FREE THE NIPPLE

Free The Nipple

Ese pezón del que usted me habla

Pandorita


Un lugar: Una playa indeterminada de la orografía ibérica. Un momento: julio. Presentemos la situación: Señora versus Señorita ―para establecer nominalmente la categoría edad―. Una ofendida y la otra, ofendidísima. A sus pies, arena. Ante sus ojos, el océano. La disputa viene por unos pechos morenos sin marcas de bañador.

Señora ejerce, sin haber presentado previamente su carnet, de Policía de la Moralidad haciendo que el asunto se sitúe en la zona gris de la legalidad. Así que, aunque hace sol Señorita recibe una buena tormenta de «usted», «es» y también unos cuantos «indecente», «sinvergüenza» y, por qué no, algún que otro «zorra».

Señorita asiste atónita al espectáculo porque, aunque ya sabía que sus pechos despertaban pasiones, nunca habría imaginado que ese era su target.

Imaginemos que una mano divina que nos permitiera gestionar la situación a nuestro gusto. Y lo que nos gustaría es que la señora no se parase a comentar nuestra indumentaria porque esta no le parece ofensiva o considera que no es necesario ofenderse por eso y que por supuesto, no creyera que tiene que defender al resto de co-playeros de tan maléfica visión. ¡Habrase visto! ¿Acaso esos pechos morenos no están incitando a un contumaz regodeo en la concupiscencia?

Pero seamos realistas eso no va a ser así. Siempre encontraremos la voz discordante, que será más dolorosa cuando venga de otra mujer. Y la señora a la que en este caso nos referimos no es más que un síntoma de un síndrome subyacente. Como cuando ya va llegando el veranito y una noche, de madrugada, encuentras una cucaracha esperándote en medio de la cocina. No las has visto pero sabes que hay más. No quiero decir que esta señora sea una cucaracha, aunque sí un poco gusana, pero es como esa cucaracha que decide enfrentarnos en medio de la cocina mientras que muchas otras que no se atreven a hacerse ver.

Así que, Señora y Señorita, se encuentran en la encrucijada de resolver un dilema con pocas soluciones:

  1. Que Señora decida que la playa es suficiente grande para ambas y busque un lugar donde no se sienta apuntada por unos pezones erectos.
  2. Que Señorita abandone la playa.

Y como aquí, la que escribe, es muy de Free The Nipple y Pechos Fuera, pues la segunda opción parece ser imposible. Y la primera se me queda incompleta.

Sería muy fácil lanzar un par de comentarios mordaces y entrar en el circulo vicioso de la descalificación y la falta de respeto. ¿Pero acaso así conseguiríamos algo? ¿No es acaso mejor tratar de entender por qué Señora está tan ofendida? Pues valoremos las posibles opciones:

  • Le atormenta el recuerdo de lo que fue su cuerpo y la certidumbre de lo que ahora indefectiblemente es.
  • Es una manera de expresar el deseo de lo que querría hacer pero que no puede realizar, ya que su educación judeocristiana la ha enseñado a que todo lo relacionado con el cuerpo es malo, y mucho más si es el femenino.
  • Que considere los pechos como un mero objeto sexual, o que a ella le exciten. Y volviendo de nuevo a sus férreos convencimientos, el erotismo es malo y la mujer que trata de erotizar (aunque este no sea el caso en absoluto) es una mala mujer, una mujer pérdida.

Parece que lo que subyace en la base es un problema de educación. De exceso de educación, en concreto. Exceso de ocultismo, de criminalización del cuerpo y de sometimiento de la mujer. Un exceso de educación que ha generado que existan esas Policías de la Moralidad que, con métodos poco morales y mucho menos tolerantes, defienden a capa y espada lo que a ellas las somete. Igual que el obrero defiende la multinacional que le explota.

Nos hacen faltan más maleducadas que rompan con el estigma al que han sometido nuestros cuerpos y no tengan miedo de enseñarlo, reivindicarlo y defenderlo. Y en caso de que el ataque venga de otra mujer, hacer pedagogía. Explicar que no es peor enseñar un pecho que el ombligo, un codo o la nuca (con lo terriblemente eróticas que son las nucas).  Que la sexualidad no tiene que ser algo oculto sino algo disfrutable y compartible. Y que el cuerpo, por el mero hecho de estar desnudo o poco vestido, no está incitando al sexo.

La mejor solución al conflicto presentado sería una en la que van apareciendo más Señoras y Señoritas, todas ellas muy bien maleducadas, con el pecho descubierto o con el pecho tapado (según como les haya apetecido a ellas) a dialogar con Señora y acabar con la acritud de la discusión para convertirla en la alegría de la complicidad entre mujeres que se defienden.

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