ESPAÑOLES, LA NACIÓN HA MUERTO

Españoles, la nación ha muerto

Héctor Meleiro


Es ya un lugar común la idea de que en el mundo contemporáneo las identidades nacionales ya no ocupan la centralidad que ocuparon en su día. Que son los individuos y no las naciones quienes determinan el espíritu de nuestro tiempo. Que el sistema de Estados-nación está muriendo y una serie de estructuras supranacionales están ocupando su lugar. Algunos optimistas incluso opinan que las identificaciones particularistas están dejando paso a una ciudadanía global y que esto es síntoma de avance civilizatorio. La nación ha muerto sería el resumen.

El nacionalismo vehemente

Entre los estudiosos se ha tendido a identificar al nacionalismo con esos movimientos políticos que, basados en unas creencias ideológicas concretas (que la humanidad está dividida en naciones y que estas naciones tienen derecho a dotarse de aparatos de Estado, por ejemplo), tienen como objetivo reorganizar el sistema de Estados-nación. El nacionalismo se asocia con una política vehemente de protesta, cuya existencia está vinculada exclusivamente a momentos excepcionales como el de la fundación de las naciones. En el contexto de las democracias contemporáneas, el nacionalismo se contrapone a una cierta política «normal» o de la «normalidad», es en cierta manera un anacronismo. En la actualidad sólo cabe avanzar en uniones cada vez mayores, las tendencias centrífugas no son legítimas, y se podrían considerar antidemocráticas. Se llega a diferenciar torticeramente entre el sano patriotismo de carácter civil del nacionalismo etnicista que no tiene cabida.

De esta manera, se acusa de nacionalista a aquellos que pretenden constituirse en nación soberana en un tiempo en el que se supone que todas las naciones se han dotado de sus respectivos aparatos de Estado. Como si hubiesen llegado tarde al reparto: «El momento para solicitar la construcción de un Estado se ha pasado, lo siento, vuelva usted mañana». A estos nacionalistas se les considera un anacronismo histórico que va en contra del sino de los tiempos.

El problema de esta reducción del nacionalismo es que no atiende a las formas mediante las cuales los Estados-nación existentes reproducen su carácter nacional. Se limita el concepto de nacionalismo o bien al momento fundante de las actuales naciones, o bien a los movimientos separatistas que operan en la actualidad. Los académicos han estado más preocupados en estudiar cómo  surgieron las comunidades nacionales que en la manera en la que se mantienen una vez creadas.

Según el académico británico Michael Billig, deberíamos entender el nacionalismo como el conjunto de creencias, prácticas y rutinas que reproducen el mundo de los Estados-nación. Este autor se centra en los modos según los cuales la identidad nacional se reproduce en el contexto de la cotidianidad de un país en el que las expresiones más vehementes del nacionalismo han desaparecido de la vida pública. La idea psicologicista de que los individuos tienen la necesidad de pertenecer a un grupo no puede explicar por sí sola la fuerte raigambre de las identidades nacionales en nuestro tiempo.

Viñeta de Aleix Saló. aleixsalo.wordpress.com
Viñeta de Aleix Saló. aleixsalo.wordpress.com

Si la nación es un plebiscito cotidiano, como planteaba Ernest Renan, si la nación no es más que una voluntad colectiva, el reconocimiento de ser un grupo y la voluntad de continuar siéndolo: ¿cuáles son los mecanismos mediante los cuales se renueva la adhesión de los individuos a la nación?, ¿cuál es la forma mediante la cual un español sigue sintiéndose parte de la nación sin necesidad de levantarse todos los días reafirmándose de manera explícita en su condición? Son este tipo de preguntas las que se hace Michael Billig para construir su concepto de nacionalismo banal.

No se trataría tanto de una psicología activa que nos hace decidir diariamente la nación a la que pertenecemos. Claro está, no hay un plebiscito cotidiano en el sentido literal. Para este autor se trata más de una psicología de la rutina, de un habitus que reproduce banalmente la comunidad imaginada de la nación. Pero no por ser menos intensa o menos explícita esa expresión de pertenencia significa que tenga menos fuerza para definir los marcos cognitivos con los que la gente piensa y se comporta políticamente.

