EN ESTOS DOS AÑOS

En estos dos años


Si algo ha caracterizado nuestro play en Juego de Manos ha sido la oposición a la coyuntura y la actualidad como ejes cardinales del pensamiento. Llevamos dos años proponiendo temas con los que dialogar con lectoras y lectores que escapen a una agenda mediática política y cultural dirigida por la urgencia y los intereses más viles. Nuestro objetivo: escapar del tedio y buscar el antídoto a los temores de una generación. A pesar de ello, no podemos negar el contexto que nos ha rodeado. Aunque nos hemos resistido a retratarlo en nuestros textos, han pasado algunas cosillas que hemos decidido seleccionar y narrar según nuestro propio criterio (muy semejante a la verdad) para quienes han tenido a bien escapar de la infoxicación cotidiana. Sabemos que nos hemos extendido más de lo habitual, pero os ofrecemos a cambio de vuestra lectura reposada una pausa aderezada con un delicioso GIF. Empezamos.

No podemos decir que en este tiempo ha cambiado todo. Que las cuestiones que nos movían hace dos años nada tienen que ver con lo que ahora lo hace o que los intereses y el desarrollo normal y cotidiano de las vidas de la mayoría ha cambiado sustancialmente en algo. Sin embargo, tenemos clara una cosa: nos encontramos en un momento de constatación y culminación de procesos que se habían iniciado hace años. Unos más y otros menos, hoy asumimos con total normalidad lo que hace algún tiempo nos parecía impensable que estuviera ocurriendo. Y es que esta asimilación y normalización son fases tan determinantes en los procesos de cambio como cualquier otra.

Lo que eran urgencias, ¿qué suponen ahora? Hubo un momento en el que cada ciudadano o ciudadana con derecho a lengua se convirtió en experto demoscópico. Demos, pueblo, y copos, copazos; y todo el mundo comentaba borracho de razón cómo las encuestas habían fracasado a la hora de predibujar los resultados del Brexit, del referéndum por la Paz en Colombia o del advenimiento de Trump. También comentábamos enérgicamente cómo no vieron venir el subidón del Frente Nacional en Francia, en la que nos colaron un Macron y, por el mismo precio, un Macri en Argentina.

Ampliando el foco, si algo bueno les tenemos que reconocer a Trump y a Kim Jong-un es la oportunidad que nos han dado de presenciar, de nuevo, uno de los momentos más apasionantes de la historia contemporánea: la Guerra Fría y la tensión nuclear entre el dólar y la gente que viste raro. Sí, con Marx, la historia se presenta tres veces («primero como tragedia, segundo como farsa y tercero como una puta mierda»), estamos ansiosos de que llegue la próxima escalada. Es tal la capacidad que tenemos para vivir con tranquilidad bajo lejanas amenazas atómicas que sorprende que siga ocupando portadas y abriendo telediarios.

En Europa, la irremediable inmediatez de los atentados ha sido de manera frecuente capaz de eclipsar cualquier ánimo de análisis no visceral. Cualquier planteamiento que vaya más allá del esputo de insultos (que si van aderezados con tintes racistas, pues eso que te llevas), la petición de más policía y ejército a la calle o echar la culpa a cualquiera que pasaba por allí, se ha visto sepultada por acusaciones de afinidad con el terrorismo, connivencia con el asesinato y apología de la violencia. Lo imperativo de la urgencia, así, se hace en esta cuestión más vigente que nunca. Difícilmente podremos ver un análisis coherente y sosegado de la situación en prensa escrita, siendo menos probable cuando la buscamos en televisión.

Hemos visto caer todo un califato y sumado alguna que otra crucecita más a la lista de territorios convertidos en harina por las bombas occidentales. Nos hemos desgarrado y recompuesto ante una crisis de refugiados que parecía no tener fin (y que, de hecho, no lo ha tenido). Una crisis que ha obligado a la fortaleza Europa a emplearse a fondo y a la arquitectura institucional europea a enfrentarse a sus propias contradicciones. La solidaridad (siempre desmesurada, siempre insuficiente) de la sociedad civil ha contrastado con la cara de cretinos de quienes desde los gobiernos europeos han reaccionado mal y tarde ante las emergencias.

