ESTA MIERDA YA LA HE VIVIDO

Déjà-vu – Esta mierda ya la he vivido


Septiembre. El Fernando VII de los meses, el amigo que siempre se come la última patata brava, el chaval que se sube al metro con la música a toda hostia. Es decir, aquello que el ideario colectivo odia por naturaleza encarnada en forma de mes.

Si septiembre tuviera que ser una comida, sería un gazpacho bien cargado de ajo que se repita hasta la saciedad. Se trata, además, de un mes que tiende a imaginarse de dos formas contrapuestas.

Por un lado, como inicio de curso (académico, laboral, personal) y por tanto como oportunidad para superar retos, plantearse objetivos nuevos, propósitos que esta vez sí se lograrán cumplir ―¡lucha por tus sueños muchacho!―.

Por otro, como inicio del curso (académico, laboral, personal) y por tanto como comienzo de nuevo de una rutina gris, de un trabajo aburrido, invasivo o de su búsqueda desesperada, de madrugones y la desaparición del ocio, del buen dormir y de la tranquilidad.

Como un ente sádico y malvado, se ríe de nosotros acortándonos las horas de luz paulatinamente, y quitándonos la oportunidad de hacer lo que más nos gusta a los españoles: gastar el tiempo y el dinero en las terrazas de los bares.

Más de una cambiaría con gusto su depresión post-vacacional por tres días de vacaciones tomando el sol clavado en una cruz ―resurrección incluida―.

No se trata de elegir bando, ni responde a una división del mundo entre optimistas y pesimistas. Lo que nos preocupa no es tanto lo que vendrá sino lo que está pasando hasta que pasa. Y cuando pasa, lo que pasa, claro.

Y lo que pasa es que esa aparente tensión ya la hemos vivido, y nos aburre profundamente. Al final septiembre es el que te toca, como la familia, el colegio o el equipo de fútbol. Y no depende en absoluto de la iniciativa o de la aversión con la que se contemple desde los estertores de las vacaciones de verano, con suerte desde un lugar lejano ―sin suerte desde la cama de un piso de ciudad en la que se derriten bajo el calor los corazones entrelazados de una persona y un osito de peluche―.

Porque septiembre no es el inicio ni el reinicio de nada. Como decíamos ayer, las vacaciones no son ruptura y sólo hay verano si este tiende a infinito. Septiembre está hecho del mismo fluido del que están hechos el resto de los meses y que tiene más que ver con lo que te aburres en el trabajo cada día que con lo bien que te lo has pasado en vacaciones.

Nos posicionamos así con firmeza en este mes sangriento: esa depre post-vacacional es calcada a la del año pasado y a la de hace setenta, y lleva machacando orejas y hombros en los que llorar desde tiempos inmemoriales. Por el contrario, la lista de propósitos que este año sí que sí, estaría bien ubicarla con imanes en la parte alta de la nevera y acto seguido introducir el enchufe en las fosas nasales. No ocurriría nada. La escena ―y, por ende, la lista de propósitos― sería tan banal que no proporcionaría ni una tímida descarga eléctrica, ni un mísero chispazo de emoción.

Septiembre se nos antoja demasiado parecido a todos los septiembres, y a su vez a los trece meses del calendario ―doce más las horas que te pasas mirando Facebook, que podrían tranquilamente adoptar un nombre y cobrar entidad de mes―. Por ello aprovechamos este número para hablar de aquello que parece novedoso pero que siempre estuvo allí, de aquello que cuando pasa, transmite la seguridad de que ya ha pasado antes.

En este monográfico de bolsillo…

En política cogemos al facebook por los cuernos y nos detenemos en la solidaridad viral que nos sacude con cada tragedia desde Desgracia Collage. Con Carlos Rodríguez pasamos revista a una trayectoria de compromiso que se repite y cuya banalidad retuerce conciencias en Volver a la calle o empezar una serie.

No sé si sabes que se te esta pasando el arroz y que deberías tener tu vida encauzada antes de los 30. Pero si no lo sabes y no te han dado el coñazo este verano pues nada, creced y multiplicaos (pero no me lo contéis). Y es que hay conversaciones que vuelven más que un herpes (tipo II) y que te dejan pensado “Joder, esta mierda siempre vuelve“. Pero lo peor que puede volver a tu vida es uno de tus ex, así que pregúntate que tipo de ex eres tu para allanar el camino. Y no tenemos más que contaros en Yoya.

En cultura tenemos cosas que vuelven mucho o que te ayudan a que esas cosas que regresan no te duelan tanto. Sara Sánchez-Molina nos recomienda una serie de libros para que no nos tiremos a las vías del metro o leerlos en él. Carlos Rodríguez nos trae una reseña fresquita sobre alcohol, desesperación e imposibilidad de redención, ¿podría algo ser más septiembre? Finalmente Pablo Rada nos habla de adaptaciones de cine que se pegan como un chicle de menta en una tapicería usada. Disfrútenlo.

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