ERE

ERE

José Antonio García Simón [i]


 

 

La lluvia volteaba de cuerdas rápidas y gruesas a hilitos en cámara lenta. Cero promesa de que escampara. Cerró el paraguas, cansado del bajisube al que cedía para no chocar con otros paraguas ni ensartar un ojo —aunque ahora fuera él quien corriera el riesgo. De nada servía sortear los charcos, el agua filtraba sin tregua por sus suelas y cuajaba en espeluznos que le sacudían la espalda. Ya sumaba un mes así. Punzadas que se dilataban de a poco, adentro. Con el apuro al salir se había olvidado del tiempo y el tiempo se lo cobraba convirtiéndole los pies en un par de trapos ensopados. Costra pegajosa.

Antes de ingresar en la redacción se refugió en el baño. Desabrochó los zapatos. A lo pescador dobló las botamangas del pantalón para no encharcar aún más el piso. Luego se aplicó en exprimir las medias y pasarlas por el secador —también se las anudó como pulseras con el fin de estirarlas. Pensó secar de igual modo los zapatos, pero en seguida los retiró del chorro de aire caliente, temiendo dañar el cuero. Se decidió por una solución intermedia: exponer tan sólo el interior del calzado, cubriendo la superficie con un hato de servilletas. La mueca de Freudiger al entrar lo obligó a replegarse en la cabina. El borde del inodoro de plancha, improvisó unas plantillas de papel higiénico. Al ponerse las medias invirtió el orden, la a enfundaría el pie b y la b el a —no está de más algo de superstición si se trata de conjurar un diluvio.

En el buró encontró una nota del Viejo. Miró la hora. Ya lo están esperando. Ojeó la prensa. Pero después de marcar en la lista negra a Kazajstán, Uzbekistán, Sri Lanka, Congo (¿por segunda vez? —no recordaba si anteriormente había tachado al Brazzaville o, como ahora, al Kinshasa) y a Egipto —hesitaba en cuanto a Venezuela y Turquía— dejó el repaso. A este ritmo se le agotarían las perspectivas de fuga en menos de una semana. Días atrás había debutado un censo con el objetivo de escoger un país adonde expatriarse —mientras más lejos mejor. Pero por lo visto el experimento duraría poco —la realidad de los sitios no coincidía con el exotismo de sus nombres. Sobre todo si persistía en negarse a examinar sucedáneos estilo Oslo, Copenhague, etc. Se reclinó en el asiento. Era un cerco tras otro.

Saltó al oír el teléfono. El Viejo. No descolgó. Bajó corriendo. En la calle, el agua venció rápidamente sus defensas de papel. Como una desgracia nunca llega sola, se habían sentado a un paso de la puerta ¡abierta! del café —¿acaso era el único en sufrir la lluvia, los ramalazos de viento? Al menos El Viejo debía sentir algo con la pata tullida, ¿no?

—La próxima reunión será pura formalidad. Ya todo está decidido. A ti te dejan en la fotografía, pero dicen que te necesitan por un tiempo en la nueva página de breves —le anunció El Viejo a Gabriel—. Te van a sacar los reportajes.

—¿Y cómo justifican eso?

—Dicen que tu experiencia puede ser útil, eso es todo. David se queda en la local, aunque no se sabe bien en qué.

—¿Y qué pasa con la asistencia técnica?

—No hay marcha atrás. La van a concentrar toda en Lausana. Va a ser la misma para todas las publicaciones de Suppress.

—Eso es una locura. ¿De qué sirve tener a los técnicos a sesenta kilómetros?

—Así mismo es. Y el año próximo habrá más despidos.

—A mí Siebel me prometió que mi contrato estaría para fin de año —dijo Biély.

—Siebel es un cadáver. Ni siquiera sabía que anoche había una reunión con los jefes de rúbrica. Se enteró por mí. El nuevo director quiere dejar claro quién es el que manda.

—Si es así con el jefe de redacción.

—Lo que pasa es que Siebel no tiene cojones —cortó El Viejo y Gabriel se echó a reír.

—La palabra de un muerto cuenta, ¿no? —insistió Biély.

—Tampoco hay que olvidarse de los fantasmas —dijo Gabriel a la vez que su risa se transformaba en una tos seca que le desbarataba el rostro—. Dame un cigarro.

—¿Yo tengo cara de kiosco?