Sin embargo, tras esta perspectiva que se nos presenta hay algo que hace estar de enhorabuena a todos los demócratas, y es que los problemas en Venezuela se han solucionado. Al menos eso imaginamos tras haber desaparecido de golpe y porrazo la ropa de chándal de nuestras teles. Suponemos que el gobierno venezolano se ha puesto a fabricar rollos de papel higiénico como si un brote de gastroenteritis asolara el país, que los panaderos trabajan a destajo y que, por fin, el PSUV ha aceptado y acatado la Constitución Española.

También sentimos lástima por ti, alegre entusiasta de la política de la izquierda latinoamericana, si es que todavía no has ido a Cuba. Si aún no has hecho la visita obligatoria, tus amigos que sí te taladrarán el oído y te recordarán que ni los mojitos volverán a saber igual.

Pasando de la vulgaridad terrenal a lo virtual y las movidas del internet, hay un extraño fantasma que recorre el mundo y es aliado de todos los malvados mencionados anteriormente. La supuesta internacional hacker —nuevo eje del mal que parece ser funcional a intereses rusos, chinos, norcoreanos e incluso catalanes— abre una ventana de oportunidad para que los equilibrios de fuerza internacionales se nos vayan de las manos (EEUU y la Unión Europea no tienen a hackers trabajando porque los antivirus no dejan cometer actividades criminales).

En Españita asistimos a finales de 2015 a las primeras elecciones nacionales en novecientos cuarenta y dos años en las que se presentaban con candidaturas fuertes partidos que no fueran el PP, el PSOE ni IU, dando lugar a un periodo de medio año en el que fue imposible la formación de gobierno (Pedro Sánchez en modo Pantomima Full mediante). ¡Cómo nos taladraron la cabeza! Sin embargo, todo llega: en junio repetimos y la cosa se encarriló de nuevo para reafirmar a un gallego en el poder. En el camino, lo dejaron todo lleno de fragmentos de cuerpos humanos y toneladas de desechos, aburrimiento y escombros, y no es para menos. Los argumentos esgrimidos en favor de ser «un país serio», la estabilidad y lo urgente de formar un gobierno fueron puro tedio democrático.

Hemos sido testigos de la mitad de la primera legislatura de los «ayuntamientos del cambio». Bromas aparte, ni la euforia de los ilusos, expuesta hasta la saciedad en los mejores muros de Facebook, ni el terror con el que los recibieron los gilipollas, resultaron sentimientos justificados. La gestión institucional se ha revelado, para el humano de a pie, como algo mucho menos emocionante de lo que parecía. Con sus perlitas, eso sí. Y sus asaltos inmobiliarios y procesos de organización urbana, que están por encima de cualquier pelotazo institucional.

La corrupción ha mantenido su habitual ritmo de sacudidas. El premio gordo se lo llevó la evasión fiscal con los Panama Papers, aireando las vergüenzas de la jet set española y de algún pintamonas, a quienes una compleja arquitectura jurídica garantiza impunidad a cambio de algo de escarnio público. Sin embargo, casos como Taula o la Gürtel siguieron viento en popa, e incluso hubo gente que comió talego.

A la vez, en 2015 se aprobaba una de las leyes más perversas para la movilización y la organización social de aquellas que se han aprobado en España. Tanto, que publicaciones como New York Times o The Guardian le prestaron especial atención dado su tono punitivo. Cualquiera puede apreciar la contundencia de ésta al darse cuenta de que es más agresiva que la ley que sustituye, apodada «de patada en la puerta». Y es que una de las claves de esta ley es que da una discrecionalidad arbitraria a los agentes en lo respectivo a las sanciones aplicadas a los actos.

Así, ahora entendemos dentro de los márgenes de la normalidad la supresión de la separación de poderes, ya que lo que antes era dirimido por el poder judicial ahora es tramitado por el mismo Estado, que es juez y parte. No podemos olvidar que todo ello ha sido formulado sin tan siquiera el caballo de batalla del miedo a ETA, excusa durante años de toda legislación urgente y ahora sustituido por los nuevos enemigos de la civilización occidental.

