HISTORIA DE UN ABORTO CLANDESTINO

Historia de un aborto clandestino

Pandorita


Todo empezó riéndome. Bueno, realmente había empezado antes, pero yo aún no lo sabía. Hacía unos meses me había descargado una aplicación que te indicaba cuándo tenía que venirme el periodo. Un día antes de la fecha teóricamente señalada, te avisaba con una notificación: «Mañana debería empezar su periodo». Tranquila como estaba, me reí pensando: «Parece como si me estuviera reprochando algo».

Y no le di importancia. Tampoco le di importancia cuando al día siguiente me desperté sola y no recibí compañía en todo el día, ya que era habitual que mis ciclos no fuesen siempre de 21 días.

Al día siguiente tampoco me bajó, y al siguiente tampoco, y entonces fue cuando comencé a darle importancia.

Estar embarazada en un país en el que el aborto es ilegal es un gran problema. En mi mente comenzaba a resonar la idea de: «sólo pensamos en la necesidad de un aborto legal, seguro y gratuito una vez al mes».

Haciendo cábalas sobre cuál podría ser el flaco que me enmarronó, esperando cada segundo un sangrado que no llegaba y poniendo buena cara hacia el exterior, fui planteando una fecha para hacerme un test de embarazo.

«Si el lunes no me ha bajado, me hago el test». Había leído en foros de internet que hacerse el test demasiado pronto podía dar negativo aun estando embarazada, y que era conveniente esperar una semana hasta hacérselo.

Aun sin saber el veredicto, busqué métodos sobre cómo abortar… en internet, lo cual fue fácil. Siempre hay una entrada en algún foro para cualquier problema de la vida diaria. Así que entre millones de métodos «ultraefectivos» y naturales, elegí el perejil.

«La sobrecarga de vitamina C hace que el cuerpo rechace automáticamente el embarazo».

Siguiendo esta premisa cada día me comía dos naranjas, una tetera entera de infusión de perejil y me introducía cada 12 horas unas ramitas de perejil en la vagina. Tal era mi ritmo de consumo de perejil que iba varias veces al día a comprar, pero nunca a la misma verdulería, por miedo a que lo consideraran sospechoso.

Dado que mi ansiedad era demasiada como para esperar a que el método 1 hiciera efecto, añadí el método 2, algo más agresivo y violento, que me dejó tras un par de días el bajo vientre dolorido al mas mínimo roce o movimiento.

Ni por esas comencé a sangrar, aunque el perejil sí que me ayudó con mis problemas intestinales.

Nadie sabía el origen de mis preocupaciones; es más, nadie sabía que estaba preocupada, que el único pensamiento que rondaba mi cabeza 24 horas al día era el de la posibilidad de estar embarazada. Ese fin de semana (el lunes se acercaba inexorablemente) salió en una conversación el tema del aborto: —Este… Yo estoy en contra. Si fuera legal la gente lo usaría como medio anticonceptivo, viste.

Oír salir ese comentario de esos labios de los cuales nunca lo habría esperado me sumió en el completo desconcierto.

—Verás, si legalizaran el aborto, ¿sabés qué pasaría? Nada en absoluto. En todo caso las mujeres tendrían la capacidad de decidir si quieren traer al mundo a una criatura o no. Dejarían de estar condenadas a tener hijos por un desliz o por inconsciencia. Si lo que asumes es que únicamente son las clases bajas, a las que asumes como ineducadas y promiscuas, las que se quedan embarazadas sin desearlo, estás equivocada. A vos misma podría ocurrirte y estarías obligada a postergar tus planes para asumir una carga con la que no contabas. Nadie aborta por gusto.

El domingo decidí que ya estaba bien ser una hippie abortiva y decidí buscar métodos más efectivos y por tanto ilegales. Abandoné las infusiones amargas y los tampones de perejil y me sumergí en el internet profundo. No fue difícil encontrar la manera de comparar las pastillas adecuadas.

Fruto de una ansiedad y una certidumbre que ya se había instalado en mi cabeza, arreglé una cita, conseguí las pastillas y me quedé sin plata para poder comer el resto del mes.

Planeé el aborto farmacológico para la tarde del día siguiente. Y a la mañana siguiente, sin previo aviso, comenzó un sangrado muy ligero y tontorrón… ¡antes de que hubiera usado las pastillas!

La primera reacción fue sentirme excepcionalmente estúpida por no haber esperado a hacerme un test de embarazo. La segunda fue la de no confiarme y seguir con el plan propuesto. Ya que me había quedado sin plata, por lo menos iba a asegurarme de no estar embaraza. Así que esa tarde lo arreglé todo y seguí las indicaciones para un aborto farmacológico seguro.

Y ahora paso todos los días concienciada de la necesidad del aborto legal, comiendo arroz día sí y día también, y contándole todo esto a una gallega que apenas conozco.

 

 

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