enquistado. Nos hemos acostumbrado a centrarnos en los «fallos de guion», en «el abuso de efectos especiales», en «el absurdo de los personajes planos»…

En «no voy al cine para comerme la cabeza», en «este escritor va de listo»…

En «me lo veía venir», en «no hay quien se lo crea», en «lo han improvisado sobre la marcha»…

En «ya estamos con la política», en «me jode lo políticamente correcto»…

Hemos ordenado el arte.

Nos hemos acostumbrado a despreciar de manera automática desde un orden estético que sólo tiene que ver con nuestro miedo al Otro, pues sentimos amenazado nuestro Yo.

No nos centramos en la expresividad estética como medio de comunicación con el Otro.

No es que no tengamos gusto. No es que no seamos capaces de abrir nuestra mente.

Es sólo que estamos asustados.

Siempre me parecieron horribles las novelas de Harry Potter. Pero algunas compañeras me han enseñado a alterar mi orden estético y no verlas como «engaño para bobos». Me ha costado mucho, porque es un arte difícil, muy hermético para los no iniciados, pero estoy aprendiendo a disfrutarlas.

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