JORGE MORUNO: «La Universidad, como la oficina, seguirá existiendo, pero con un papel menos central»

Jorge Moruno: «La Universidad, como la oficina, seguirá existiendo, pero con un papel menos central»

Enrique Maestu


Jorge Moruno Danzí  ha publicado La fabrica del emprendedor (Akal) sobre la nueva figura económica del emprendedor que tan de moda parece estar últimamente entre las élites empresariales. Ser emprendedor significa poder convertirse en un producto para ofrecerse a otros, algo que suena con demasiada frecuencia en los programas universitarios.

Moruno, sociólogo de formación y con una larga trayectoria como activista social actualmente es Responsable de Discurso de Podemos y  ha colaborado en las obras Los indignados del 15 de Mayo, Les raons dels indignats y Cuando las películas votan. Puede decirse que es una de las personas que piensan la política de forma más interesante a día de hoy en nuestro país y por eso queremos preguntarle por los cambios que se han producido en la Universidad  y que tienen que ver con el valor de la enseñanza y la caracterización del mercado laboral.


jorge-moruno

¿Merece la pena y el dinero seguir estudiando en la universidad? ¿De verdad la generación  que está ahora entre los veinticinco y treinta y cinco años es la generación más preparada de la historia?

Creo que se superponen varias situaciones. Es cierto que tener un título sigue siendo mejor que no tenerlo, pero es igualmente cierto que tener un título cada vez garantiza menos. Lo que sucede en la Universidad es un gran negocio. La proliferación de máster universitarios y cursos de postgrado, más que para adquirir un mayor conocimiento parece que sirven a modo de filtro, donde lo que se valora es llegar hasta ahí y los contactos que se puede llegar a ofrecer y obtener. En la era del acceso y el embudo, lo más importante es rodearse de una buena red de contactos influyentes, lo que indudablemente incluye un sesgo de clase, pues ni siquiera es lo mismo un máster en la UCM ―incluso ahora con la subida de tasas que incorpora más filtros― que en el ESADE. El saber ocupa un lugar secundario cuando lo importante es el acceso a los contactos y ese acceso, viene en gran medida, mediado por el dinero. Esta realidad no tiene nada que ver con la retórica meritocrática, al contrario, y eso puede enlazarse con la segunda pregunta, cuya respuesta es sí. Pero ojo, eso no significa que la generación actual tenga más materia gris que la anterior, sino que gracias al esfuerzo de sus predecesores han podido optar a una mayor formación, en el sistema escolar, pero no solo, pues el saber ya no es patrimonio único de una sola institución. Pero estar más preparado no tiene un correlato directo con vivir mejor, de hecho una de las clausulas no escritas del pacto social del 78 era precisamente la de: «Bueno, yo me sacrifico para que mis hijos lo tengan más fácil que yo». Esa perspectiva histórica es la que se ha quebrado y ahora esa misma generación es consciente de que a día de hoy, el futuro se presenta peor.

 En un contexto como el español inmerso en una fuerte crisis de modelo productivo dentro de una economía terciarizada, que entre otras consecuencias para los jóvenes ha significado una bajada drástica y generalizada de los salarios, así como un paro de más del 50 % de los jóvenes, cabe preguntarse ¿Cuál es a día de hoy la función de la universidad en el conjunto de la sociedad?

 Creo que debemos hacernos la misma pregunta que nos plantea la ofensiva neoliberal, pero al revés. Se nos dice, la Universidad está desfasada con los tiempos que corren y debe adaptarse a los requisitos que demandan las empresas, o «la sociedad» ―a veces los mimetizan en una muestra de la totalización ideológica del capitalismo postmoderno―. Tienen razón en una cosa: los tiempos han cambiado y tanto el modelo productivo como el universitario, basados en el modelo disciplinario de la fábrica, los ritmos fijados, la distribución racionalizada y los tiempos programables a medio-largo plazo, están llegando a su fin. La pregunta entonces, en un mundo donde hacen aguas las bases de los antiguos modelos, es la de cómo vincular la Universidad con el conjunto de la sociedad, pensar ambos campos de manera indiferenciada tal y como hacen los neoliberales, pero desde la acera contraria. En lugar de poner el foco en la competitividad extrema y la necesidad de empleabilidad constante de los estudiantes, esto es, en lugar de poner como variable independiente las exigencias de los mercados, hacerlo al contrario, primero la deuda con la sociedad para garantizar el derecho a la existencia de todos y todas y luego el resto. La innovación se fomenta y crece en ambientes cooperativos y no competitivos, la creatividad y los proyectos proliferan en ausencia del miedo y la precariedad, el modelo social de la inseguridad al que nos abocan es un modelo menos productivo y más injusto. Esta es una tarea hercúlea y que engloba a todo un modelo entero de sociedad, pues se puede ser más productivo trabajando menos horas y dedicando más tiempo a la formación, sea universitaria o no. La Universidad como la fábrica, se ha socializado sobre el conjunto de la vida y a su vez se han entremezclado entre ellas. Es decir, es cada vez más difícil ubicar un lugar fijo de la explotación, como lo es también hacerlo para el saber y el conocimiento, pues hoy hablar de producción es hablar de comunicación y de gestión del conocimiento. La Universidad como la oficina seguirán existiendo, pero con un papel menos central entendido como un lugar fijado en el espacio y en el tiempo. Empecemos por exigir un modelo laboral a la altura de las capacidades de la población.

