IGOR SÁDABA: «Lo más avanzado tecnológicamente vuelve a llamarse “digital”, mostrando la herencia invisible con los dedos y el cálculo práctico»

Igor Sádaba

«Lo más avanzado tecnológicamente vuelve a llamarse digital, mostrando la herencia invisible con los dedos y el cálculo práctico»

Pablo Gastaldi


Igor Sádaba es profesor de Sociología e investigador en la Universidad Complutense de Madrid, entre otros centros de estudio. Sus líneas de investigación están relacionadas con ámbitos como las nuevas tecnologías, la propiedad intelectual, los movimientos sociales y la exclusión social. Pertenece al grupo de investigación de la UCM CIBERSOMOSAGUAS.


 

Igor Sádaba. Fuente
Igor Sádaba. Fuente

Existe un abanico muy amplio de posturas acerca de cómo se relaciona el ser humano con la tecnología, desde quienes entienden que es la tecnología la que de forma autónoma ha determinado la historia de la humanidad hasta quienes entienden que lo tecnológico y lo social están tan entrelazados que incluso no se puede diferenciar, en términos analíticos, entre lo humano y lo no humano. ¿Qué piensas de esta relación? ¿Te ves más cercano a alguna forma en concreto de interpretarla?

Bueno, más que posicionarme a nivel personal, que seguramente me ubicaría más cerca del segundo grupo por trayectoria y oficio, me parece interesante pensar históricamente el surgimiento de esas dos grandes vías de interpretación de la tecnología. Y, más en concreto, el dominio casi absoluto de cierto determinismo tecnológico a lo largo de la historia y las dificultades para poder entender la tecnología como una parte más de lo social.

Nuestra cultura occidental moderna está impregnada de grandes dosis de determinismo tecnológico sutil. Todavía es dominante una imagen donde la autonomía tecnológica supone un fatalismo extremo que nos aboca, como única opción, a adaptarnos pasivamente a su evolución.

Y en esto ha dado igual bastante la postura ideológica, se ha abrazado cualquier cambio  tecnológico como algo independiente y necesariamente beneficioso. Como si no hubiera unas condiciones sociales que predispusieran, modularan o donde se desarrollaran esos cambios. Y, en un momento como el actual, en el que estamos tan abrumados por la cacharrería y los artefactos electrónicos hace más falta que nunca pensar en la tecnología desde una mirada sociopolítica.

¿Ocupan las manos una posición privilegiada en relación al resto del cuerpo a la hora de la interacción de las personas con los dispositivos tecnológicos?

Probablemente las manos fueron nuestra primera gran herramienta tecnológica. También he leído por ahí que la voz le va a la par. Pero, en términos puramente de construcción material, nuestro pulgar oponible desde luego nos hizo singulares y las manos siempre han estado asociadas a la técnica.

La postura erguida como mecanismo evolutivo nos permitió usar las manos mucho más. No en vano, lejos de la figura moderna del ingeniero, el primer gran tecnólogo fue el artesano. Sennett habla bastante de ello intentando recuperar algunas ideas sugerentes. Este autor lamenta que la civilización occidental se haya empeñado por separar cabeza y mano, pensar y hacer, sobrevalorando lo primero e infravalorando lo segundo. Sennett insiste en que el homo faber ya es un homo sapiens y que las manos, a su manera artesanal, también «piensan haciendo».

La práctica manual implica toda una serie de procesos cognitivos e incluso sociales (aprendizajes, destrezas, tradiciones, interacción, etc.) que son ninguneados por una supuesta primacía de lo intelectual-cognitivo. La sociedad moderna ha relegado la mano a la acción mecánica degradada, confundiendo un hecho histórico (capitalismo y trabajo manual) con algo casi natural. Tampoco creo que se trate de encumbrar ingenuamente la artesanía manual por encima de todas las cosas, pero sí rescatarla del desprecio que ha sufrido.

Fíjate, qué curioso. Lo más avanzado tecnológicamente vuelve a llamarse digital, mostrando la herencia invisible con los dedos y el cálculo práctico. Y nuestro método favorito de interacción con los dispositivos digitales es lo «táctil» y volvemos nuevamente al uso de las manos. Me da la impresión de que es como si no pudiéramos realmente hacer desaparecer las manos, que resurgen una y otra vez. Igualmente el uso del móvil no ha dejado de ser, en sus sucesivos diseños y usos, una prótesis más de la mano, siempre en ella colocado, como extensión.

Incluso en algo tan complejo como puede ser una conversación por chat o un e-mail, son las manos las que producen el discurso y teclean frenéticamente el habla. Por eso hay quien considera que las conversaciones online no son ni escritura ni oralidad sino un registro intermedio.

