ESOS ASQUEROSOS LEONES

Esos asquerosos leones

Rod


Estoy en una sala oscura con mi madre y decenas de niños y niñas con sus correspondientes progenitores, todo está enmoquetado en este palacio del Dolby Surround en el que nos aguardan 88 minutos de horror casi indescriptible (aunque lo vamos a intentar), todo acompañado por la banda sonora fruto de la mente de algún torturador de la CIA o de un Chicago Boy (vamos lo mismo), porque es su música y no Carmina Burana lo que suena al entrar al infierno.

Si todavía no sabéis de qué hablo deberíais hacéroslo ver. Se trata de uno de los mayores ascos que he tenido la ocasión de ver en la pantalla de un cine y por la que siento un odio atroz, enconado, inmenso que hasta ahora, —gracias de nuevo, Juego de Manos—, sólo había podido expresar en petit comité y sin levantar mucho la voz: sí, amigas y amigos, se trata del Rey León, el puto Rey León.

Si lo terrible fuera sólo la música, este artículo nunca se habría escrito (o quizás sí porque vaya tela), pero ya que nuestro flamante monográfico sobre el odio me da la oportunidad de sacar toda la hiel acumulada desde aquella tarde lluviosa de 1999 (tuvo que ser lluviosa porque así lo exige el drama), allá vamos.

Todo está mal, para empezar, tenemos a esa familia real, una mezcla nauseabunda de los sueños húmedos de la clase media y las páginas de un hipotético ¡Hola! de la sabana. Viven ricos y perfectos en una burbuja de bienestar, en lo alto de una cadena trófica y de una montaña desde las que miran con displicencia sus dominios. Está claro que la democracia o sus sucedáneos no tienen mucho que hacer entre los animales, tampoco entre los grandes felinos, pero de ahí a glorificar esta tiranía, esta distopía creada por los sucesores de Walt el del congelador, hay un paso o unos cuantos.

Ya, ya sé lo que me vais a decir: el enésimo artículo de un tipo enfadado porque el Rey León no deja de ser una fábula imperialista. Los buenos son más blancos, Scar, el malo, tiene rasgos árabes, las hienas, las secuaces del supuesto villano, son mujeres y todo peca del clásico maniqueísmo bien absoluto-mal absoluto marca de la casa de Hollywood. Pero no es eso, o al menos no es sólo eso. Lo que más me molesta es toda esa propaganda justificativa de los propios leones, de la familia reinante. Porque, a ver, Scar y las hienas saben muy bien para qué quieren el poder: quieren el poder total para hacer su voluntad, vivir a su antojo y cometer todos los desmanes que les dé la gana porque esa es en el fondo la esencia del poder. Serán mala gente pero no van engañando.

Pero los otros, los supuestos buenos, necesitan crear una mitología para enmascarar su violento y despótico gobierno. En uno de los momentos más repugnantes de este repugnante todo, padre e hijo, Mufasa y Simba, suben hasta lo alto de una loma que domina toda la sabana. En ese momento, machito y paternofilial (dos por el precio de uno), Mufasa decide que es el día indicado para que su hijo comience sus clases de «cómo ser rey». Entonces empieza a decir chorradas y cosas aún peores, que se resumen en una sola idea, fundamento de todo su poder terrenal: el ciclo de la vida. Esta zarandaja viene a decir que los leones, y más concretamente ellos, tienen derecho (el destino manifiesto y tal) a mandar sobre todos los animales del entorno, disponer de ellos (y alimentarse de ellos) porque así salvaguardan el orden natural de las cosas, porque siempre ha sido así y porque, ojito, en el fondo ayudan a sus súbditos, los mismos a los que se comen, dándoles una suerte de orden, estabilidad y sentido; un statu quo en el que cada uno tiene su sitio del que mejor no menearse y que viene a dar forma a una pirámide estamental en la que los de arriba se comen por los pies a los de abajo. Pero, ¡qué precioso!

Vamos a imaginar por un momento que en la película no fueran protagonistas los leones sino una familia de cebras, (ya sé que las cebras no viven en familias, pero como ellos humanizan a los animales pues yo me voy a tomar también esa pequeña licencia). En un barrio residencial de clase trabajadora vive esta familia de cebras en una casita adosada. Son la madre, el padre y dos pequeñas cebras que, aunque modestamente, van saliendo adelante. Un día la madre tarda en llegar a casa desde el trabajo (es cajera en Wallmart). Se va haciendo de noche y el padre y las cebritas están preocupadas porque saben por experiencia qué es lo que ocurre ahí fuera. De pronto el barrio se enciende, la noticia corre como la pólvora: un nuevo ataque, una víctima, su madre. Han sido ellos, los leones, esos serios y magnánimos dinastas que dedican horas y horas a cantar y a observar en el trono las estrellas a las que han dado el nombre de sus ancestros cuando no están devorando a otros seres. Entonces, el padre trata de explicarles a las desconsoladas cebras que lo que le ha pasado a su madre es el ciclo de la vida, que siempre se los han comido así y que, en definitiva, no son tan malos porque miran por ellos. Me gustaría que se llegase a filmar esta película, un dramón social en toda regla.

Sólo hay una escena peor en toda esta pesadilla fílmica. Mufasa ya se ha muerto y Simba va solo y desamparado en un mundo que no conoce. Por primera vez en su vida es vulnerable, es simplemente un animal más. En ese momento se encuentra con otros dos habitantes del reino, dos herbívoros, un jabalí y otra cosa, dos víctimas habituales del antiguo rey y de todos los de su especie. Y estos dos infelices, estos dos traidores de clase u orden animal que podrían haberse convertido en héroes para las cebras, los ñúes, los búfalos y demás oprimidos de la sabana, en vez de sacudirse las cadenas y morderle el cráneo al futuro tirano que perpetuará la saga que devorará a sus descendientes, le acogen, le dan de comer y le enseñan a cantar «vive y sé feliz». Lo que os digo, un asco y eso que no me ha dado tiempo a hablar del mono… mejor.

Leave a Comment