JOSÉ LUIS VILLACAÑAS: «España no es un país que tenga suficientes élites integradoras como para tener un proyecto global para la nación»

José Luis Villacañas

«España no es un país que tenga suficientes élites integradoras como para tener un proyecto global para la nación»

Enrique Maestu


Es un miércoles de primavera y en la facultad de Filosofía y Letras de la Complutense se avecina el periodo de exámenes. Entrevistamos a José Luis Villacañas, catedrático de Historia de la Filosofía; acaba de publicar Freud lee el Quijote (La Huerta Grande, 2017), aunque nuestras preguntas se centran más en otras obras como Populismo (La Huerta Grande, 2015) e Historia del poder político en España. Nos recibe en su despacho de la facultad, donde los libros y papeles desbordan la mesa de trabajo, como también desborda la conversación que empieza por la pregunta por Europa.



¿El proyecto europeo está en crisis o se ha convertido en un lugar común decir que el proyecto europeo está en crisis?

Yo creo que nuestra mirada sobre Europa está sobredeterminada por el uso masivo y, posiblemente, no auténtico de la ideología neoliberal. Al hablar de Europa como un entorno dominado por la ideología neoliberal testimoniamos una falta de análisis y de elementos conceptuales teóricos e históricos acerca de la identificación del específico lugar de Europa en el contexto presente. Si Europa estuviera determinada completamente por el espíritu del neoliberalismo, con total seguridad el Brexit no se hubiera producido. Esto está íntimamente determinado, desde el punto de vista de la inteligencia europea, por algo en lo que el propio Foucault nos despistó en El nacimiento de la biopolítica, cuando desarrolla una serie de categorías bastante confusas acerca de lo que es el neoliberalismo, la fisiocracia y el ordoliberalismo, y de ahí en adelante sus discípulos insisten en la idea de que Europa no ha ido sino avanzando hacia un posición neoliberal, olvidando que la tradición constitucional europea, no tanto los tratados sino la Verfassung, la constitución histórica existencial de Europa, no es neoliberal. Esto es, si Europa estuviera sobredeterminada por el neoliberalismo sin ninguna duda, Alemania no tendría una Universidad gratuita, no tendría un paquete de política agraria que tiene como única justificación fundamentalmente la ecología y el mantenimiento de un sector con dificultades de rentabilidad, pero con funciones sociales y humanas decisivas. Por lo tanto, tenemos que empezar a definir cuál es realmente el sistema de gobierno actual de Europa y creo que no es el neoliberal.

Esto significa que una de las mayores crisis de Europa está nítidamente relacionada con que los ciudadanos —nosotros los europeos— no estamos en condiciones de apreciar lo que es Europa, porque nos hemos movido en análisis muy toscos. Por ejemplo, en estos análisis atribuimos una función neoliberal al Banco Central Europeo (BCE). Pero el BCE no ha tenido una política neoliberal bajo ningún concepto. Sin la intervención del BCE, en cierto modo por la vía de los hechos, para consorciar la deuda, España no hubiera salido de la crisis como ha salido.

Tenemos que identificar realmente qué se le puede pedir a Europa, desde dónde tenemos que apreciar a Europa y desde dónde tenemos que estar en condiciones de mirar a Europa. Y yo juzgo que Europa tiene muchos problemas, pero que han sido aumentados por esta falta de criterio para juzgar. Tenemos muchos problemas, pero un tratamiento más adecuado de lo que somos o de cómo nos gobernamos podría haber sido altamente beneficioso para estar en condiciones de definirnos como una comunidad existencial, que yo creo que es lo que somos en estos momentos.

Pero más allá de la arquitectura institucional de la Unión Europea, el neoliberalismo campa a sus anchas en el sector privado y las propuestas a los Estados miembros siguen recetas neoliberales. Por lo tanto, no se trataría tanto del proyecto interno ordoliberal como de los efectos del juego político.

