JUST DRIVE IN

Just drive in


No perdáis la tranquilidad, que no lo vamos a hacer: no vamos a hablar de Kavafis, ni a deciros que, en realidad, lo importantes es el viaje y no el destino. No es por enmendarle la plana al amigo Constantino pero es que nos parece que falta un detalle muy importante: ¿cómo se hace ese viaje? ¿Es un Auto-Res en la primera quincena de agosto con destino a Levante? ¿Un vuelo de bajo coste para que vayas con tu gente a Londres para visitar Camden y pedir cañas a gente que ha nacido dos calles más allá que tú? Es que igual lo importante no es el viaje, es el medio en el que se viaja. Puede ser un jet privado que te lleva a Singapur o el viaje de tus padres a la playa (por primera vez en su vida) en un 850 en el que las ventanillas eran un lujo (obviamente no es lo mismo aunque Kavafis no se catara demasiado la diferencia).

No sólo vivimos en un mundo en el que hay viejos, deseo o recuerdos; todos los días asistimos a transportes de gente, mercancías e ideas por diferentes medios. Os prometemos que no vamos a hablar por enésima vez del mundo interconectado o de la globalización (igual algo se nos escapa pero, ¡eh!), para eso ya está el dominical de El País y el artículo de «Diez ciudades jóvenes que no te puedes perder» (traducción: «Diez ciudades gentrificadas que puedes ir a gentrificar aún más»). Este mes hemos venido con todo a hablaros de metros en hora punta, pesetos con asientos de bolitas y autobuses rojos en Madrid (los más puretas recordarán) entre otros: es el maravilloso mundo del transporte.

Pero, ¿y por qué? Bueno, por qué no. Los transportes son una parte más de nuestra vida moderna: su diseño, las ideas que llevan asociadas e incluso las cosas que se hacen en ellos no difieren tanto del resto de realidades que nos definen y nos separan de los demás. Porque, si la vida ha seguido su curso y ha ido cambiando, también ha cambiado la manera en que nos relacionamos con nuestros medios de locomoción. Y lo que hacían nuestros padres o nuestras abuelas y las ideas que tenían respecto al transporte no son los mismos.

Gran parte de nuestros momentos importantes están relacionados con el transporte, porque normalmente tenemos que ir a sitios para que nos pasen cosas: trenes con humo en estaciones art déco para marcharse al exilio, deportar a gente o charlar inopinadamente con algún compañero por azar (te quedan siete horas hasta Almería, más vale que tenga sueño o que te caiga medio bien). Metros a las ocho de la mañana para ver caras de sueño y desesperación, escuchar conversaciones ajenas, volver de fiesta con carajas tremendas o que te empujen señores y señoras en la dura pugna de conseguir un asiento: el verdadero deporte del siglo XXI. Barcos que despedir con un pañuelo (¿en serio?) mientras van a Ellis Island o a Buenos Aires, yates en los que alternar con narcotraficantes o subsecretarios generales; cruceros de diversión obligatoria y democratizada. Zapatillas desgastadas de marca «nisu» o un equipamiento nuevo de runner y de más que posible entrepeneur. Coches y coches, como cajas, redondos o monstruosamente grandes, con nombres de colores que te dejan gilipollas mientras te venden libertad, sexo, independencia y seguridad, todo eso por una módica letra de trescientos euros al mes.

Y eso son sólo los medios de transporte en sí mismos, porque además tenemos los lugares en los que podemos encontrarlos: estaciones, puertos, estaciones de servicio (sólo por las estaciones de servicio merece la pena hacer un monográfico). Aparcamientos de centros comerciales de 2017, cientos de maleteros siendo llenados por gente menos sonriente que en los anuncios de productos traídos en barco, tren o avión, mangos y aguacates que han viajado más que tú; ciudadano del mundo, venga: cómete el progreso. Bicicletas con cajas azules, microempresas a pedales para que puedas ser tu propio empresario y alimentar al personal los domingos de resaca…, todo gracias al nuestro flamante siglo. Garajes vacíos en los barrios residenciales en los que poder fundar un nuevo Apple para ser santificados (el garaje de Steve Jobs es el nuevo portal de Belén).

Y como en el resto de realidades también aquí tenemos a nuestros y nuestras famosas, los transportes celebres e individualizados a pesar de su origen común en una cadena de montaje, los top of the charts del famoseo sobre ruedas: el tren de Lenin, el coche de Hitler, el avión de Amelia Earheart, el increíble coche de Carrero, las furgonetas hippies, la tapicería del último coche de Kennedy o del primer coche de tus padres. Espacios fijos que te transportan adonde quieres o adonde puedes ir, símbolos de poder y de estatus, de riqueza o de pobreza; casas móviles y miles de kilómetros de infraestructuras y espacios pensados solamente para ellos.

Podemos follar en ellos, aburrirnos, leer a Rilke o a Mortadelo, conocer gente o ejercitar nuestro voyerismo de manera amateur en metros, autobuses y demás transportes colectivos. Y es que, como en tantos otros campos, aquí también tenemos medios individuales y colectivos, cada uno marcado con una idiosincrasia particular y unos rasgos diferenciados. Todo lo que se puede hacer en la vida —incluido nacer, morirse o matarse— se puede hacer en un transporte: la modernidad empezó el día en que la primera persona nació en un coche.

Los transportes y la forma en la que los usamos traspasan nuestra vida sin que les demos demasiada importancia. Es el acto mismo (exportación, viajes, emigración turismo, deporte, ocio…) el que al parecer los hace relevantes, pero no ellos mismos. Por eso les damos espacio, porque pensamos que algo se puede decir que aún no se haya dicho o se haya dicho de una manera que no entendemos como nuestra.

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