La universidad es un lugar de enseñanza en una rama del conocimiento u otro, en dónde se adquieren conocimientos tanto dentro como fuera del aula, a través de lecturas, actividades políticas, conociendo gente o asistiendo a actos extracurriculares ¿Es la universidad una escuela de ciudadanía o  sólo  debe de formar nuevos trabajadores?

La Universidad como su propio nombre indica hace alusión a la universalidad del conocimiento y eso implica todo un abanico de experiencias, vivencias y relaciones sociales que exceden el mero estudio de una materia o disciplina concreta. Es también una manera de formar a las personas. Me aterra observar cómo se están reciclando profesores de filosofía para enseñar a los niños educación financiera o espíritu empresarial. No tiene nada de malo en abstracto que conozcamos el funcionamiento de la bolsa o los rasgos básicos de las finanzas, el problema está en que estos cambios no se dan en un ambiente neutral, eso no existe. Se está forjando un nuevo ethos, una nueva forma de percibir, sentir y ser en el mundo, articulado desde una racionalidad muy concreta: somos empresarios de nuestra fuerza de trabajo donde el lazo que nos une es la competitividad y la capacidad de adaptación y empleabilidad en un entorno cambiante, que exige de todo pero que ofrece cada vez menos. La Universidad así vista es sobre todo, una fábrica de precarios que se forman en los requisitos básicos, normalmente técnicos, pero que dejan de lado todo lo relacionado a la formación como personas, en valores de solidaridad, no competencia, pensamiento crítico o cooperación.

Algunas personas y colectivos han alertado en los últimos años de la proliferación de «enfermedades modernas» asociadas al trabajo, como estrés, depresiones o ansiedad, entre cada vez más gente universitaria. Las consultas de los gabinetes psicológicos de las universidades están mucho más llenos que hace unos años, ¿A qué cree usted que se debe esto?

A que ningún departamento de los economistas que habían apoyado las políticas que nos han conducido a la crisis no ha sido cerrado. Ahora en serio ―sin menospreciar lo anterior, existen varias patologías postmodernas que tienen que ver con el modo de vida que se lleva y con los trabajos que se realizan. Anorexia, bulimia, obesidad tienen que ver con los imaginarios impostados ―y un alto grado de patriarcado―. Tiene que ver  con un modelo de nutrición y de estrés que funciona como la economía, al ritmo del just in time, al momento, para salir del paso, porque no hay tiempo. El burn-out, el aumento de consumo de fármacos, tienen mucho que ver con la incapacidad orgánica de seguir el ritmo frenético del capitalismo a velocidad digital, tiene que ver con el trabajo que nunca acaba y alarga jornadas laborales e incluso abarca todo el tiempo vital a través del móvil, esa cadena de montaje metropolitana. El exceso de trabajo en el empleo, la búsqueda incansable de uno en un contexto de paro estructural, la precariedad, la incertidumbre, el desmantelamiento del tejido social, de la vida cercana y el formar parte de algo integrado, sustituido por sujetos atomizados, siempre ocupados, rodeados de relaciones en un mar de soledad azotado por la competitividad y el cinismo, son el caldo de cultivo. Es el campo abonado para los tranquilizantes, la búsqueda de respuestas en manuales de pensamiento positivo que te garantizan que la solución ―y el fracaso― está en ti, o en sesiones de coaching cuando los problemas colectivos se transforman en realidades individuales que buscan una respuesta a la desorientación y dicen ayudarte a encontrarte y a cambiar lo que no funciona en ti. Hay una inflación del yo desvinculado del común, una especie de subjetividad de la sociedad de propietarios inmunes.

Parece que hemos pasado de  una sociedad de trabajadores a una sociedad  de «emprendedores», donde los rendimientos del trabajo dejan de producirse en forma de salario para pasar a ser beneficios individuales. En su último libro habla de  que detrás de esta atomización de las condiciones laborales, existe una  ideología  que trata de expandirse en la sociedad, ¿de qué tipo de ideología estamos hablando  y en que afecta a la educación superior?