Y aparte, lo de Cataluña, ¡vaya movida!

En 2014 el virus del Ébola amenazó con diezmar a nuestra población mediante una agonía más parecida a un exorcismo que a una enfermedad occidental, no en vano donde más se la comieron fue en África (donde están tan atrasados que todavía hay injusticias). Los casos en España, y uno en concreto, se llevaron portadas y buen minutaje de radio y televisión a pesar de no superar la veintena. Cuando se fue calmando y volvió a ser cosa de negros, nos olvidamos de ella.

Con este precedente apareció en nuestros radares el virus del Zika que venía hot de la selva latinoamericana. Coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Río saltaron las alarmas, pero como sólo afectaba a mujeres pobres embarazadas, nos aseguramos de que nuestros atletas estaban ok y, a la pandemia, ni flowers.

(AQUÍ VA LA PAUSA)

(RETOMAMOS)

Hasta aquí lo urgente, ahora el mientras tanto.

Afortunadamente para la moda y el buen gusto, ya casi nadie lleva camisetas verdes a favor de la educación pública. Sin embargo, esto no es producto de una inspiración colectiva y un acercamiento general a la elegancia, sino una manifestación más de cómo las redes y tejidos que se habían constituido durante los años más duros de la crisis se han venido difuminando y quedando en el campo de la anécdota. Tras un aumento de las movilizaciones, creación de organizaciones e incorporación de numerosas personas a muy distintos colectivos sociales, hoy nos vemos más cerca del ambiente político de 2007 que del de 2012.

Como ruido de fondo, percibimos también un comienzo de reflexión pública sobre lo rural, con libros de éxito inusitado como La España vacía y artículos cada vez más habituales en tribunas de todo pelaje. Los incendios de octubre de 2017 en Galicia y Asturias fueron un recordatorio de que no se puede comprender un país sin las personas que habitan sus pueblos.

Seguimos diciendo que no vemos la televisión y que no nos gusta como si a alguien le importara. Si algo podemos decir que ha cambiado en la tele en España es que el formato televisivo de los programas del corazón y prensa rosa ha saltado a la política, pudiendo ver simultáneamente en todas las cadenas a un experto (en lo que sea) gritar un argumento invent en menos de un minuto.

Lejos quedan ya esos sueños de los maduros progresistas de lo audiovisual que vivían con la ilusión de una BBC a la española. Y es que la televisión pública ha vuelto a lo más oscuro de los años noventa. Tanto los proyectos de recuperar El Grand Prix, como las casposas telepromociones de las fuerzas vivas en programas como Masterchef, han acompañado la llegada en este tiempo de personajes de indudable altura como Bertín, Herrera y Cárdenas. Y no olvidemos lo peor: en la programación de TVE nos han colado un talent show de prestidigitación llamado Pura magia, ¿hasta dónde vamos a llegar?

La confesión de Bertolucci sobre la violación que Marlon Brando le practica ante la cámara a María Schneider en Último tango en París, a pesar de que se retractara de sus palabras posteriormente, sirvió de antesala. Cuando estalla el escándalo que coloca a estrellas del espectáculo como auténticos «depredadores sexuales», se desata una ola de solidaridad, reconocimientos y declaraciones de víctimas sin precedentes, que no dan validez a que Louis C. K. diga que aprende cosas, Weinstein ingrese en una clínica presentándose como un pobre enfermo o Kevin Spacey se escude de manera burda en ser homosexual. Todo con el objetivo de decir: en Hollywood también se viola (¿quién lo iba a decir?).

Y es que el movimiento feminista ha seguido ampliando su espectro, imparable, sumando cada vez a más gente y planteando importantísimas batallas culturales. El mansplaining no está sólo en la Universidad, el acoso sí existe, la violación no es culpa de la ropa que llevaba puesta y no te despatarres cuando me siento a tu lado porque le voy a cortar el pico a tu pajarito.

