HOLLYWOOD Y LA TENSIÓN FEMINISTA

Hollywood y la tensión feminista

Cristina Castillo


La caída del actor Kevin Spacey en los últimos días da mucho que pensar. Todo empezó cuando Anthony Rapp, actor poco conocido, le denunció públicamente por haber sido acosado cuando sólo tenía catorce años, animado por la repercusión del escándalo de abusos y acoso sexual que rodea al productor Harvey Weinstein. En pocos días se sucedió una avalancha de denuncias de otros hombres que aseguraban haber sufrido situaciones de acoso por parte de Spacey cuando eran menores. Estas acusaciones han acabado por destruir su carrera.

Parece que a la industria de Hollywood, tradicionalmente machista, racista y clasista, le han estallado las costuras por estos escándalos de violencia sexual. Se ha abierto la caja de Pandora. Cada día conocemos nuevos casos de abusos perpetrados por actores, que muestran una realidad espeluznante. Algo está cambiando para las víctimas de abusos, aunque sea muy lentamente.

Pero algunos detalles resultan chocantes. El ensañamiento contra Spacey parece haber sido mayor que con otros personajes, como si fuera el chivo expiatorio en el que Hollywood está purgando todos sus pecados para redimirse. Esta historia abre varios debates interesantes.

Es una verdad aplastante que lo que le importa a Hollywood es el dinero. Si ya no vende ser un abusador, no se contrata a abusadores. Como pasó con el racismo: si vende hacer películas con actores y actrices negras sobre temáticas relacionadas con su condición —y así quitarse de encima cierta imagen rancia que ya no se podían permitir—, empiezan a llevarse premios ese tipo de películas. El capitalismo sabe ver y se adapta a los tiempos. Los cambios con respecto a la violencia sexual son tan superficiales que sólo encajan con lo que debe ser lo políticamente correcto. Las palabras de condena no coinciden con el respeto efectivo.

Aunque los cambios sean muy lentos, es planteable que los siguientes pasos puedan derivar en un verdadero discurso social de respeto a las mujeres, aunque tarde muchos años en llegar. Y todo esto es gracias al feminismo, que ha conseguido poner de moda, modificando el sentido común, cuestiones clave para la supervivencia y el sostenimiento de una vida digna para las mujeres.

Es evidente que las víctimas, lo intolerable de los abusos, es lo último que importa.

Parece que Kevin Spacey está pagando lo que vale haber atacado la dignidad e integridad de varios hombres jóvenes. Todavía no hemos visto que le haya pasado nada parecido a ningún actor que haya acosado a mujeres. Quizás empiece a ocurrir cada vez con mayor frecuencia. Pero no es muy creíble que no haya habido miles de casos en los que hayan ocurrido cosas parecidas o más graves y hayan quedado impunes. Ni tampoco parece que a partir de ahora esto vaya a ser la norma para todos los casos de acoso sexual y que de repente todos los cimientos patriarcales de la industria del cine vayan a hacerse pedazos para dar lugar a un mundo nuevo. Parece que, marcando una línea divisoria entre el bien (Hollywood haciéndose cargo de algún acosador suelto) y el mal (acosador defenestrado y hundido públicamente), Hollywood ya tiene todo resuelto.

Es la lógica de los casos aislados, que dificulta la crítica estructural de una relación de dominación patriarcal sobre las mujeres. Sucede algo parecido con la corrupción, que son manzanas podridas, casos aislados, precisamente para intentar obviar su dimensión sistémica como forma de gobierno, y en este caso, como forma de gobierno machista. Esto ocurre porque el discurso feminista, si bien surge de una profunda transformación subjetiva, tiene un alcance superficial en ciertos ámbitos, de ahí que necesitemos ampliar el foco más allá de casos concretos y escándalos puntuales, para ofrecer una visión completa de un modo de relacionarse que tiene, como efecto, estos casos que ahora salen a la luz.

 

 

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