La figura y labor del inventor clásico suele ser representada como alguien solitario, en la frontera entre la genialidad y la locura, y ha estado siempre muy ligada al trabajo mecánico con las propias manos. ¿Qué te sugiere esta imagen?

Bueno, la imagen clásica sí que sigue esa caricatura del sabio loco encerrado en su laboratorio, una especie de Dr. Frankenstein que inventa entre tubos de ensayo. Las manos siempre están ahí en un primer momento, como la acción manipuladora inicial. Pero lo peor de esta figura es su carácter de inventor aislado, que pareciera crear desde la nada, de espaldas al mundo, en su torre de marfil lejana arriba de una montaña.

Como si la innovación tecnológica solo tuviera que ver con un talento portentoso y un coeficiente intelectual altísimo que ejecutan a través de unas manos habilidosas. Se obvia todo el contexto social, cultural, económico o político. Nos hemos acostumbrado a fijarnos sólo en la personalidad o en las patologías de dicho inventor solitario sin apenas más elementos contextuales e históricos. Lo que algunos llamaron el «creador increado». Por desgracia, una imagen que ha servido para encumbrar ciertos modos de concebir la ciencia y la tecnología que son cuando menos dudosos pero que siguen estando presentes hoy en día: el self-mademan o el DIY de la cultura anglosajona, por ejemplo.

Asimismo, hace mucho que lo que llamamos invenciones dependen mucho de la capacidad para comercializar la supuesta novedad. El ejemplo paradigmático de todo eso fue Edison, que ha pasado a la historia por inventor pero fue más bien un empresario avispado. En vez de una mente inquieta, Edison fue un experto en patentar y poner en el mercado. Se le ha denominado alguna vez «el fabricante de inventos» porque consiguió más de dos mil patentes ―muchas derivadas de personal a su cargo―. Y la cuestión final es que tras un proceso de innovación empresarial las manos ya no aparecen por ningún lado. Siguen pensándose imaginariamente como una parte del proceso de creación y manipulación, pero todas esas miles de manos intervinientes y anónimas quedan ocultas por la opacidad del proceso que otorga la gloria a uno solo.

¿Y ahora? ¿Cómo es la «invención» en los tiempos de las Apps y el software libre?

Ahora realmente también existen una serie de mitologías o caricaturas que seguimos adorando y haciendo circular. Por ejemplo, la de los emprendedores de Silicon Valley encerrados en un garaje y haciéndose infinitamente ricos de la noche a la mañana por su talento heroico y valentía brillante. Como si sólo se tratase de tener una idea rompedora e ingeniosa.

Realmente hay estudios que demuestran que esos modelos de negocio son una cantidad infinitesimal y anecdótica. Pero sigue instalada la idea de que es como opera el mundo actual, con Steves Jobs, Bills Gates o Marks Zuckerbers que marcan el rumbo de la historia. Lo que denominamos actualmente invención tiene mucho más que ver con trabajo precario colaborativo a gran escala, con franquicias y subcontratas masivas a la caza de patentes, con millones de fábricas asiáticas produciendo en condiciones infernales y con redes de empresas y laboratorios conectadas en ebullición permanente.

Sin embargo, las películas de Hollywood o las portadas de revistas de impacto se dedican a adolescentes imberbes californianos que en un abrir y cerrar de ojos se llenaron los bolsillos y supuestamente cambiaron ellos solitos la historia. Hay un poema de Bertolt Brecht, Preguntas de un obrero ante un libro, que se podría aplicar literalmente a la era digital y sus famosos progresos.

Hay dispositivos que «empiezan» a no requerir de las manos. Es decir, dispositivos en los que las manos solían ser  indispensables (un teléfono móvil de toda la vida, por ejemplo) hasta ahora: desde el «manos libres» hasta las Google Glass. ¿Tiene esto algún significado?

Yo creo que las manos siempre van a estar, presencial o no presencialmente ―imaginaria o simbólicamente―. Incluso el «manos libres» ha requerido previamente una serie de manipulaciones con las manos, es como un paréntesis temporal. Pero lo llamativo es que esa ruptura con el cuerpo, su no-necesidad, se postula como algo deseable. No deja de ser una especie de fantasía naive el poder librarnos de las manos, como si realmente eso supusiese algo avanzado o necesario en todo momento. Salvo conducir y cuestiones similares ―en las que probablemente ni incluso deberíamos ir hablando con el teléfono y el «manos libres»― el resto son promesas de descorporeización que identificamos con una suerte de libertad que habría que reconsiderar.

