ENTRE RIOS EN EL SUR

Entre Ríos en el Sur

Pablo Rada


No me preguntéis por qué, pero una de las cosas que parece gustarnos más es etiquetar, hacer categorías y poner cada obra en un sitio para luego no moverla más. Quizás sea porque es más fácil agrupar los libros, los estilos y las personas que los escribieron en cajones, antes que comprender cada momento. O quizás es porque años de orden y de educación memorística han dado esa forma a nuestro conocimiento. El caso es que ahí están, incólumes, imperecederas, esas categorías más bien imbéciles recogidas con mucho cuidado en enciclopedias, tesis doctorales y antologías hechas con tan poca pasión como aburridas: «literatura de provincias», «realismo», «literatura para mujeres» … chorradas.

Esto no quiere decir que no haya afinidad entre ciertas obras o autores, está claro que hay simpatía entre ideas, vidas o maneras de describir y escribir las situaciones entre escritores y escritoras que ni por tiempo, lugar o lengua tienen mucho que ver. Como familias de libros, que se reflejan unos en otros y se completan de tal manera que podemos leer un libro sin haberlo leído, sólo conociendo a sus madres, hermanas, abuelas… Ahora que nos parece que la originalidad y la individualidad son valores positivos, no nos gusta aceptar que en varios momentos diferentes y alejados por kilómetros pueden surgir dos, tres o cuatro sensibilidades complementarias. Quizás los lugares o las épocas en las que aparecen estas personas fueran ya cercanos en origen, o quizás lo que les acerque sea esa sensibilidad particular.

Entre Ríos no está en Georgia ni en Alabama, pero igual tiene algo suyo cuando quien escribe es Selva Almada. Yo,  que nunca he estado en ninguno de los tres sitios a no ser por sus libros, me lo imagino así. Entre Ríos en los ochenta, Georgia o el sur de los EE. UU. en los 40 o 50 son sólo lugares en el mundo en un momento dado. Son rurales, son pequeños y plenos de una textura histórica, social y cultural bien diferenciadas, pero tanto como cualquier otro lugar. Selva Almada, como antes Carson McCullers o Flannery O’Connor, escriben desde sitios alejados sobre historias cotidianas, insignificantes en el buen sentido de la palabra, pero no por ello (o precisamente por ello) menos universales. Ella y ellas son de provincias, de lugares que no dejan de ser puntos en el mapa, donde las industrias cárnicas dan trabajo o lo quitan, los camioneros pasan hacia el norte, los campos crecen y la gente vive y muere.

No es rural, no es pintoresco como una mala obra en la que el mayordomo habla en francés. Es real porque casi todos los sitios del mundo, sus ideas y sus situaciones lo son, pero de esa pequeñez, de su insignificancia, se construye la universalidad. Todas las personas y los seres que nos vamos encontrando tienen en sí mismas o a través nuestra una historia, un drama o una alegría. Lejos de los postulados de cierta literatura de lo extraño, de lo agobiantemente personal, está lo humano y la cosa está en que alguien se fije lo suficiente en esas otras realidades para sacar a la luz lo que hay detrás, de todas las cosas aparentemente sin importancia: las plantas, los árboles y los caminos; las niñas, los niños, los animales, nuestra relación con ellos; los olores y los sitios son historias en sí y por sí mismos, historias que ocurren a la vez y continuamente en el mundo desde su inicio y que pasan desapercibidas hasta que alguien como Selva Almada, Carson McCullers o Flannery O’Connor deciden llenar sus páginas con lo que las demás personas no vemos. Bien porque estamos demasiado ocupadas, o porque sólo las percibimos misteriosamente y nos da miedo o no podemos expresarlas. Y a esa capacidad de contar esos lugares, de hacer lo que nadie hace a veces la llamamos magia y, otras, gótico sureño en nuestro afán de que nada se nos escape.

Es una magia de lugares pequeños aunque rodeados de entornos enormes, en los que todo se conoce y todo da cuenta de un acontecimiento que ocurrió allí: en esa esquina encontramos a la abuela llorando; allí se ahorcó Julián; ahí me paré al sol cuando estrené mi vestido verde, o allá encontramos la camada de gatos cuando niños. Pero si entendemos que ese pueblo o ese barrio están llenos de esas historias concretas e individuales —como lo está cualquier otro lugar de otras historias igualmente concretas e igualmente particulares—, podemos decir que el mundo, da igual la fecha o el momento, es el pueblo o que el pueblo es el mundo porque no hay límite temporal o local para esos eventos comunes.

Y si damos un paso más y asociamos a esos lugares sentimientos propios o ajenos, tendremos un mapa mundial que va ininterrumpido de Norte a Sur, de Este a Oeste o al revés, alcanzando todos los puntos que dibujan el espacio:

La envidia de una madre a la que no le dejaron serlo; la pena de un demente o las ambiciones que hay detrás de cada ventana. Todas son las mismas y únicas. Desde el pastor evangélico que hace un viaje al norte (El viento que arrasa), hasta tres chicas asesinadas en provincias en los ochenta (Chicas muertas),o el padre ya mayor al que no le cuentan que su hijo preferido se ha pegado un tiro y por eso no va a verlo (El desapego es una manera de querernos); desde la extraña pareja de mudos, odiados y un poco temidos por todo el pueblo (El corazón es un cazador solitario), al joven que se baja de un tren en un pueblo miserable y se obsesiona con un predicador ciego a quien envidia y odia, pasando por el chaval que va una y otra vez al zoo a insultar a los animales por la vida morbosa que llevan (Sangre sabia), o la familia infelizmente feliz de vacaciones cuando se encuentran con el mal y su propio mal (Unhombre bueno es difícil de encontrar); Entre Ríos-Georgia- Mississippi; 1980-1940-1950, qué más da; Selva Almada-Carson McCullers-Flannery O’Connor.

Lo llamamos magia o gótico sureño, le damos etiquetas y decimos para quién es y qué es, pero en el fondo es la realidad, esa realidad que, bella o fea, siempre duele un poco pero no tanto como para no poder seguir en ella, esa realidad que nos asusta y a la que por eso le damos otros nombres, porque podríamos comprenderla y, si nos esforzáramos un poco, verla a nuestro alrededor.

 

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