Efectivamente dentro de Europa hay intereses que se mueven mucho más a gusto en una agenda neoliberal que en la agenda realmente existente. Creo que la tradición política verdadera de Europa —y que escandaliza a los sistemas anglosajones— es el cameralismo, que se basa fundamentalmente en la construcción de una economía política altamente burocratizada y que está en condiciones de generar en la modernidad lo que podemos llamar un ordoliberalismo. Creo que esta es la tradición real de Europa. Pero el ordoliberalismo distingue con toda claridad entre sistema económico y estilo económico. Desde el punto de vista del primero, evidentemente los que regentan el sistema económico son mucho más permeables a la agenda neoliberal, pero el complemento liberal del sistema económico, que es el estilo económico, tiene una aspiración claramente destinada a garantizar que el capitalismo no destruya las premisas sobre las que se organiza. Y yo creo que esto forma parte de la agenda europea. El capitalismo europeo no quiere destruir la estructura de la ciudad, no quiere destruir la estructura del campo y la relación de la estructura campo-ciudad que los diferentes países y sus burocracias asumen para estar en condiciones de reproducir los arsenales simbólicos y de reproducir la autoconciencia histórica. Esta forma de proceder no es neoliberal, porque precisamente la clave del ordoliberalismo es la teoría de la compensación, y creo que el ideario de las élites alemanas está atravesado realmente por esta teoría de la compensación: aceleración capitalista —porque el sistema económico es así—, pero estructuras de compensación culturales, sociales, etcétera. Esto se ha visto muy claramente con la crisis de los refugiados, que no ha sido una crisis neoliberal y no se ha resuelto de una manera neoliberal, sino poniendo en tensión realmente lo que podemos llamar un arsenal moral de Europa. Se habrá podido llevar a cabo con mayor o menor éxito, pero, por ejemplo, mi hija está en Bremen y, en la crisis aguda de los refugiados, Bremen se movilizó alrededor de sus parroquias para atender a los niños, garantizar que pudieran acceder a las escuelas y que hubiera suficientes profesores.

En los últimos años se ha venido diciendo que las élites políticas y económicas europeas no tenían un plan y que estaban improvisando (la gestión previa del Brexit y la promoción de paquetes de nuevos derechos sociales, por ejemplo). Al mismo tiempo, en las recomendaciones por país siguen pidiendo austeridad. Esto puede llevar a pensar que o bien no hay nadie al volante o el volante se ha roto. ¿Hay un proyecto para el futuro de la Unión?

Claro que lo tienen. El problema es que la situación ha generado inquietud porque ha producido evidencias de que quien tiene ese proyecto es el mayor beneficiado. Esto tiene una doble mirada. Si tú eres el mayor beneficiado del proyecto europeo es porque en el fondo eres el que lo ha pensado mejor. Desde este punto de vista, es evidente que el norte de Italia ha sido un beneficiario neto del proyecto europeo, y que España también lo ha sido. Es también evidente que Francia no ha sido tan beneficiario neto del proyecto europeo, como también es obvio que, en esta construcción ordoliberal de política agraria y construcción burocrática, Gran Bretaña quedaba marginal, aunque estoy convencido de que también ha sido un país beneficiario del proyecto europeo. Pero lo que nadie puede poner en duda es que el gran beneficiario ha sido Alemania. Porque han sido Alemania y sus élites quienes tenían asumido el proyecto de entrar en la globalización con la capacidad de seguir manteniendo el liderazgo del sistema productivo y de extender su influencia hasta la frontera rusa. Ésta fue su decisión. Mientras que Inglaterra abandonó en gran medida el sistema productivo industrial tradicional, Alemania hizo una apuesta por un Estado industrial y por mantener el mayor sistema productivo exportador del mundo, y, en cierto modo, hizo una apuesta por considerar a los países periféricos de Europa como subsidiarios de su economía y, de Roma hacía arriba, muchos euros de los que se mueven tienen que ver con la industria alemana. En España pasa lo mismo. El problema es que Francia es demasiado fuerte como para subalternizarse de ese modo, pero al mismo tiempo está lo suficientemente atrasada respecto a Alemania como para llevar un camino propio exitoso y para impulsar una mundialización autónoma de su propio sistema productivo.

Ser el primer vagón y no la locomotora de Europa es precisamente lo que ha llevado a muchos franceses a sentirse perdedores del proyecto europeo. Nunca ha habido tantos votantes franceses que se sintieran como excluidos del sistema y dispuestos a votar opciones que se presentan como anti-establisment o que marcan distancia con los viejos partidos.

