HÉROES SIN MEDALLA: EL PERIODISTA COMO OBJETIVO DE GUERRA

Héroes sin medalla

Diego Rodríguez Veiga


El periodismo de guerra ha sido tema de películas, libros, documentales, premios, exposiciones de fotografía y vocaciones en las aulas de las facultades de periodismo. Pero lejos de esa idea romántica del que empuña una cámara o un bolígrafo en busca de la verdad, las muertes son reales, los secuestros son reales, la escasez de medios, la precariedad; todo ello es real. Kapuscinski definió la profesión como «dura, peligrosa y a veces trágica».


 

—¿Qué quieres?

—Pensé que habíamos quedado para una entrevista…

—Digo de beber

—Ah, un café con leche

Era un martes o miércoles a las 10:30 de la mañana. Según las convenciones sociales, pedir una cerveza estaría fuera de lugar. Alberto Rojas bebió el último sorbo de su café y pidió dos más. Es corresponsal de África para el diario El Mundo. Ha ejercido como periodista de guerra, aunque ha cubierto lo que él considera «guerras de chancleta», es decir, conflictos suaves en los que no entran en juego potencias internacionales con su artillería y la procesión de sus tanques. Pero no habría que quitarle valor; aunque las bombas no estallen, los machetes sí cortan y a las mujeres las violan igual, por mucho que el violador lleve chancletas.

«Es una frustración para mí. No logro entender que la violación masiva de mujeres sea un arma de guerra de uso cotidiano. Nadie me lo ha sabido explicar y hay veces que hasta lo hacen con sus propias mujeres», dice Alberto en una esquina del café Pepe Botella de Malasaña. «Entrevisté a un violador y me contó que nunca sintió satisfacción sexual, que sólo eran órdenes explícitas». Está hablando de su último trabajo, que unos días después se colocaría en la portada de El Mundo bajo el titular «Nos han violado a todas».

«Los periodistas tenemos el deber de contar las cosas y poner luz donde hay oscuridad. Es nuestra labor. El lector luego toma conciencia del problema. Aunque creo que es muy difícil que las cosas cambien a través de una noticia, hay que aspirar a que lo hagan», dice Rojas tras reflexionar sobre el porqué de su trabajo.

Mónica García Prieto también ha cubierto conflictos, para Alberto Rojas es bastante más periodista de guerra que él. Ha cubierto durante doce años la zona de Oriente Próximo y ahora está en el sureste asiático. Era amiga de Julio Anguita Parrado, quien murió en la guerra de Irak. De hecho, ella tuvo que terminar de escribir el reportaje que había empezado Parrado el día que un mísil iraquí alcanzó el centro de mando en el que se encontraba. Ella tiene clarísima la función de su trabajo: «Hay muchas cosas que denunciar; los gobiernos no deberían salir impunes de los crímenes que cometen y sólo la prensa puede concienciar a las sociedades de lo que ocurre más allá de sus fronteras y muchas veces en su nombre. En Yemen se libra una guerra con armamento británico y español y creo que si la gente lo supiera y exigiera cuentas, eso no ocurriría», dice García Prieto.

El periodismo de guerra está viviendo una época convulsa. Ya quedaron lejos las épocas doradas de Kapuscinski, de Capa, de Hemingway. Incluso, también quedaron lejos aquellos inicios de gente como Arturo Pérez-Reverte o Gervasio Sánchez. Los ataques deliberados contra la prensa y los propios gobiernos que ponen zancadillas al trabajo de sus periodistas han puesto al periodismo de guerra en una situación que se ha visto agravada por la crisis de modelo que ha supuesto internet y que ha provocado despidos y precariedad, amenazando con derribar una profesión que hasta ahora había aguantado las balas, las bombas y el paso del tiempo.

Portada- Fran Antón-web
Foto: Fran Antón

EL PERIODISTA COMO OBJETIVO DE GUERRA

Uno, dos, tres; se pierde la cuenta, se vuelve a empezar. Uno, dos, tres… cincuenta y dos… setenta; se pierde la cuenta, cada número es una muerte, se vuelve a empezar. Uno, dos, tres… cuarenta y cinco, ochenta, cien… ciento veintidós. 122 periodistas murieron en Irak en tres años de conflicto; un porcentaje de bajas mayor entre periodistas que entre soldados estadounidenses. Hay que recordar que el derecho internacional establece que un periodista, aun en zona de combate, es un civil, por lo que cualquier ataque va en contra de los Derechos Humanos. Otra cuenta: Antonio Pampliega, Manu Brabo, Ángel Sastre, José Manuel López, Javier Espinosa; sólo algunos de los periodistas españoles secuestrados. Siguen vivos y se encuentran libres. Otra cuenta: Julio Anguita Parrado, José Couso, Miguel Gil, Julio Fuentes… éstos no siguen vivos.

