JUSTICIA SOBRE RUEDAS DE HIERRO

Justicia sobre ruedas de hierro

Antonio Pérez


En un año de cuya cifra no quiero acordarme, mi mujer y quien suscribe estuvimos varados en el puerto colombiano de Santa Marta. El mercante en el que viajábamos del Amazonas a Oslo tenía las bodegas esperando a que la lluvia cesara y pudiera comenzarse un cargo de sacas de café. Los estibadores, todos negros y mano sobre mano como corresponde al topicazo de escaqueadores natos, esperaban las órdenes del capataz y, éste, la de un venezolano mocho que sólo se ponía una mano de plástico cuando atracábamos en los puertos: era el calculista o loadmaster, autoridad máxima del barco mientras éste estuviera cargando. De su pericia en tarar a ojímetro se esperaba que la carga no se moviera durante la travesía, causa de buena parte de los naufragios. Pero el problema estribaba en algo peor: que, si se mojaban las sacas, era previsible, no sólo que el café fermentara y se arruinara, sino que criara gases letales. Por tanto, tocaba esperar.

¿Qué hacer en una ciudad del Caribe cuando no conserva piedras antiguas y no te interesan las piedras coloniales, ni las republicanas y, menos aún, las de cristal y acero? ¿Ir a visitar la cercana quinta donde murió el Libertador? Ya la habíamos visto en cine y en teatro. ¿Rumbearnos la noche samaria? Traíamos en los esqueletos un hartazgo de peas, cumbias y vallenatos que-dios-nos-lo-guarde. ¿Quedarnos en el camarote trabajando con la ayuda de los yanomami y de Adorno sobre los vericuetos del origen del arte? Tiempo tendríamos durante la travesía, como efectivamente ocurrió.

Aquellas nubes lejanas, tan distintas de las que teníamos encima, estaban demasiado quietas, señal de que coronaban los picos de la Sierra Nevada. Cogitamos: «¡Cónchale!, buena idea sería visitar a los Hermanos Mayores». Pero, veníamos de vivir años y años con otros indígenas y nos pareció una falta de respeto saludar «hola y adiós» a los kogui y los otros parientes. Entonces sí que nos hubieran tildado de Hermanos Pequeños, pese a que todavía tuviéramos la piel como papel de lija en recuerdo de los bichos amazónicos. Y, además, subir a la Sierra era una excursión lenta y sin garantía alguna de descenso rápido… salvo que hubiéramos caído en la ignominia de bajar por el río Don Diego, quizá incluso llegando a la aberración de recoger en la playa conchitas de spondylus, cuales turistas interculturales.

Descartada la Sierra, nos quedaba Taganga, entonces un pueblito de pescadores y (relativamente) tranquilos narcos de marihuana. Una chiva o calesa con asientos de palo y radio rumbosa nos dejó en la playa. Cayucos —demasiado mazacotes si los comparábamos con las canoas fluviales— y un tiburón martillo y un montón de pargos: nada excitante. En el cerro, altísimas tapias de ladrillo sin revocar se coronaban con un alambre de espino —todavía no electrificado— moteado con mechones de reses y plumón de las gallinas. Obviamente, ocultaban apenas las mansiones de los narcos, ¡bicho, zape!

De vuelta a Santa Marta, nos contaron una de esas banalidades que hacen las delicias de los eruditos: reza el chisme que entendemos mal la inmarcesible canción «Santa Marta tiene tren/ pero no tiene tranvía». El autor de esa inolvidable letra no se refería al tranvía urbano, sino a que la ciudad carecía de train-vía, porque el magnate ferroviario de turno nunca consiguió la autorización para trazar la vía de su tren —sin embargo, ahí estaba—. Y ya que estábamos metidos en los caminos de hierro, decidimos que lo mejor era irnos a Bogotá en ese tren diario que, según aseguraba el tablero de la estación, sólo tardaba 24 horas en llegar a la capital.

Dicho y hecho. Bien de mañanita, nos subimos al expreso bogotano en manga corta pero provistos de ropa de abrigo, pues sabíamos que el tramo final era un ascenso de 2600 metros que, necesariamente, tendría que ser nocturno… y frío. La primera impresión fue inmejorable; los vagones eran de madera desvencijada pero nadie viajaba en los techos ni colgado de los topes.

Pitidos, banderitas, pañuelos y sollozos, humo o vapor, comienza el traqueteo. A la derecha, el tren bordea el Mar Caribe; a la izquierda se divisa la Sierra Nevada… hasta que enseguida llegamos a Ciénaga. A partir de esa ciudad, el tren cambia la orilla marítima por la costa del grandioso río Magdalena y empieza el viaje propiamente dicho. Aunque no es ni media mañana, el calor del valle aprieta cuando pasamos por la todavía no famosísima Aracataca. Creemos divisar palmeras tagua —el marfil vegetal— y algún raro búfalo de agua. Un señor muy señor va y viene por todo el tren vendiendo los refrescos que acarrea en un cubo con hielos; debe tener un permiso de sicalíptico origen porque llegará hasta Bogotá. Paramos en todas las estaciones y en todas ellas el tren es asaltado por una nube de buhoneros pregonando frutas, platos y dulces, manjares amargos que adoro aunque no son los predilectos mi mujer, y frutos secos. No hay cantina en el tren, pero es evidente que no pasaremos hambre ni sed.