Yo creo que Francia está en una situación histórica que viene de lejos. No hay que olvidar que Francia ya estuvo atravesada por un complejo de inferioridad respecto de Alemania durante el II Reich, y luego en los años veinte, tras la Primera Guerra Mundial, y que este complejo se vuelve a repetir en los años treinta. Francia tiene una autoconciencia política que, en estos momentos, está muy por encima de su dimensión como potencia económica. Hasta ahora ha habido un equilibrio entre autoconciencia política y autoconciencia militar, siendo Francia paraguas nuclear de Alemania. Pero, evidentemente, cuando Alemania requiere endurecer las condiciones de vida de los trabajadores europeos para hacerlos productivos a su nivel, obviamente los sistemas franceses de protección social, de remuneración, de dignidad de trabajo empiezan a chirriar por todas partes. El problema de Francia es que es incapaz de llevar ella misma un proceso de revolución productiva que integre los parámetros de bienestar social de los que han disfrutado sus clases productivas, algo que Alemania hizo con Schröder. Pero, al mismo tiempo, tiene una conciencia política tan elevada que se autopercibe como un actor que debería estar en condiciones de hacerlo. Eso genera un nivel de exigencias muy elevado y una percepción angustiosa de su futuro.

Francia siempre ha compensado esta dimensión de menor competitividad con valores representacionales o imperiales. Pero en estos momentos no está en condiciones de generar una política imperial en ningún sitio, ni en África, ni en ningún lugar. Fue muy sintomático que Marine Le Pen, imitando a Trump, dijera: «Vamos a conquistar el mundo de nuevo». Estas estructuras imperiales son afines a un imaginario de gran potencia, pero no creo que sean afines hoy a su aparato productivo o su estructura productiva. En realidad la cuestión fundamental es que, mientras Alemania ha hecho un ejercicio verdaderamente reflexivo de su derrota histórica desde 1914 a 1945 y de lo que fue su descarrío histórico y ha sabido conectar con el momento de su historia —que efectivamente todavía le podía vincular a Occidente—, Francia, un aparente vencedor en 1945, a mí modo de ver, no ha hecho una reflexión adecuada acerca de qué ha pasado en el último siglo en Europa. Que Alemania sea la primera potencia industrial exportadora es un programa que está en Max Weber desde inicios de siglo XX. En Francia no existe un proyecto de país parecido y, cuando se ha perdido la estabilidad que producía el hecho de estar soportando la presión de la Unión Soviética, su funcionalidad mundial ha cambiado.

Estoy convencido de que la salida de Francia va a estar en cierto modo indicada por lo que pase en estas elecciones. De lo que las élites europeas se dan cuenta es de que todavía en estas elecciones las cosas pueden estar 60-40, y esto significa que la política europea organizada sobre estos parámetros de cameralismo y ordoliberalismo va a subrayar la dimensión liberal-social con la finalidad de lograr que, poco a poco, la cosa pueda pasar a 70-30, para contener ahí la situación. Francia no está en condiciones de tener un proyecto que le desvincule de la Unión Europea, ni de tener un proyecto en solitario, pero tampoco puede aceptar un proyecto que haga de Francia un país subsidiario de Alemania, como la mitad de España o la mitad de Italia. Por lo tanto, Francia tendrá que salir adelante y creo que las élites alemanas tendrán que ayudar —y la prensa alemana lo está haciendo ya— porque hay muchos más europeístas en Francia de los que se cree. Si hay algo claro para todo el mundo es que un «Frexit» significaría la disolución de todo el proyecto europeo.

En Grecia se han podido publicar diez revistas con Merkel con el bigotito de Hitler, pero una publicación en Francia del mismo estilo significa una cosa muy seria, difícil y quizás irreversible. Por lo tanto, creo que el proyecto europeo tendrá que fortalecer esa dimensión social ineludiblemente, porque todo el mundo sabe que la crisis ha estado a punto de ser una jugada muy seria. Pero la crisis tiene dimensiones mundiales que Europa no ha podido controlar. Ésta es en realidad su situación: no puede controlar lo que pasa fuera de sus fronteras. Ahí Europa es un actor pasivo que padece las consecuencias de los actos de otros. Grecia no habría sido tratado como lo ha sido si los bancos alemanes no hubieran perdido el dinero en América, un dinero que no podían reclamar. Ahora es distinto. Las últimas noticias que tenemos son buenas para el proyecto europeo. Que Teresa May tenga que jugarse el destino de manera oportunista en unas elecciones cuyo resultado no está claro y que dividirá todavía más al país testimonia que la dificultad de las secesiones europeas es muy grande. Trump, como el Brexit, ha sido una buena noticia también porque muestra que Europa tiene que ir por otro rumbo respecto del que va América. Y esto significa que debe ofrecer una dimensión sectorial, no central, a los intereses que están siendo canalizados por la agenda neoliberal. Pero la agenda neoliberal era de máximos y orgánica. No podrá sobrevivir a su sectorialización.

