GRAN COALICIÓN Y OTRAS ENFERMEDADES

Gran coalición y otras enfermedades

Fernando Ángel Moreno


Es muy conocido el problema de Mariano Rajoy con las manos. De hecho, lo que en otras personas podría resultar raro se ha convertido ya en algo tan habitual que apenas se menciona más que a los jóvenes que se incorporan por primera vez a su equipo.

Lo que quizás no llega al público es el porqué de esta reticencia a estrechar la mano de otra persona. Si uno se parara a pensar que tampoco da besos a las mujeres ni a los niños, y no lo tomara por una exquisita muestra de elegante distancia, no tardaría en llegar al descubrimiento de su irracional temor al contagio.

Efectivamente, Mariano Rajoy sufre tapinofobia o miedo a ser contagiado.



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Se trata de un síndrome bastante más común de lo que parece y que ha de despertar todo el respeto y la compasión por nuestra parte. Incluso debe admirarse la entereza del señor presidente al tratar con dirigentes políticos de otros países o con altos cargos de instituciones al realizar un esfuerzo ―sobrehumano― por estrechar sus manos. Por sorprendente que parezca, disfruta de cierta tolerancia con presidentes de grandes compañías, especialmente eléctricas, sin duda debido a su frecuente coincidencia en lugares públicos y privados. Quizás a causa de ello los considera menos portadores de bacterias y virus extraños.

Así, no extraña que, tras una larga negociación con contrincantes políticos a los que deba estrechar su mano, saque de un bolsillo su ya tradicional frasquito de gel con el cual lava enérgica, compulsivamente sus manos.

Quizás ahora se entiendan sus numerosas ruedas de prensa a través de televisores de plasma que, más allá de la maliciosa explicación de dudar de sus propias convicciones y cualidades oratorias, deben justificarse con su pavor a sentirse encerrado con tantos micrófonos sobre quién sabe qué alientos se han derramado.

En fin, hemos recurrido a esta larga introducción para, si no justificar, al menos entender el giro contra el PSOE que se dio semanas después de las elecciones generales de diciembre de 2015.

Dudamos de que nadie en el entorno político profesional ―miembros de los partidos y los sindicatos, periodistas, guardaespaldas, ordenanzas, banqueros, mayordomos, adivinos y corredores de apuestas― desconociera el pacto de gobierno entre el PP y el PSOE, trabajado desde que las encuestas sobre intención de voto empezaron a dejar escaso margen de dudas. Lo que pocos llegaron a saber fueron los motivos por los que, de la noche a la mañana, este pacto se rompió y nos llevó a la imposibilidad de gobierno que vivimos hoy.

Nuestro equipo de investigación ha recogido los datos necesarios para reconstruir los hechos que llevaron a la actual situación. Debemos agradecer en este sentido su información a muchas personas, pero especialmente a una asesora del gabinete de Rajoy que consideró imprescindible sacar a la luz este capítulo decisivo de nuestra historia reciente. Juego de manos lo expone hoy como primicia.

Ya surgieron temores cuando el señor presidente se negó a participar en el debate con Pablo Iglesias, Albert Rivera y Pedro Sánchez. Tres estrechones de manos de adversarios políticos ―sin contar posibles colaboradores que se acercaran en un inadmisible acto de educación― suponían un trance demasiado sobrecogedor.

Esto explotó en el debate con Sánchez, cuando en una sucia (especialmente sucia a ojos de Rajoy) jugada éste rozó sobre la mesa los dedos de su contrincante con una tierna caricia. La respuesta fue presenciada por toda España: «indecente», «ruin», «miserable»… Dudamos de que siquiera el equipo del PSOE que había diseñado la estrategia dejara de sentir cierta compasión por aquel hombre roto, herido en su más honda psique.

La cosa se calmó tras las elecciones gracias al esfuerzo combinado de un equipo de psicólogos y asesores de imagen. La maquinaria se puso en marcha. Los negociadores hicieron su trabajo, la prensa lanzó globos sonda, se antepusieron los intereses de Estado sobre los traumas de infancia. Así, pocas semanas después se concertaba una cita en un discreto restaurante japonés del centro de Madrid, donde cierta distancia oriental evitaría familiaridades innecesarias.

Tras una cena distendida ―e incluso en algún momento diríamos que jocosa― se sacaron de los maletines los papeles, las plumas y las buenas intenciones.

La tragedia llegó cuando, antes de proceder a la firma, el líder del PSOE sufrió un ligero ataque de nervios. Imaginándose superior al conservador, le costaba superar los insultos previos de aquel hombre acomplejado y sometido a terribles miedos internos. Por si fuera poco, la inevitable tensión a la que le sometían los fantasmas de sus padres políticos ante aquel pacto ―pues le acosaban durante noches de pesadillas culpables y gritos angustiosos― hizo que le temblara la voz y, peor aún, que le sudaran las manos. Tan exagerada fue la reacción que incluso una gota cayó sobre un nigiri de maguro que había sobrevivido a la agradable cena.

En aquel histórico momento, todos contemplaron aquella desagradable gota que resbalaba sobre el arroz y que desembocaba en unos restos ya marrones de jengibre que descansaban moribundos a un lado del plato. Todos en el reservado entendieron cada matiz de la situación, incluido el camarero y, por una vez en su vida profesional, el propio Carlos Floriano. Todos excepto Pedro Sánchez, quien extendió su mano empapada en sudor a Mariano Rajoy con todo el peso de las décadas de historia socialista a sus espaldas.

Durante unos interminables quince segundos, el atractivo prócer se quedó con la mano extendida ante el señor presidente, quien no podía apartar los ojos del pequeño dibujo de una geisha servidora de té que había más allá de su mesa, de los dirigentes del PSOE y de, podríamos decir, todo lo humano.

Los quince segundos se convirtieron en diecisiete, dieciocho. Sin cambio alguno.

Por fin, casi con alivio para todos los presentes, Mariano Rajoy bajó su mirada a sus zapatos hechos a mano y con un susurro de «No puedo, no puedo, no puedo, es que no puedo» giró sobre sí mismo y sin volver la vista atrás se metió en el lavabo de caballeros. Tras otros quince segundos y tras darse cuenta de su error volvió de allí y se dirigió a la salida, acompañado de sus guardaespaldas y de una mirada satisfecha de su ministro del Interior, el único realmente feliz por aquel final.

Ni el señor presidente ni Pedro Sánchez, dolorosamente agraviado por quien había estrechado la mano de dictadores e incluso de presidentes de grandes corporaciones, pero no la suya, volvieron a ponerse en contacto ni a plantearse un gobierno en común. Los altos cargos de ambos partidos expusieron numerosos informes, cartas, datos, votaciones, artículos, iniciativas que les demostraban que económicamente estaban muy cerca las dos visiones de España. Pero todo fue inútil.

Pedro Sánchez ―ofendido― y Mariano Rajoy ―incontagiable― no quisieron volver a oír a hablar del tema. Con el tiempo, la historia ha trascendido debido al interés de ambos partidos por demostrar que la distancia entre estas dos facciones es más humana y disculpable que ideológica.

[DISCLAIMER] Como probablemente ya te habrás dado cuenta, éste es un artículo de política ficción. Nada del contenido tiene ninguna relación con la realidad. Sin embargo, lo que nos ha motivado a realizar este ejercicio de imaginación es la sospecha de que algunas de las cosas que aquí se narran estuvieron mucho más cerca de suceder de lo que se suele creer. Si no lo contamos aquí con las herramientas que tenemos a nuestra disposición ¿quién lo contará?

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