ESPAGUETIS A LA MARINERA

Espaguetis a la marinera

Antonio Díaz Pérez


Samuele sorbe sus espaguetis a la marinera con estruendosa vehemencia, aspirando su propia saliva mezclada con el trigo, la salsa de tomate y los jugos del pescado. Sorbo tras sorbo, como el pulso de un metrónomo, este niño de doce años desgarra el silencio de la cocina en la que cena en compañía de su abuela y de su padre sin que ninguno de los dos haga nada por remediarlo. La escena pertenece a Fuego en el mar (2016), un documental que ilustra la cotidianidad de la población de la isla de Lampedusa, alterada por la crisis humanitaria que la marea arrastra día tras día hacia sus costas. El director Gianfranco Rosi nos obliga a asistir a este enervante retablo familiar durante unos minutos que se hacen eternos, y lo hace para poner en evidencia la exageración: no es un arrebato costumbrista, sino una espontaneidad construida. Una mentira que parece de verdad.

A lo largo de su filmografía, este cineasta italiano ha perfeccionado una dramaturgia propia que aúna la contemplación silenciosa de la realidad y la intervención sutil sobre los acontecimientos en favor de la construcción de un discurso. De esta forma, en Fuego en el mar se adentra cámara en mano en una embarcación a la deriva auxiliada por una brigada de salvamento marítimo o escucha al médico local explicar qué significa acoger y curar a los migrantes (pero sobre todo qué efecto produce constatar la defunción de decenas de personas cada semana). En paralelo, Rosi ha pensado, escrito y puesto en escena el arco narrativo de Samuele como si fuera el protagonista de una novela de formación. Este chaval logorreico, hipocondríaco e hiperactivo se enfrenta a la naturaleza, al entorno y a la sociedad desafiando los límites de sus propias capacidades. De todo ello extrae, además, una lección que parece difícil enunciar con palabras: mancharse de una visión del mundo ajena no se puede resumir en un par de frases, es una tarea física y sucia, como atacar un plato de espaguetis.

En Nanook, el esquimal (1922), una de las obras fundacionales del género documental, el pionero Robert Flaherty también se sirvió de la puesta en escena para reconstruir frente a su cámara las costumbres de los inuit antes de que estos pueblos se mezclaran —muy a su pesar— con el hombre blanco. Pero en el caso del director italiano la ficción cumple una función simbólica que mantiene al espectador activo, sensorial e intelectualmente. De alguna forma, lo que pretende es restituir al documental la profundidad ensayística que ha perdido, diluido en un formato en el que se recurre perezosamente a la misma fórmula: un relato triturado en papilla que el narrador de turno —generalmente un hombre— acerca a la boca del espectador con la cucharilla para que no tenga que molestarse en masticar.

Esa capacidad de convertir el aprendizaje en un acto pasivo le ha proporcionado al género un curioso prestigio como dispensador de conocimientos complejos —la teoría de cuerdas—, de certificados de compromiso social y político —ser parte de la solución después de haber visto el documental del cambio climático de DiCaprio— y ha socavado el dique de resistencia crítica —los lemmings en un momento dado se tiran por un barranco en masa—. Eso es lo que se propuso demostrar el documentalista francotunecino William Karel con Operación Luna (2002). Mezcló en una coctelera una galería de villanos que harían palidecer a los miembros de SPECTRE —Richard Nixon, la siniestra CIA, un científico nazi a los mandos de la NASA y Stanley Kubrick— para asegurar que la Casa Blanca obligó a Hollywood a rodar la pantomima del alunizaje y, a pesar de estrenarlo un 1 de abril (día del Pescado de abril, el equivalente francés al Día de los Santos Inocentes), fueron tantos los que se lo creyeron a pie juntillas.

Un lugar que no es la luna

Operación Luna es la demostración práctica de la falacia ad verecundiam: una producción del prestigioso canal francés Arte que contaba con los testimonios de autoridades en la materia como Henry Kissinger, Donald Rumsfeld y Buzz Aldrin —que en realidad hablaban de otros asuntos y sus testimonios se usaron fuera de contexto—. Con ellos, Karel envolvía el anzuelo, escondido en esta frase: «Setecientos técnicos invadieron Cabo Cañaveral. Fue increíble, como la construcción de las pirámides, pero más grande, mejor, más bonito. Y nos hicieron una promesa: “Si hacéis esto bien, muy pronto en las elecciones uno de vosotros será presidente”. Y allí estaba Ronnie Reagan. Cuando Reagan fue presidente de EEUU, nos dieron carta blanca». Esta supuesta confesión del complot la pronuncia un señor presuntamente llamado Jack Torrance, como el protagonista de El resplandor. En el año 2013 el propio Karel aseguraba en un debate que aún hoy seguía recibiendo e-mails de agradecimiento por haber «expuesto la verdad».

Lamentablemente, esta gamberrada de autor ha caído en saco roto. Basta googlear «Operación Luna» para encontrar el documental incrustado en sitios que defienden la teoría de la conspiración, algunos de ellos de forma tan rocambolesca que empujarían al escolástico Guillermo de Ockham a apuñalarse con su propia navaja: el hecho de que la CIA se haya preocupado de financiar un documental para bromear con la conspiración es la prueba irrefutable de que la conspiración existe. El negacionismo del alunizaje es el paradigma de la conspiranoia global, la conjura fundacional de la era de la información. Y a pesar de que la llegada del hombre a la Luna se ha demostrado en innumerables ocasiones, su veracidad sigue siendo contestada. En la red se han multiplicado de manera malthusiana las teorías confabuladoras: del 11-S a los chemtrails, de los extraterrestres que levantaron las pirámides a los illuminati, de la mafia farmacéutica y sus pérfidas vacunas a los beneficios de la homeopatía.

Internet ha sido el caldo de cultivo de los fenómenos como la «posverdad» y los «hechos alternativos» mucho antes de que Donald Trump apareciera en escena, que es la culminación de un proceso de demolición de una negligente fantasía socialmente construida: que la información tiene que ser objetiva. La subjetividad, cuando es interesada y visceral es propaganda, pero cuando es honrada y sincera, fomenta la discusión. Y es algo que parecen haber comprendido mucho mejor los autores de ficción que los documentalistas.  Por eso los espaguetis de Rosi son tan revolucionarios. Y quizá por eso el italiano es el primer documentalista que ha conquistado dos de los principales premios del circuito cinematográfico internacional: el León de Oro de Venecia, por Sacro GRA (2013); y el Oso de Oro de Berlín, por Fuego en el mar (2016).

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