Por eso la agenda neoliberal va ir menguando en Europa. No creo, sin embargo, que eso pueda ir traduciéndose en una política más democrática para Europa, porque Europa es burocracia, es cameralismo. Lo que puede ser es que los europeos nos dotemos de una legitimidad propia de una comunidad existencial, y esto sucederá sólo si esa burocracia se pone al servicio de una dirección política que nos recuerde el hecho de que compartimos intereses vitales. La crisis de los refugiados, pero, sobre todo, la crisis internacional y el problema de la constitución del mundo islámico, la unificación de las dos orillas del Mediterráneo, todo eso, colabora en hacer de Europa una comunidad existencial que como tal no tiene por qué organizarse como un estado democrático, no tiene por qué aplicar los mismos parámetros que un Estado soberano, pero puede generar una solidaridad existencial entre los europeos que presione a favor de la cohesión europea como jamás podría haberlo hecho la hegemonía del pensamiento neoliberal.

Pero esa comunidad existencial necesita de elementos concretos que lo articulen, ya sean himnos, eventos históricos compartidos o la profesión de una misma religión. Sin embargo, en la última década las diferencias se han acentuado, ya sea entre quienes trabajan entre el norte y el sur, entre los países del este y del oeste, entre quienes trabajan en el sector primario y quienes trabajan en el sector de la cuarta revolución industrial…

No tenemos una adecuada teoría de las condiciones de posibilidad de una comunidad existencial. La ventaja es que ahora somos más conscientes que nunca de que los elementos que la forman están abiertos a un proceso histórico. Somos más conscientes que nunca de que el verdadero programa es no dejar las percepciones existenciales a su inclinación natural –de naturaleza nacional- que es lo que hemos hecho todo este tiempo. Creo que por primera vez la Unión Europea comprende que sin suturar esos clivajes va a ser muy difícil que se esté en condiciones de dotar una legitimidad a esas burocracias, que no la van a tener desde un punto democrático. Porque no vamos a tener nunca un presidente en el sentido de Obama, un presidente en el sentido de los EEUU en Europa. La cohesión va a venir del hecho de que los peligros que arrastramos son fundamentalmente de tal intensidad que sólo podemos encararlos unidos, porque tenemos muchas más papeletas para ser víctimas de la situación internacional que para ser actores de dicha situación. Europa ha decidido —y esto es un programa alemán igualmente— ser una potencia pacífica, ser una potencia que no entre en las dimensiones de rearme. Basta ver lo que están diciendo los líderes del Brexit, su militarismo explícito, para darnos cuenta de que ésa no es la decisión que ha tomado Europa. Por lo tanto, nosotros vamos a ser más sujetos pacientes de la situación internacional y eso es una condición de comunidad existencial. En este sentido yo creo que todos los poderes simbólicos de Europa se están movilizando para superar esos clivajes culturales, religiosos y simbólicos. Por ejemplo, el Papa Francisco viaja a Estocolmo para celebrar a Lutero. No es posible unir en la cooperación a las dos orillas del Mediterráneo sin suturar de algún modo las diferencias norte/sur. Todo el pensamiento reformado alemán está echando puentes con el pensamiento católico y esa fue la función de Ratzinger. Francisco lo ha entendido, porque la relación norte/sur es más extensa que la propia de Europa. En estos momentos se está dando la mejor condición posible de toda la historia Europea para suturar la diferencia protestantes/católicos. Lo que nos devuelve a la fascinante época de la primera modernidad, ahora ya con mucha experiencia a nuestras espaldas.

Pero, ¿y esto cómo se entiende en España?