—Para calmar la tos.

Biély tiró la caja encima de la mesa. Desde que había parado de fumar, Gabriel le había cogido gusto a los cigarros de los demás —o en todo caso a los suyos. Pero lo que le jodía no era eso, sino más bien la repetición continua de esta escena, en la que él se veía movido por una voluntad ajena —como por un control remoto que se trabara al pasar a otra secuencia. Tendría que parar de fumar —era mejor negocio si lo hacía a costillas de otros.

—Veremos qué se puede hacer en el sindicato.

—Perder el tiempo —dijo Biély.

—Nadie te obliga a venir —lo emplazó El Viejo.

—Si ni siquiera han podido mantener la asistencia, ¿qué van a resolver ahora?

—¿Tienes otra solución?

—Si salieran un poco del sentimentalismo —saltó Gabriel—. Lo único que entiende la dirección es cuánto gana, cuánto pierde. Pero siguen empecinados con los derechos de los trabajadores. Así no se va muy lejos. Si de vez en cuando sacaran cuentas, tal vez salvaran algo.

—A mí lo que me revienta es que aquí lo sabes todo, pero en las reuniones nunca abres el pico.

—Porque sé que no va a cambiar nada.

—Con los cálculos tampoco. Siempre quedará una cuenta pendiente.

—Yo lo que no entiendo es que un pasante de mierda como yo pierda más tiempo en todo este lío que cualquiera del sindicato.

—Bueno, ¿y contigo qué van a hacer? —le preguntó Gabriel al Viejo.

—Se acabó.

—¿Te echan?

—Así no. Me quitan la dirección de la nacional y quedo a disposición del jefe de la local.

—¿Y quién es el nuevo jefe de la local?

—Freudiger.

—¿Ese hijo de puta?

—Saben que no voy a aceptar.

Reclinado en la silla, Biély se alisa el pelo, cierra los ojos. La conversación sigue, pero es otra cosa lo que él está oyendo, como si se le incrustara un zumbido en el oído —no lo reconoce, pero juraría que es una voz, otra voz.

 

Volvió a oír los golpes del bastón. Lo había ayudado a vaciar el despacho, pero El Viejo persistía en vagar por la redacción. Biély simulaba no enterarse. El silencio le decía que los demás hacían lo mismo. Lógico. El traslado de la permanencia técnica a Lausana, más la serie de despidos, pese a la oposición del sindicato y del comité de redactores, había mostrado los límites de la resistencia —el desmantelamiento del diario era cuestión de tiempo: a los informáticos les seguirían los correctores, luego vendría el turno de la fotografía y el grafismo, ni siquiera la documentación se salvaría: el proyecto de tercerización comprendía reducir el periódico al núcleo básico, la redacción. Nadie a salvo. Nada qué hacer. El Viejo era simplemente uno de los primeros fusibles en saltar. ¿Cómo ignorar sin embargo aquella sombra que ensordecía la oficina entera con el eco de su bastón? Su colaboración en el periódico se cifraba en décadas; de modo tal que compartían el mismo itinerario, de institución a desecho. Difícil figurarse otro destino: la compra del rotativo por parte de Suppress le ofrecía a éste una posición de monopolio en la prensa local (sólo restaba de su haber un cotidiano de izquierda al borde de la quiebra); el reparto del mercado se basaba en un esquema que asignaba al diario ser la voz de Ginebra mientras que los otros dos periódicos del grupo se encargaban, uno, de la cobertura seria de la actualidad, el otro, de la prensa amarilla; y como consecuencia, una línea editorial que insistía en la producción de artículos sexy y en un enfoque de proximidad, lo cual lo convertía de hecho en una gaceta de barrio; sin olvidar el empeño en dotar a los periodistas de cámaras fotográficas o en delegarles la responsabilidad de editar los artículos: sutil ingeniería con fin de obtener el periodista-orquesta, un prodigio de rentabilidad, capaz de suplir cualquier tarea, aunque con un tiempo para la reflexión casi nulo —para los comentarios de barrio no hace falta pensar mucho (soltó El Viejo en uno de los choques con la dirección); de remate, la cesación de las garantías estipuladas en los acuerdos negociados con la antigua cúpula —de ahora en adelante el ritmo de trabajo alcanzaría una intensidad hasta entonces desconocida; lo insostenible, sin embargo, era el aire que se respiraba en la redacción y que el aborto de la huelga de firmas enrarecía más. ¿Quién habría imaginado aquel mundo tan frágil? No El Viejo —abocado a la profesión con idealismo arcaico: el periodismo como contrapoder, cuya fuerza depende de la capacidad de rasgar el velo de los hechos, de incitar a una reflexión más allá de lo factual. Por lo general, Biély no se interesaba en los demás y cuando lo hacía era en tanto que abstracción; sentía promiscuo todo trato que sobrepasara la mera cortesía, un striptease insaciable que obligaba a inventar cuerpos donde no los hay y en el que los otros no eran más que espejos donde contemplar la desnudez propia. Con El Viejo, en cambio, nunca hubo reparos. Bajo su tutela se había iniciado a las mañas del oficio, aquéllas que no se adquieren en manuales ni cursos, cogido la pizca de confianza que le faltaba para despegar, vuelto partícipe de su labor sindical, de sus temores, de sus desaciertos, pero sobre todo de los estallidos con que celebraba un artículo impecable. Pero El Viejo más que tutor era ángel de la guarda. Por muy precaria que fuera su situación, el espacio que había conquistado en el diario se lo debía a él, sin el aval del Viejo jamás le habrían confiado un editorial —así fuera el único en entender algo de aquel dossier.