Se dan principalmente dos mutaciones al interior del mundo laboral, un mundo que también es el mundo social: una cuantitativa y otra cualitativa. Obtener un empleo se convierte al mismo tiempo en una zanahoria y un embudo, y entra en crisis el acceso a la ciudadanía a través de la obtención de un empleo estable y una producción programable. Por otra parte, ha triunfado una racionalización neoliberal que produce un nuevo tipo de persona acorde a un nuevo tipo de trabajador y de formas de trabajar. Todo pasa por el filtro del yo cínico e individualista, del hombre de éxito y la capacidad subjetiva par convertirse en un héroe, esto es, ser capaz de contar tu propia historia, de ser especial, no vale con ser singular. Cuando sobra gran parte de la población, el mejor mecanismo de control social pasa por instalar el imaginario de la culpa por ser pobre, parado o precario, situando otro donde se proyecta la imagen del triunfador que nació de la nada y al cual todos quieren parecerse y verse reflejados. Es lo que entiendo como la empresa-mundo, la sociedad colonizada espacial y temporalmente por la lógica de la mercancía y el gobierno del valor de cambio. Todo, la educación, los servicios públicos y los derechos sociales, deben convertirse en nichos de acumulación y al tiempo ser funcionales a «la realidad», a las exigencias competitivas del mercado. La Universidad es parte de este cableado que debe formar células de trabajo, al servicio de ese gran organismo  llamado mercado que todo lo rentabiliza.

¿A qué podemos llamar hoy en día producción de conocimiento?

Hoy los modos de comunicación y los modos de producción se funden en uno solo. La capacidad de gestionar información, de manejar la comunicación y ponerla en circulación, resulta el corazón del proceso productivo contemporáneo. El conocimiento entendido como categoría genérica humana y no como un intelectual ilustrado, es la capacidad humana de conocer, de pensar, de hablar y comunicar puesta a trabajar. La clave está en la manera en la que se oriente la cooperación social y se articule el destino de la información. El Renacimiento fue también una liberación del saber que ostentaba el monopolio del claustro, permitiendo así, la capacidad de poner en contacto más mentes, más debate, más valentía intelectual. Lo vemos en todo el tema del big data, en el consumo y la producción diversificada, quien maneja los datos, la investigación y la conversación social, maneja  el diseño, la comercialización, la previsión, el destino del conocimiento, al menos parcialmente. La pregunta que debemos hacernos es ¿para quién trabaja el saber colectivo? ¿Para el embudo privado o para las alamedas abiertas de lo común?

¿La figura del profesor a día de hoy sigue siendo tan central?  Con el progresivo aumento de materiales en la red y de formas de aprendizaje embóticas en plataformas virtuales, el rol del profesor en el aula cambia su naturaleza, ¿en qué dirección cree que se han producido estos cambios?

La figura del profesor sabio que sabe de todo, que deslumbra y marca a los y las estudiantes, es una especie en claro retroceso, pero no va a desaparecer completamente, aunque como el obrero clásico, pierde la centralidad. El profesor prototípico de la ilustración, aquel que engulle a los clásicos y encarna la auctoritas de la modernidad se ve erosionado. Esto tiene aspectos interesantes y también desesperantes. Por una parte, es bueno que el saber deje de estar centralizado y pueda reapropiarse, ampliarse y legitimarse desde distintos ámbitos y formas de la vida, y no sólo los canónicos que establece la academia. Por otra parte, cuando caemos en el relativismo de que toda opinión tiene el mismo valor por el hecho de ser una opinión, da igual el tema, encarna otros peligros.  Muchas veces en la ignorancia de algo se esconde la arrogancia; en las RRSS y en los tertulianos vemos ejemplos de ello todos los días. ¿Cómo mantener el equilibrio entre una autoridad que es portadora de la verdad indiscutible y la banalización de todo, pero al mismo tiempo poder optar con la capacidad de impugnación a las verdades instaladas? Creo que no todo vale, porque al final lo único que se acepta es el monolingüismo del capitalismo totalizante, aquello que es rentable y tiene una apariencia «útil». Un profesor de filosofía no puede sustituir la metafísica por el incentivo empresarial en los estudiantes y la Universidad no puede convertirse en un laboratorio condicionado al gobierno de la plusvalía, porque encuentra su razón de ser precisamente, en aquello que no siempre se traduce en el cálculo económico. Hay que repensar todo el edificio sin caer en la banalización economicista y eso es una tarea de la sociedad en movimiento que disputa el control del saber y el dominio sobre el tiempo. En el siglo XIII la Universidad de Cambridge nació gracias a una huelga de académicos y estudiantes de Oxford. No hay manuales ni libros de instrucciones, sólo la potencia de los nadie para subvertir el tiempo y ponerse un nombre, para hacer política y ser capaces de contar la propia historia, la de todos y todas.

Leave a Comment