Esto en España no se va a entender con facilidad, porque sus élites no han hecho ninguna reflexión acerca de su papel en el mundo. España no es un país que tenga suficientes élites integradoras como para tener un proyecto global para la nación. El proyecto de las élites encaramadas a las grandes empresas puede prescindir de tener un proyecto para el pueblo español. De hecho, cree que ya lo tiene y que España está bien como está y que lo único que hay que hacer es exportar la marca España, porque exportando los grandes 35 del Ibex tenemos todo lo que necesitamos. Pero sabemos que esto no es verdad. Sabemos que tenemos que hacer un proyecto de país que esté en condiciones al mismo tiempo de aceptar que nuestro sistema productivo es secundario respecto del sistema productivo alemán, pero que tiene que ir más allá de la condición actual: ser arrastrados por la locomotora alemana. Esto exige avanzar clarísimamente hacía la construcción de un capital humano que sea semejante al alemán. Si no es así, vamos a estar permanentemente alcanzando su productividad con salarios bajos. Si no tenemos las universidades como las alemanas, las escuelas como los alemanes, si no somos capaces de hacer crecer un capital humano que nos ponga en igual productividad que Alemania, mantendremos la situación de salarios bajos que estamos viendo y la condición pasiva de subalternos. Pero si desplegamos un sistema productivo con capital humano adecuado, entonces tenemos ventajas importantes, porque podemos iniciar un diálogo sur/sur en condiciones no imperiales con los pueblos americanos.

Pero, ¿ha hecho esta reflexión la élite española?

No, no la ha hecho la élite económica, ni en los últimos diez años ni en los últimos cincuenta. La reflexión la hizo Ramiro de Maeztu en los años veinte, cuando habló de crear un capitalismo hispano basado en la primacía de los recursos financieros.

¿Qué margen de maniobra le queda entonces a España con una élite política que lleva casi medio siglo en el poder y una élite económica sin un proyecto de país? ¿Están las posiciones clavadas?

Creo que hubo un momento en que la situación no estaba enquistada. Hubo un momento en el que las élites económicas de este país comprendieron que el mayor obstáculo que había para establecer un diagnóstico diferente de la situación era Rajoy. Hay un momento en los últimos cinco años en que sectores importantes de las capas líderes del sistema económico español pierden la confianza en Rajoy y apuestan por una renovación del sistema político y una renovación de interlocutores políticos. Esto fue primero UPyD y luego Ciudadanos. Esto no quiere decir que ellos tuvieran alternativa, que no la tenían, pero sabían que Rajoy no sólo no tenía un plan alternativo, sino que ni siquiera podía gestionar la realidad actual y, para mí, ésta es la mayor desgracia que se ha producido en la situación española. Pero en realidad, nuestras élites están demasiado desintegradas, gestionan un capitalismo demasiado contradictorio internamente.

Los empresarios que tienen empresas de doscientos trabajadores no tienen intereses comunes con los grandes banqueros. Pero esos empresarios que tienen cien o cincuenta trabajadores no tienen interlocutores políticos y llevan mucho tiempo sin tenerlos. Ni siquiera tuvieron el soporte genuino del PSOE, que estuvo en condiciones de conectar con ellos mediante sistemas de promoción de cooperativas o de sociedades mediante inversiones del ICO, pues dichos proyectos fueron abandonados por presiones de las grandes corporaciones bancarias, lo que ha destruido parte de la base social del PSOE. En estas condiciones, las élites españolas no tienen sustancia gris suficiente como para regenerarse. Por ejemplo, el ahorro catalán está en condiciones, a partir de La Caixa, de movilizar las grandes burguesías catalanas respecto del control del mercado del gas, pero no existe una articulación de estos intereses con las empresas medianas catalanas, que optan por la independencia, y mucho menos con una burguesía española unitaria. Y esto significa que el País Vasco tiene su burguesía, Cataluña tiene su burguesía, el eje central Madrid-Sevilla tiene otra burguesía, como cierto eje Galicia-Madrid. Pero nada que tenga la fuerza de la unión de exportadores alemanes

Diferentes entre sí…

Esas burguesías nunca se reunirán políticamente. La burguesía madrileña nunca será representada por la burguesía vasca ni catalana, y viceversa. Esto ha permitido que florezcan otras burguesías como la gallega, con un cierto oportunismo, y que implican en cierto modo la mayor necesidad de estar conectadas a un sistema público; o por ejemplo, Valencia, que ha querido seguir su propio camino, lo que ha determinado que el Estado haga la vista gorda respecto de los propios negocios valencianos, con las consecuencias que hemos conocido. Pero no existe la posibilidad de que la burguesía española tenga la capacidad de hacer un plan alternativo. Eso tendría que venir de la política y no ha venido. Ni puede venir. El problema catalán es sólo un síntoma de esta situación.