Según algunas teorías de la identidad social, la identidad es una estructura cognitiva latente almacenada por el individuo que se activa en determinadas situaciones. Como si se tratara de un interruptor que enciende o apaga diferentes aspectos del yo, el individuo activa su sentido de la pertenencia en función del contexto en el que se encuentre. Puede ser la sensación de fraternidad de quien se encuentra en el extranjero con un compatriota o un abrazo con un desconocido en un bar mientras ves un partido de la selección. Hace poco vimos cómo en París, en un momento de desborde emocional como un atentado terrorista, los asistentes a un partido de fútbol empiezan a entonar La Marsellesa mientras desalojan un estadio de fútbol. No quiero entrar en las implicaciones simbólicas que implica el himno francés en la coyuntura política actual, sino llamar la atención sobre esa dimensión de la identidad como un dispositivo que permanece latente en momentos de «normalidad» y que puede expresarse en determinados momentos, pero que necesita de prácticas, rutinas, o rituales que la reproduzcan.

Es cierto que la identidad es algo más que un dispositivo interno que se enciende o se apaga, pero el ejemplo mencionado nos habla de la identidad también como un sustrato psicológico que no se exterioriza en momentos de normalidad, pero que requiere de mecanismos inconscientes que lo mantengan vivo y fértil. A uno le puede gustar más o menos el fútbol, sentir más o menos los colores de su bandera, pero cuando juega su selección nacional sabe perfectamente que le están interpelando a él como parte del grupo, sabe que es su selección y no otra la que juega, se hace imposible no sentirse parte de la comunidad.

No podemos subestimar este nacionalismo de lo «normal», porque es sobre este sustrato sobre el que se articula la lógica de la política en la época contemporánea.

El nacionalismo de lo «normal»

Este nacionalismo de lo normal pasa desapercibido pero uno lo puede encontrar según enciende la televisión o coge el periódico. Benedict Anderson definió la nación como una comunidad imaginada. Para este autor, la nación pudo surgir a través de artefactos culturales como el periódico, que permitía transmitir una sensación de comunión con el resto de compatriotas gracias al acto diario y simultáneo de leer un mismo papel y compartir una misma esfera informativa.

Es entre los elementos más banales y normalizados de una sociedad donde se encuentran aquellos mecanismos que mejor reproducen cotidianamente la pertenencia a una comunidad nacional.

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«Mapa del Tiempo en el territorio de Euskal Herria» Eitb.com

Podemos recordar la polémica que surgió cuando el unionismo consiguió investir un lendakari en el País Vasco. Una de las primeras decisiones que se tomó en la televisión pública autonómica fue cambiar el territorio para el que se daban las previsiones meteorológicas. La sección de El Tiempo es de lo más banal y menos político que uno puede encontrar en un informativo. Hasta entonces la ETB daba partes meteorológicos de Euskadi, Navarra y el País Vasco francés. Este hecho, que se había convertido en cotidiano en el País Vasco, buscaba naturalizar una territorialidad concreta vinculada a la nación vasca: Euskal Herria. En un contexto «normal», la definición de las fronteras de la nación no suele recordarse mediante la publicación de manifiestos o proclamaciones desde balcones. Se recuerda diariamente a través de dispositivos normalizadores como los libros de texto o las secciones nacional e internacional de los periódicos. La normalización de los símbolos nacionales depende de la capacidad de hacer pasar por natural las cosas que en el fondo son artificios.

Podríamos pensar también en la gastronomía. En Asesinato en el comité central Pepe Carvalho sugiere que España es sobre todo una «confederación de denominaciones de origen». Imposible que entre los libros que quema regularmente Carvalho en su chimenea se encuentre el de Michael Billig —porque se escribió posteriormente— pero es sin duda una reflexión lúcida. La gastronomía, elemento banal y apolítico donde los haya, también construye la diferencia: ¿tortilla española o tortilla francesa?, ¿butifarra catalana o cocido madrileño?

En España las expresiones nacionalistas tienden a ser más vehementes que banales porque la cuestión nacional ha estado históricamente problematizada, como si siguiese irresuelta. Pero en los Estados Unidos, donde la identidad nacional no está en discusión, el hecho de que los niños empiecen sus clases cantando el himno nacional es un hecho tan banal y tan poco místico que pocos estudiosos han centrado su atención en ello. Son ese tipo de importantes banalidades sobre las que quiere advertir Michael Billig.

Por mucho que vivamos en un tiempo posmoderno en el que lo líquido marca el ritmo, las identidades nacionales siguen teniendo un rol central si las comparamos con otro tipo de identidades. Lo queramos o no el mundo que vivimos es todavía un mundo de naciones.

La nación no estaba muerta, estaba de parranda.

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«Pledge of Allegiance, Raphael Weill Elementary School, San Francisco», Dorothea Lange (Wikimedia)

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