El bastón tumbó a su espalda. No habían conversado en serio desde que él se negara a participar en la huelga; lo cual suspendía toda posibilidad de acercamiento en aquel preciso instante porque: a) no era hora de saldar cuentas b) ¿y si El Viejo lo interpretaba como un gesto de piedad? —nada más humillante que ser objeto de lástima—, por lo menos podía ahorrarle esa afrenta c) ¿cuál sería la reacción del Viejo: ignorarlo, rechazarlo?; d) en caso de que aceptara la presencia de Biély, ¿no sería la prueba de un desprecio tal que ni siquiera consentía en ofuscarse?; e) el respaldo ahora equivaldría a un acto de contrición y, en realidad, no veía de qué arrepentirse —desde el principio sabía la huelga condenada al fracaso y no valoraba legítimo servir de carne de cañón; f) ¿con qué fin, con qué derecho retardaba la partida?, ¿para que él se sintiera culpable? —pues no: lo había ayudado de sobra y hoy incluso le había sacado los cartones del buró. Se levantó y le dio alcance cerca de la zona fumadores:

—¿Por qué no te vas ya?

—¿Qué te pasa? –El Viejo frenó sin entender.

—¿Qué mierda estás haciendo aquí todavía? ¿A qué viene tanto drama?

—Pero ¿qué te pasa?

—Te tocó a ti, sí, ya se sabe, ¿qué se le va a hacer? Se acabó. Mala suerte.

Freudiger se acercó, pero sólo a unos pasos. Salvo él y Gabriel, que salía del fumadero, nadie presenciaba el incidente —o al menos nadie se daba por enterado.

—Eres el único que tiene la vida asegurada y eres el que más jode.

Gabriel lo empujó contra el distribuidor de café, pero un bastonazo del Viejo lo detuvo. El jefe de rúbrica enganchó a Biély por un brazo y lo alejó hacia la escalera. Algo hablaron, hubo risas. Desapareció en el baño. Al cabo de unos minutos, bajo escolta de Freudiger, regresó al escritorio. Revisó los apuntes del reportaje que preparaba sobre el tráfico de drogas. Intentó localizar a Zel y nada. Abrió el pote de píldoras y se zampó un puñado. Volvió a llamarla, nada. Un tiempo colgó la mirada en la ventana, tecleando sin convicción. Una penumbra embozó su puesto y el golpe seco del bastón precedió los dedos que surcaron sus bucles: «pasa por casa cuando quieras». El eco del bastón tardó en disiparse. Miró la hora. El latigazo le nubló la vista un segundo. Sacó el pomo, pero no le quedaban más pastillas. Tendría que desplazarse hasta una farmacia de guardia. No le quedaba tiempo. Desabrochó los zapatos, trocó el orden de las medias. Se acercó a la ventana. La capa de plomo no mostraba fisuras. Unas horas más y se habría librado de la lluvia.

Quizás.


[i] José Antonio García Simón, escritor y poeta. Ha escrito, entre otras, En el aire (Albatros, 2011), novela a la que pertenecen los fragmentos que componen este relato.

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