En buena parte debido a que todos los actores políticos parlamentarios están atravesando o procesos internos o gobernando con equilibrios precarios o pensando en nuevas estrategias políticas en detrimento de dar respuesta a las cuestiones fundamentales.

No hay ninguna solución porque en el fondo estamos ante una contradicción interna insuperable del sistema. O se salva el PP o se salva el PSOE, pero los dos no se pueden salvar. Pero como el PSOE no se puede salvar, porque ya no tiene la masa crítica suficiente como generar una dinámica para salvarse, sólo puede salvarse el PP. Y esto es exactamente lo que hemos visto. Y lo que veremos.

Pero da la impresión de que ninguna de las cuatro fuerzas tiene respuestas a las cuestiones que se plantean.

Ninguna, y en mi opinión —lo he escrito en alguna ocasión— ha sido así porque no han sido capaces de darse cuenta de que estábamos ante una situación que requería la excepcionalidad de un gobierno de concentración nacional basado en una activación del poder constituyente. Ésa era la única manera de que el PP se enfrentara a su realidad. ¿Qué es lo que hace que exista la Constitución del 78? Que lo que se convocó en 1977 fueron Cortes Constituyentes, y se dijo: «De aquí tenemos que salir o a balazos o con un sistema constitucional». Nosotros hemos estado en una situación grave y excepcional y hemos querido solucionarla formando un gobierno normal, pero no estábamos ante la posibilidad de un gobierno normal. En realidad, con Rajoy no tenemos un gobierno normal. Tenemos el gobierno de la impotencia y de la incapacidad de enfrentar con seriedad la situación.

Porque el espíritu de la política española es muy contrario al pluralismo político, que en su historia muy raramente llega a consensos largamente observados, como pudo ser en su momento la lucha contra el terrorismo y en 2011 la modificación del artículo 135.

La lucha contra el terrorismo ha sido ciertamente un activo de politización de la sociedad española y en cierto modo es el antecedente directo de la firme convicción que ha tenido este pueblo en algún momento para decir: «Basta ya, hasta aquí hemos llegado». El movimiento Manos Blancas fue un movimiento político genuino sin el cual no entenderíamos posteriores movimientos. Evidentemente en España no tenemos una noción de pluralismo, pero creo que también hemos pecado de exceso de teoría. Venimos de una situación enormemente hegemónica y hemos querido sustituirla por otra dimensión hegemónica. Max Weber lo dice muy claro cuando sostiene que en sistemas articulados de clase, con sistemas productivos capitalistas y atravesados por una larga historia cultural, nunca acaba habiendo dos partidos. El bipartidismo español, en el fondo, no ha sido bipartidismo, ha sido un sistema de cinco partidos. Si no nos damos cuenta de que Izquierda Unida formaba parte del sistema, que determinaba la lógica misma del sistema, porque determinaba la posición de todos los demás actores, no entendemos realmente la situación política española. Izquierda Unida y el Partido Nacionalista Vasco han sido partidos que han estado en este juego, lo mismo que estuvo CiU bajo Pujol. Por lo tanto España sólo ha gozado aparentemente, en la medida en que había una burguesía fragmentada, de bipartidismo. Lo que es el esquema de nuestra sociedad se ha visto perfectamente en las elecciones francesas. El juego da para cuatro o cinco partidos y esto significa que vivimos en sociedades post-hegemónicas. Lo hemos dicho por activa y por pasiva. Esto significa que podemos avanzar a actuaciones hegemónicas, pero no a la construcción de hegemonía. Una acción hegemónica implica rizar un poco más el rizo de la contingencia. Una acción hegemónica hubiera sido con toda claridad obtener la victoria política de sustituir a Rajoy. Decir a los españoles: «Hemos sido capaces de desatascar esta situación. Aquí está, señores. Nos ha costado esto o lo otro, pero aquí estamos, porque nuestro pueblo no estaba en condiciones de aguantar más». Y es así, porque la verdad de España implica que Rajoy deje de ser presidente.