En la práctica no deja de ser un método para favorecer la multitarea en ciertos trabajos precarios y estresantes en los que se buscan empleados hiperactivos a los que su pesado cuerpo materializado no les impida ser teleoperadores a la vez que todo lo demás. Tendemos a pensar que todo lo que prescinda del cuerpo es imperiosamente positivo o un bienestar inmediato. Seguramente pueda ocurrir en algunos momentos, pero no toda ocasión de evitar las manos y su uso es obligatoriamente un progreso. No tengo claro el significado que puede tener todo ello pero intuyo que hay una cierta mitificación de lo incorpóreo y una sensación permanente de liberación individual

Por otra parte, date cuenta que al final todo tiende a lo «táctil», o que acabamos poniendo emoticonos con muchas manitas y gestos con las manos de todo tipo. La thumb culture del móvil juega sin cesar a visualizar o invisibilizar las manos. Así que para hacer inteligible la tecnología y poder conectar con nuestros referentes culturales, aparecen las manos por doquier. Soñamos con todo tipo de artefactos y dispositivos manos libres pero luego necesitamos algún tipo de conexión o vínculo con la manipulación manual y nuestras extremidades.

¿Qué es un Cyborg?

Para mí no deja de ser una especie de metáfora o una figura de la ciencia ficción ―muy real, como todas― que nos habla de cómo el desarrollo tecnológico ha alterado el cuerpo humano y las relaciones sociales hasta no poder hacer distinguibles los aspectos supuestamente naturales de los artificiales. También se usa para apelar a esas personas cuyos cuerpos han sido modificados tecnológicamente (brazos mecánicos, prótesis implantadas, circuitos incorporados, etc.). Pero en Ciencias Sociales, Haraway puso de moda utilizar el cyborg no tanto como realidad material ―que las hay― sino como símbolo de la hibridación constante y de la artificialidad de ciertas fronteras. El mundo moderno opera a través de divisiones, clasificaciones y polarizaciones que habría que cuestionar.

Personalmente veo el cyborg como una metáfora, precisamente, de que la tecnología es tan intrínsecamente humana y social que no puede desgajarse o tratarse de manera separada lo orgánico y lo inorgánico. Por mucho ejercicio analítico que hagamos para una mejor comprensión, ha llegado un momento en que tal división es peligrosa porque sombrea fenómenos y procesos que están en marcha. Y no tiene tanto que ver con la generación de engendros deformes o monstruos de la ciencia ficción sino con que en el fondo todos somos bastante híbridos desde hace más tiempo del que pensamos.

La idea de cyborg vendría a ser otra herida al narcisismo del hombre moderno y su pretensión de pureza. Justo el ámbito que pensábamos que era el más intrínsecamente natural, la evolución humana y lo biológico, hace tiempo que son «participados». Es decir, que han sido intervenidos por la acción humana a tal punto que ya no sabemos dónde empieza y termina cada parte.

¿Ves factible que en un futuro cercano usemos prótesis tecnológicas que den más funcionalidades a nuestras manos?

Por supuesto, creo que ya están en uso algunas prótesis y en desarrollo otras tantas. Algunos guantes mismos ya lo Mano-protesisson aunque no las consideramos como tales. Pero la cuestión no es tanto si se puede ―que ya se puede― sino el valor que le damos a eso y las consecuencias que sacamos de ello. Asumiendo que realmente necesitamos esas funcionalidades, al menos en los casos médicos, de alguna manera estamos desde hace ya mucho tiempo ―si es que alguna vez no fue así― cambiando el curso evolutivo de la especie. Que podamos cambiar el diseño de nuestras manos o la función que han tenido durante tiempo nos hace saltar a otro interrogante…

¿Las manos hablan? ¿Están hablando un «lenguaje» nuestras manos al tocar una pantalla o un teclado que sólo es «descodificable» con un dispositivo (hardware) y con una interfaz (software)?

Bueno, la relación de las manos con el lenguaje debe ser innegable. Unamuno creo que era el que decía que hablamos con las manos. A mí se me escapa un poco pero sospecho que los vínculos son múltiples: lenguaje de signos, comunicación no verbal y gestos, la escritura a partir de la mano, manipulación del mundo y símbolos, etc.

Incluso en ocasiones es más efectivo un gesto de manos que una retórica desenfrenada, basta ver los usos de las manos en las asambleas masivas del 15M, por poner un ejemplo. Y si seguimos las ideas de Sennett, hacer es pensar y pensamos mediante el lenguaje. Supongo que las manos tienen su propio idioma que puede ser traducido al resto. La mayoría de gente experta en estos temas ―que yo no lo soy tanto― considera que a estas alturas ya la distinción entre nuestras propias manos y las apps o el hardware comienza a ser compleja. Lo cierto es que necesitamos de las manos para interactuar pero podemos hablar de una cierta «agencia compartida» entre nuestro cuerpo (las manos, pero no sólo), el hardware (dispositivos) y el software (programas, interfaces, código, etc.).