El balance anual de Reporteros Sin Fronteras de 2005 declaraba que ese año había sido el más mortífero para los profesionales de los medios de comunicación desde 1995 y que en los dos años que por aquel entonces llevaba la guerra de Irak, ya habían muerto más periodistas que en veinte años de guerra de Vietnam. Si bien es verdad que la mayoría mueren por estar en el peor sitio en el peor momento, los ataques deliberados aumentan.

Javier Martín es corresponsal jefe de la agencia EFE en el norte de África. Atiende una llamada de Skype desde Túnez, en una habitación pequeña y oscura, con la ropa tendida al fondo y su hijo asomándose de vez en cuando para intentar llamar la atención de su padre. «Aquí mezclamos la oficina con la casa», dice.

Los últimos ataques más sonados hacia la prensa han sido llevados a cabo por grupos terroristas como Al Nusra, con el secuestro de los tres periodistas españoles, o el Estado Islámico, con la decapitación de James Foley. Como todo lo que hacen los terroristas, la sociedad se estanca en una explicación que consiste en atribuir cierto carácter sanguinario al que la perpetra, pero es más complejo. «Los terroristas no son locos que hacen todo indiscriminadamente, son gente formada y que entiende muy bien los contextos. Los ataques no son porque seamos occidentales sino por las políticas que está llevando a cabo Occidente», comenta.

Pero los ataques no sólo los llevan a cabo terroristas, sólo hace falta recordar la escabrosa cifra de periodistas asesinados en México a manos del narcotráfico. Martín recuerda cuando estuvo en Irak cubriendo con Javier Espinosa el saqueo de las ruinas de la antigua Babilonia y les detuvieron. «Gracias a Dios no llevábamos el pasaporte español», dice. Entonces, aprovechando que ambos sabían francés, se hicieron pasar por galos ya que Francia no participaba en esa guerra. Está seguro de que si los soldados hubieran sabido que eran españoles, o si hubieran sido británicos o estadounidenses, les habrían secuestrado.

«Para los agentes de un conflicto, los periodistas han pasado de ser el testigo de la guerra a una pieza que puede generar dinero, el cambio de una política o cosas así», comenta. «La política que está desarrollando o que ha desarrollado tu país te pone en mayor o menor riesgo», añade.

En una mesa improvisada bajo unas escaleras, como un intento de huir del ajetreo de la redacción de El Mundo, Rosa Meneses opina que «antes en las guerras se representaba a la prensa como alguien neutral. Ahora ya se nos está empezando a ver de otra forma, como si no fuéramos neutrales. Quedó patente en Irak con el caso Couso. Actualmente, por ejemplo, en Siria los periodistas no podemos cubrir la guerra porque hay una probabilidad muy alta de que te secuestren nada más cruzar la frontera y eso es un riesgo inasumible».

Meneses entró en el año 99 como becaria en El Mundo. Ha cubierto la guerra de Líbano de 2006, la revolución de Túnez y el conflicto en Libia. En este último país recibió un disparo pero salvó la vida gracias al chaleco antibalas que le había prestado un compañero. Desde entonces empezó a trabajar en materia de seguridad para periodistas y en 2014 se incorporó a la junta directiva de Reporteros Sin Fronteras. Desde ahí ha colaborado principalmente a favor de periodistas encarcelados donde hay censura o no hay libertad de expresión. «Somos objetivos no por ser occidentales, sino por ser periodistas. Por eso gobiernos como el sirio, el ruso o el estadounidense han atentado contra la prensa. Por ejemplo el Gobierno israelí en la pasada guerra en Gaza bombardeó varios centros de prensa. Somos testigos incómodos porque vamos a contar lo que ocurre; y es lo que no quieren».

 


Este texto es parte del reportaje «Héroes sin Medalla» de Diego Rodríguez Veiga, que publicaremos por entregas semanales. Se puede consultar completo aquí Héroes Sin Medalla – Diego Rodríguez

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