En 2014 se hablaba mucho de la necesidad de reconstruir un nuevo contrato social y de la necesidad de un proceso constituyente, y en aquel tiempo parecía que la llegada de Podemos iba a apalancar la llegada de un nuevo ordenamiento en este sentido. Sin embargo, tres años más tarde…

A día de hoy está la situación más estable que cuando el Partido Popular tenía mayoría absoluta. ¿Por qué? Yo creo que porque tuvimos una mala comprensión de lo que es el poder constituyente. El poder constituyente no es hacer una nueva constitución, sino también la reactivación de la posibilidad de incorporar a un texto constituyente lo que podemos llamar las visiones, las miradas del sentido común mayoritario de este pueblo. Pero esto ya no va a cristalizar en una constitución entera, sino que va a cristalizar en cinco, ocho, nueve enmiendas…, las que sean. EEUU en doscientos años ha hecho cuarenta enmiendas. Nosotros, que somos un país muy tardío democráticamente, si hubiéramos encontrado la manera de introducir veinte enmiendas en la Constitución, habríamos ejercido tanto poder constituyente como habiendo hecho una constitución nueva. Y sin embargo, creíamos que la hegemonía era otra cosa y eso fue un error. Vale que a Podemos no lo querían en el gobierno, hubiera hecho lo que hubiera hecho. El PSOE no lo quería y por supuesto nadie más a la derecha. El problema es que con aquella rueda de prensa les dimos la oportunidad de que quedaran bien y que dijeran: «Señores, ¿con éstos cómo vamos a formar gobierno?». Y, así, alimentamos la astucia política del PSOE y, fundamentalmente, su hipocresía. Pero si Podemos hubiera dicho al pueblo que una abstención nuestra vale estas medidas, que son las vuestras de sentido común, habríamos sido fiables y a la siguiente vez nos otorgarían más confianza y, a la tercera vez más, y quizá entonces se podría gobernar e imponer a los demás hegemónicamente determinadas acciones, de una manera ya no específicamente de revolución pasiva, es decir, de qué medidas nuestras acogéis vosotros y gestionáis vosotros, sino de qué medidas imponemos nosotros y estamos en condiciones de matizarlas con vosotros, que son dos cosas completamente distintas. Y la primera de ellas era cambiar la constitución económica de este país, pues sin eso no hay solución territorial.

Por cómo lo planteas parece que la segunda Transición se cerró antes de abrirse.

Yo no estoy seguro de eso, sinceramente. Creo que la democracia española es muy joven y que los errores que hemos cometido todos no son irreversibles. Son errores que tenemos que reflexionar con serenidad, con tranquilidad, y de los que tenemos que aprender. La situación sigue estando abierta por dos razones fundamentales: la primera por Cataluña y va a ser complicado que se cierre porque ahí  las contradicciones de los partidos son insuperables. El PSOE no puede intervenir en esa solución, porque solucionar el problema de Cataluña implica no ganar un voto en Andalucía. No hay vuelta de hoja de esto. No es que el PSOE no quiera, es que no puede. El Partido Popular no sabe cómo hacerlo. Por lo tanto, la situación sigue abierta. En segundo lugar, porque en los sitios no superestructurales, los sitios donde los empresarios de cien o cincuenta operarios —no los sitios de Fondo de Construcciones y Contratas o los sitios como el Banco Santander—, tienen un dinamismo que hace difícil que el PSOE o el Partido Popular puedan tener la capacidad de dirigirlos. Estos sitios no están incluidos en su visión del capitalismo y, en el fondo, cualquiera que sepa algo de la estructura económica de España sabe que muchos están en la periferia. En cierto modo, también Madrid se encuentra en esta situación. Por eso yo creo que la peor noticia que se podría dar es que la batalla electoral que viene (la batalla de las comunidades autónomas en 2019 y la de Cataluña, posiblemente en septiembre) se termine por pensar que es irrelevante, o pensar que no tiene conexión con esta capacidad de reabrir el proceso constituyente. Si pensamos que vamos a activar el poder constituyente ex novo, no sucederá nada. Pero si pensamos que todavía estamos en condiciones de identificar determinadas acciones hegemónicas que sirvan a la mayor parte de este país, entonces esas elecciones pueden ser extraordinariamente capaces de reabrir una perspectiva. El problema ahí realmente es que para eso Podemos tiene que organizarse como un partido muy consciente de sus debilidades y muy consciente de los pasos que tiene que dar. Y no repetir los errores que ha cometido y acerca de los cuales todavía no ha hecho una reflexión pública. Y sólo en este tipo de reflexiones se gana alma política, fiabilidad y profundidad. Podemos puede hacerlo todavía. Los demás no porque les basta con seguir así. A Podemos no le basta esto. No vino para eso.

