HÉROES SIN MEDALLA (III/V) IRAK, QUE LA PRENSA NO INFORME

Héroes sin medalla (III/V) Irak, que la prensa no informe

Disponibles las partes I y II de «Héroes sin medalla»

Diego Rodríguez Veiga


 

 

El periodismo de guerra ha sido tema de películas, libros, documentales, premios, exposiciones de fotografía y vocaciones en las aulas de las facultades de periodismo. Pero lejos de esa idea romántica del que empuña una cámara o un bolígrafo en busca de la verdad, las muertes son reales, los secuestros son reales, la escasez de medios, la precariedad; todo ello es real. Kapuscinski definió la profesión como «dura, peligrosa y a veces trágica».


Periódico cita Capa- Fran Antón-Web
Foto: Fran Antón

En Irak entró en juego la proporción maquiavélica entre el bien mayor al que se alegaba y el sufrimiento que se ocasionaría, y aunque Estados Unidos potenció la figura del «empotrado» muchos periodistas entraron de manera independiente, logrando informar sobre cosas comprometidas para el Ejército, como el bombardeo sobre zonas civiles, algo que desde luego tuvo repercusión en la opinión pública.

Julio Anguita Parrado, que fue corresponsal en Irak para el diario El Mundo, en sus artículos relataba cómo antes del conflicto, en los cursos para periodistas «empotrados», los militares estadounidenses metían miedo a la prensa, preparándoles para la guerra nuclear, el agente CK… esas armas de destrucción masiva que justificaron una guerra y de las que todavía no se ha encontrado rastro. Ese miedo previo ya provocó la «deserción» de algunos periodistas, antes incluso de que les aceptaran para acompañar al ejército.

Por otro lado, algunos periodistas que estuvieron en Bagdad recuerdan que recibieron presiones para abandonar el país antes de que llegaran los norteamericanos. Carlos Hernández, de Antena 3, comentó cómo los medios afines al Gobierno español, que participó en Irak de manera activo-pasiva, eran los que más presionaban a sus reporteros para que se fueran; insinuando que, para las autoridades, cuanta menos prensa, mejor.

El 8 de abril de 2003 fue un día fatal para el periodismo. En la misma mañana, Estados Unidos bombardea la sede de la cadena Al Jazeera, ametralla la sede de la televisión Abu Dhabi, y un tanque abre fuego contra el Hotel Palestina, provocando la muerte del periodista ucraniano Taras Protsyuk y el español José Couso.

Para muchos periodistas, estos ataques representaron claramente que Estados Unidos arremetía contra la prensa que no iba «empotrada» con ellos, para intimidar y coaccionar a aquellos que iban por libre. Gervasio Sánchez, el ya legendario fotógrafo de conflictos, declaró que estos ataques querían poner fin a una cobertura que ha permitido desenmascarar muchas mentiras diarias fabricadas por los estrategas angloestadounidenses.

Aunque han pasado trece años desde la muerte de José Couso, la familia está convencida de que se trató de un asesinato. «A José le dispararon en un edificio civil y además una potencia considerada amiga», dice David Couso, hermano de José, mientras sujeta una copa de vino y habla con convencimiento. Se pasa el día en la biblioteca porque está estudiando las oposiciones para bombero, para salir de la condición de interino, y cuando llega a casa, aunque cansado, no tiene problema en reivindicar la memoria de su hermano.

A Couso le mató un disparo de un tanque estadounidense cuando estaba grabando la entrada del ejército en Irak desde su balcón en la planta 14 del Hotel Palestina. «Fue un claro ataque a la prensa que no controlaban», dice su hermano. Sus argumentos no están fundados en la rabia del que ha perdido a un familiar, sino por todo lo que pasó después del disparo que acabó con la vida de su hermano.

Estados Unidos cambió la versión de los hechos en varias ocasiones. En primer lugar aseguraron que estaban recibiendo disparos desde el hall del hotel, algo que despertó la pregunta obvia: si disparan desde el hall, ¿por qué el tanque respondió más de diez pisos por encima? Después, las autoridades americanas alegaron que estaban disparando a un francotirador y más tarde volvieron a cambiar para decir que se trataba de un ojeador que estaba ayudando a dirigir ataques contra puestos estadounidenses. «Nosotros no queremos un linchamiento ni que ahorquen a los asesinos de mi hermano. Queremos un juicio donde se puedan sentar unos militares a los que acusamos de ser los asesinos».

Han pasado trece años y el juicio aún no ha llegado. Se ha intentado, pero ha sido desestimado; se ha recurrido, pero ha vuelto a ser desestimado. Como dato, cuando el compañero de Couso, Jon Sistiaga, acudió a declarar como testigo para ver si el caso se convertía en investigación, el fiscal del caso ni acudió. Más tarde, algunas filtraciones de Wikileaks demostraron que el embajador de Estados Unidos se había reunido con el fiscal general español para pedirle que el caso no prosperara. La vicepresidenta bajo gobierno del PSOE, María Teresa Fernández de la Vega, también se había reunido con el embajador.

«Calificamos el ataque como un claro crimen de guerra apoyándonos en las convenciones de Ginebra y en el derecho internacional humanitario. Y estamos convencidos de que fue un ataque deliberado, porque en el transcurso de unas horas, el tercer regimiento del 64 batallón del Ejército Acorazado realizó una operación donde acabaron con las señales», comenta David refiriéndose a los ataques a Al Jazeera y Abu Dhabi, además del ataque al Hotel Palestina.

Tras varios recursos y tras una reforma de la justicia universal que obligó a dar carpetazo al caso Couso, la familia ahora se encuentra ante el Tribunal Supremo, a la espera de que éste se declare. «Esperemos que el Supremo nos dé la razón, si no, todavía nos queda el Tribunal Constitucional o, si no, Estrasburgo. Les incomoda que haya una pequeña familia que mantenga viva una causa judicial y que lo único que solicita es investigación y justicia», declara.

 

Este texto es parte del reportaje «Héroes sin Medalla» de Diego Rodríguez Veiga, que publicaremos por entregas semanales. Se puede consultar completo aquí Héroes Sin Medalla – Diego Rodríguez

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