Ese nuevo lenguaje requiere de combinaciones altamente elaboradas de todos los elementos y las manos se ensamblan en todo ello. Aunque sintamos que es una cuestión mecánica o automática, yo lo percibo como de una complejidad enorme, donde cada parte se articula con el resto a gran velocidad. Por esa razón, quizás seamos cada vez más superficiales, o «robots alegres» como decía Wright Mills, pero intuyo que se manifiesta más en otras cuestiones (el voto a determinados partidos políticos, ―si se me permite ser malo―) que por el uso de las tecnologías digitales.

Es lógico pensar que los movimientos que hacemos ante un teclado tienen mucho que ver con cómo están distribuidas las teclas. ¿Hay alguna explicación de por qué la distribución de las teclas es la que es? ¿Por qué cuando miro a un teclado lo primero que veo es el apellido del exministro de educación José Ignacio «WERT»?

Pues vaya pesadilla volver a ver a Wert… La historia del teclado que usamos actualmente (QWERTY) es bastante curiosa y la suelo contar todos los años en clase. La distribución de las teclas en nuestro teclado demuestra a la perfección que los estándares tecnológicos que usamos no siguen los criterios de eficacia o eficiencia que estamos acostumbrados a pensar.

Más bien al contrario, dicha distribución se debe a la época de las máquinas de escribir en las que cuando se escribía rápido se atascaban y chocaban los «tipos» (las varillas metálicas que iban golpeando el papel para marcar las letras). Para evitar que los tipos se enredaran (quien haya manejado una máquina de escribir lo recordará), se ideó en 1860-1870 o así, una distribución de teclas tal que, escribiendo en inglés, se escribiera lo más despacio posible y esto no ocurriera.

Es decir, el teclado que usamos actualmente para poder escribir rápido en castellano y con un ordenador proviene de la escritura lenta en inglés con una máquina de escribir. Pero no hemos sido capaces en todo este tiempo de cambiar de modelo de teclado habiendo ya otros mejores y más intuitivos.


 

Teclado-colemak
Teclado Colemak con una distribución alternativa a QWERTY

¿Por qué? El historiador y economista Paul David sugiere que es un claro ejemplo de «atrapamiento tecnológico», nos hemos quedado anclados en un modelo técnico subóptimo por puro accidente histórico. Y porque el coste social y económico que supondría hacer aprender a teclear de otra forma sería enorme.

Hay millones de casos similares en los que por razones puramente circunstanciales, comerciales o sociales se optó por tecnologías menos eficientes: el Video Beta, Linux, etc. Se suele utilizar el ejemplo para demostrar que lo que consideramos el desarrollo tecnológico no sigue vías fijas de incremento de la eficacia o una lógica racional ni mucho menos y que factores contextuales o circunstanciales pueden determinar con creces muchas máquinas. La bicicleta y su desarrollo es otro ejemplo clásico.

Hace poco cundió el pánico cuando empezó a circular el rumor de que en Finlandia se iba a sustituir la enseñanza de la escritura manual por el uso de teclados en el sistema educativo. ¿Qué opinión te merecería en caso de ser cierto? ¿Crees que tendrá lugar en un futuro no muy lejano?

Bueno, es un tema bastante complejo. La enseñanza hace tiempo que ha comenzado a utilizar cada vez más pantallas y teclados. Actualmente, se utilizan más dispositivos electrónicos en educación y hasta el Campus Virtual universitario no deja de ser algo que cuando yo estudiaba era impensable.

Estoy seguro de que las primeras veces que se empezaron a poner vídeos o a usar la televisión con fines educativos hubo no pocas dudas y resistencias. Ése es un hecho que está en aumento y ascenso y que habría que calibrar. Si se combina con la escritura manual y tradicional no me parece terrible, ambas destrezas son enseñables y necesarias. Si una de ellas sustituye o domina a la otra afirmaría que es un error de bulto.

Pero nos equivocaremos tanto si los teclados absorben y reemplazan a la escritura con las manos como si seguimos atornillados en un modelo educativo que lo único que hace es forzar a escribir y copiar a los niños. Todavía hay colegios donde se piensa que una buena letra es signo de inteligencia y se utiliza el castigo de la escritura repetitiva (como Bart Simpson copiando cien veces en una pizarra «No volveré a…»).

La caligrafía, de hecho, es toda una herencia de la escuela franquista. Se aprende con las manos pero de muy diversas formas, también experimentando y cuestionando. A estas alturas pienso que la mayor parte de los modelos pedagógicos y educativos necesitan amplias reformas pero no pasan por el método de manipulación o escritura sino por cuestiones más estructurales. Las manos siempre van a estar ahí para pensar y escribir.

¿Una actividad para desconectar después de haber pasado más horas de las debidas delante del ordenador?

Deporte y luego unas cañas.

 

ENTREVISTA COMPLETA EN PDF: Entrevista completa – Igor Sádaba

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