Belén Barreiro en el año 2003 planteaba que en España había dos modelos de político: el ejemplar, que debe de ser honorable y reputado por sus representados; y aquel que cree que su función de representación es la de parecerse a la de sus representados. ¿Cómo se resuelve este dilema en la situación política actual?

Yo naturalmente creo que la señora Cospedal confesó su desconocimiento del espíritu democrático de un país civilizado cuando dijo: «En el fondo los políticos no son mejores que los ciudadanos». Entonces, ¿de qué hablamos? Si no son mejores, ¿qué están haciendo ahí? Los políticos tienen que ser mejores que sus ciudadanos. Tienen que estudiar más, tienen que saber más, tienen que estar mejor preparados, y sin que ello implique que se sepan mejores. Ser político es una cosa que, como todas las importantes en la vida, es muy milagrosa y consiste en tener una extraordinaria conciencia de igualdad y de responsabilidad. Esta última te diferencia, pero sin que altere tu conciencia de igualdad. Por eso, en alguna ocasión, he hablado de los políticos como centauros, porque tienen que ser compuestos y tienen que ser así porque la igualdad no se profesa, la igualdad no es un concepto, la igualdad es un afecto y un sentimiento profundo, y que te embarga como persona. Mientras que la responsabilidad tiene que ser algo que te diferencia y que te identifica, porque siempre que tú te haces visible cargas con las consecuencias. Ser afectivamente fuerte y ser fríamente responsable son dos cosas muy contrarias y nosotros no siempre tenemos la complejidad psíquica para mantenerlas unidas. No hemos caído en que necesitamos una complejidad psíquica ante todo para estar en condiciones de generar una mímesis en nuestros ciudadanos, para que, sin perder la afectividad propia de ser un país y estar unidos a una gente, al mismo tiempo estemos en condiciones de decirles las cosas con afecto y con la igualdad, pero respecto de algo para lo que en el fondo tenemos que prepararnos con mucha más intensidad. Lo que no hemos logrado nunca es convencer a nuestro pueblo de que, en el fondo, estamos en condiciones de hacer un proyecto general para él, donde todas las piezas se resitúen. Es absurdo pensar que se puede cerrar el banco BBVA, pero sí es posible pensar en resituarlo. Es absurdo pensar que vamos a cerrar Iberdrola, pero sí en que hay que resituarla. No puede ser que la energía más cara de Europa sea la nuestra y no puede ser que las empresas de cien trabajadores paguen la energía más cara de Europa.

Hay que resituar las piezas del puzzle español en el punto de vista de lo que son intereses reales de la mayoría de este país. Pero, sobre todo, yo creo que si vamos a integrarnos y vincularnos a la economía de la locomotora alemana, tenemos que estar en condiciones de generar una educación que nos permita un grado de productividad, sin tener que generar un grado de sobreexplotación, que es lo que España está haciendo en estos momentos. Este proyecto implica desmontar el proyecto neoliberal para la educación, que es el centro mismo de la agenda neoliberal porque es su planificación de futuro. En todo caso, proyecto general no lo hemos hecho y no hemos convencido a la gente de que lo tenemos y que no sólo lo tenemos, sino que vamos a pelear por realizarlo con constancia, discreción y tenacidad. No hemos convencido a la gente de que nos vamos a pelear por eso más de lo que vamos a pelearnos entre nosotros. No podemos dar una señal de que en el fondo sigue abierta una pelea interna más fuerte que la pelea que tenemos que llevar a cabo por ese proyecto de país. Quizá en estos momentos no lo tengamos claro, pero tenemos que luchar ante todo por conseguirlo. Y eso implica una cosa: ser de nuevo el partido integrador que en algún momento se dejó de ser.


Fotografías de Andrea Yoko

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