FOTOGRAFÍA PARA TIEMPOS DIFÍCILES

Fotografía para tiempos difíciles

Pablo Rada


¿Y cuándo no son tiempos difíciles? Supongo que no deben existir pero indudablemente hay algunos peores que otros y lo que podríamos llamar normalidad o cotidianidad tiene siempre un envés de brutalidad y barbarie, hasta cierto punto también cotidiana.


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images (9)A la mayoría de personas nos gustaría encontrarnos alejados lo más posible del dolor, de la miseria y de la tristeza pero, ¿y si nuestro trabajo fuese precisamente retratar esas realidades de la mejor manera, es decir, de la peor? Si tuviéramos que fotografiar pobreza, sordidez y crimen, ¿podríamos alcanzar un equilibrio entre la distancia, el arte, el momento?

Si hubiera nacido en otro lado o si sus condiciones hubieran sido diferentes, quizás Ascher (Arthur) Fellig hubiera sido solamente otro emigrante del antiguo Imperio ruso que llegó a principios del siglo XX a Nueva York para criarse entre edificios de raídas escaleras de incendio, obreros fabriles y palabras en yiddish con un acento inglés en aumento. Pero Weegee, pues por este apodo fue conocido, tenía una especie de don o de maldición, si bien se mira: la de llegar siempre antes o la de estar siempre allí. Aunque puede que no se pueda calificar de sobrenatural su omnipresencia si tenemos en cuenta que en su coche, que le servía además de estudio fotográfico, tenía una radio de onda corta con la frecuencia de la policía. Este detallito le permitía llegar el primero a escenarios de crímenes, incendios y desastres varios antes que los demás fotógrafos a sueldo de la prensa (Weegee trabajaba por su cuenta) y además le procuró su mote, que en último término hace referencia a la ouija de la que sus competidores en el buitreo de muertos y sucesos pensaban que se servía.

imagesPero sus imágenes van más allá de la captación de los momentos posteriores a los de un desastre de diversas proporciones. A su manera, terriblemente brutal e inmediata, son el alma de una ciudad, de la parte siempre marginada de la ciudad y la ausencia de contexto con las que las contemplamos ahora (con las breves menciones anotadas del estilo de: Asesinato con pistola o Autobús en el Hudson). Son imágenes que trascienden la finalidad primigenia con las que se tomaron para hablarnos muy cruda y directamente de la soledad, del ansia, del anonimato absurdo de la violencia, su involuntario sarcasmo, de la indefensión y en muy contadas ocasiones de la felicidad de los otros, de la gente que en principio no tendría mucha ocasión ni motivos para la alegría. Y es, para mi gusto, en estas últimas donde se diferencia de otros fotógrafos de sucesos.
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images (8)Weegee es un voyeur, uno especialmente capaz en su filia, y su objeto de deseo es la ciudad como ser vivo grotesco y bello. Así, las fotografías que hizo de Nueva York en los años treinta y cuarenta nos hablan de todas las ciudades del mundo en cualquier época: cuerpos calientes, la opresión de la pobreza liberada en súbitos y bestiales momentos de violencia, sexo, felicidad y priva, entre otras muchas cosas. Una parada inacabable de monstruos violenta y sencillamente humana en la que no nos es demasiado complicado reconocer realidades actuales y a veces, incluso, a gente que se nos parece mucho.

descargaY el más vivo, el más portentoso y terrible de todos estos entes, no es otro que la ciudad entendida como un cuerpo y un alma conjuntos e independientes entre sí, que nos muestra en un momento de especial desvergüenza y ante uno de sus confidentes, ante un cortesano al que le ha llevado años el conocerla hasta la intimidad, toda su anatomía.

Pero en el transcurso por esa anatomía de humo y neón no se nos muestran las partes amables, las rectoras, ni lo estados normativos de esa naturaleza viva. Al contrario. Lo que se nos enseña con morboso interés y parsimonia son los recovecos y los fluidos gracias a los cuales vive, respira, come y excreta.


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Es la sinfonía de las partes funcionales, de los engranajes apestados y marginados por su carácter de pieza en principio sustituible lo que vemos. Es la axila, el flujo y la erección de una ciudad personificada muy alejada de aquella ciudad de dios que imaginó Platón o Agustín. Porque si allí veíamos la cabeza, las manos o los ojos, aquí los únicos ojos que vemos están enrojecidos por el trabajo explotador y el alcohol, usado como loto que permita olvidar el hastío diario pagando, eso sí, el precio de la bronca y el estallido de violencia. Las cabezas que admiramos en esta ocasión se apoyan en aceras después de una hostia y las manos se dedican a magrear cuerpos cansados y tristes que reviven en ese instante en la semioscuridad de un cine mientras viajantes de comercio y empleados miran alternativamente la película y, de refilón, la pasión fugaz de los oprimidos.

09weeg.slide1Porque, si decíamos antes que la ciudad es alma y mente, sobre esto sobresale su fisicidad; primordialmente cuerpo, anus mundi querido y familiar al que no podemos ni queremos dejar de asomarnos, siempre un poco más y un poco más cercanos.

En esta colmena palpitante como sexos hinchados por la sangre, los habitantes, las células anónimas y aparentemente contingentes adquieren su carácter necesario para dar sentido a un momento irrelevante —uno de tantos—: un asesinato, una borrachera, un polvo universalmente reconocibles en el trajín de la modernidad. Y sobre todo este baile, pegado y pegajoso, simages (3)obre el cieno feliz o enfadado —y la mayoría de las veces, ambas cosas a la vez— reina soberana una música, el absurdo congelado y servido para nuestro disfrute culpable en miles de variaciones de una misma pieza: la cara de sorpresa de un muerto, un niño perdido en una playa, parejas improbables de una noche o de todas y bares repletos de vapores, bocas de metro; era (es) la vida.

Y en el devenir de la misma, la autoafirmación gracias a unas manos, perversas y burlonas, de esta corte de los milagros que somos. Fotografía para tiempos difíciles, sí, y los tiempos siempre lo son, al menos los nuestros.


 

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