Tampoco hay compartimentos, todo es diáfano de punta a cabo de los vagones. Las ventanillas y las cortinillas dejaron de existir hace eones; el aire abrasa y la carbonilla, ciega. Los (pocos) baños del convoy no tienen agua, pero sí unos cubos cuya función se nos revelará enseguida; el inodoro se reduce al consabido agujero en el piso o taza turca. Una señora recorre los vagones fregando el suelo con el cubo de los meados. El calor es tal que se evaporan al instante, de manera que no huele a amoníaco. Los pequeños bichos han huido, los mosquitos no se atreven a entrar. La urea es más eficaz que el zotal; habitamos un quirófano rodante.

Los otros pasajeros se dividen nítidamente: son todos contrabandistas o carabineros. Nadie más parece viajar en este expreso no tan rápido. Los primeros no llevan maletas, sino que portan unos enormes bultos. Los segundos, tercian sus carabinas. Desde que arrancó el tren, no dejan de discutir con vehemencia pero sin gritos. Los conciliábulos son constantes, dentro y fuera de los respectivos grupos. Es imposible evitar que oigamos las negociaciones sobre las variopintas mordidas; oída una hemos oído todas, porque lo único que cambia son los miles de pesos en juego. En lenguaje actual, podríamos decir que es la corrupción transversal y transparente convertida en espectáculo —así debería ser siempre y no sólo a ratos—.

Y aquí comienza la principal enseñanza de este viaje: la práctica de una extravagante rama de la ley, no recogida en jurisprudencia alguna, que es la impartición de la justicia popular-policial. Creemos que nuestra situación de gringos ignorantes cambió cuando el pasaje nos vio comer del casabe que ofrecían los buhoneros. Enseguida corrió la especie de que éramos venezolanos —lo éramos pero sólo a medias—, lo cual tiene su intríngulis optimista porque niega que exista una radical animadversión entre ambos pueblos. Debieron pensar: «unos criollos que comen pan de yuca no son los remilgados mayameros que nos llaman caliches y que nos miran por encima del hombro».

En esas estábamos cuando se nos acercó un contrabandista y, con la añeja etiqueta que caracteriza desde los cachacos hasta los calentanos, ignoró versallescamente a mi mujer y me abordó:—Disculpe, doctor. Habrá visto su merced que llevamos muchas horas negociando con los carabineros sobre los peajes que nos exigen. Ellos y nosotros ya estamos más que fastidiados. Por eso, hemos pensado que, quizá, vuesa merced nos podría ayudar dirimiendo estos pleitos como árbitro.

Aunque hubiera sido más prudente meditarlo, lo cierto es que no lo pensamos dos veces. Le contesté que para mí era un inmerecido honor, que trataría de ser justo, aunque podría cometer errores porque no dominaba las cotizaciones de las coimas, y que estaba dispuesto a asumir tan alta responsabilidad… a condición de que el jefe de los carabineros también estuviera de acuerdo. Al minuto siguiente, nos llegó el susodicho jefe y se completó la ceremonia de mi entronización como Juez Supremo de Alijos y Mordidas.

Comenzó mi breve pero luminosa carrera como árbitro del camino de fierro en el horno del Magdalena. Los contrabandistas aportaban sus pesados sacos que, nunca lo hubiera imaginado, casi siempre contenían ¡bolas de billar! Como los casos eran muchos, entendí que al principio debía parecer equidistante aunque, huelga añadirlo, mi corazoncito estaba con los contrabandistas. Luego, calculé, cuando ya estuviera asentada mi condición de hombre probo incorruptible, comenzaría a vencerme del lado delincuencial. Y así fue. Cuando el estamento armado ya empezaba a mosquearse, pero también a agotarse, esgrimí el argumento definitivo:

—Con el debido respeto a la autoridad, debo manifestar que estas bolas de colorines valen muy poco porque no son de marfil como algunos pueden creer, sino de vulgar plástico. Si fueran de marfil, ¿sus mercedes se imaginan lo que durarían en los billares, antros que sólo son frecuentados por malandros, pájaros y fauna de lo peor? Señora y señor uniformado, si ambos están de acuerdo, déjenlo en tres mil pesos y caso concluido. Que pase el siguiente.

Así fue como disfruté la experiencia de impartir justicia sobre ruedas de hierro. Y así fue como aprendí que lo único que impediría que nos botaran por la ventanilla era que debía razonar convincente, amable y prolijamente las sentencias. No son requisitos imposibles pero muy pocas veces los he visto respetados en los tribunales estatales.

Los arbitrajes han terminado con bien. Subimos a la sabana que fue de los muiscas. La noche está tranquila fuera y dentro del tren. En medio de la oscuridad, algunos pasajeros descienden sigilosamente en las estaciones. Nos arrebujamos. Amanece y avanza el día; los niños de la calle, los tenaces gamines, corren cerca de las vías prueba evidente de que ¡estamos en Bogotá! La parejita criolla es despedida en loor de multitudes. Las 24 horas oficiales se han convertido en treinta. No nos quejamos pues sabemos que el aprendizaje y la práctica de la justicia debe llevar su tiempo.

Desde 1991, no existe el tren de pasajeros de Santa Marta a Bogotá.

Leave a Comment