Mientras tanto, se ha constatado el cambio en lo que llamamos nuevos formatos, aunque después de tantos años no lo sean tanto. Los raperos de los que antes se reían los señores mayores del show business español poniéndose la gorra de lado ahora hacen contratos millonarios con las productoras musicales más importantes, quienes no pierden la oportunidad de hacer caja. Tu primo el que le pega fuerte a los videojuegos es un potencial jugador profesional de eGames. Para entendernos, como Messi pero sin un retraso. La subida de un nuevo vídeo de adolescentes, y no tan adolescentes, haciendo cosas en Youtube son ansiados por adolescentes, y no tan adolescentes; en ocasiones esas visitas se cuentan por millones y abren la puerta a contratos televisivos.

Todo esto descuajeringa los esquemas mentales de los que han visto con una copa en la mano a Chiquito en directo por televisión. Esto implica un descabalgamiento de una parte importante de la población en el cambio cultural, lo que afecta a muy diversas dimensiones y varias concepciones de la cultura. Por una parte, un grupo importante de la población no ha asimilado las concepciones y valores que hemos asumido como propias de nuestro tiempo: libertades sexuales, igualdad de género, rechazo de la xenofobia…, mientras que desde el ámbito público e, incluso, institucional, se promueven estas conductas.

Y ya hasta a los más maduritos (los que son sexis y los que no tanto) no les tiembla la mano al hacerte una review y recomendarte su última aplicación descargada mientras sujeta con la mano izquierda el móvil y mueve todo su brazo de manera exagerada con el dedo índice empalmado en extremo rigor para deslizar la pantalla de su terminal móvil. Así, en una muestra de progreso tecnológico y una exposición de capacidad técnica de nuestra sociedad, cualquiera puede ya pedir lo que se le antoje a cualquier hora. El precio a pagar son malos salarios, condiciones laborales y de seguridad pésimas y gentrificación, entre otras muchas, pero ¿quién se puede resistir a vivir en una versión de Minority Report, aunque sea de andar por casa?

Casi se nos olvida, ¡los libros! 2016 fue el año en que muchas millennials nos enteramos de quién fue la escritora mexicana Elena Garro: la autora de esa novela que recuerda tanto a Cien años de soledad y que se publicó cuatro años antes. En su centenario, una editorial española la definió en relación a cuatro hombres: esposa, amante, inspiradora, admirada. 101 años después las escritoras latinoamericanas siguen abriendo caminos en la literatura escrita en español, aunque todavía se hable de ellas como el otro boom. Son Selva Almada, Mariana Enríquez, Liliana Colanzi, Verónica Berger, Mónica Ojeda, Pola Oloixarac, Paulina Flores, Ariana Harwicz, Gabriela Wiener y tantas otras. Por mucho que Javier Marías y Pérez-Reverte sigan caminando enfadados, ellas ya los enterraron.

(YA CASI TERMINAMOS)

Una generación que se encuentra en plena incertidumbre vital es bombardeada con inmediatez y pasmosa actualidad, condenada a poder asimilarla y digerirla como cada una buenamente pueda. Hemos visto que muchos de los asuntos públicos que se suponía que nos iba a ir la vida en ello ahora sólo nos despiertan una sonrisa, cuando no la más profunda indiferencia. Así, desde Juego de Manos queremos reivindicar esta voluntad de ignorar, al menos temporalmente, lo más inmediato, lo que ocupa portadas como si se trataran de la invasión extraterrestre de Orson Wells. Hemos visto cosas que nos negamos a creer.

Y es que no olvides que:

Sigues cogiendo tan poco como hace dos años

Tienes las mismas pocas posibilidades de trabajar de lo que te gusta.

Te has leído cero libros de la lista que tenías como «PENDIENTES».

Todavía no has ido a ver El Rey León, el musical a Gran Vía.

No has cumplido tu promesa de «enterarte bien de lo que estaba pasando en Siria, porque es una movida».

Por cierto, ¿os acordáis de la crisis?, ¿qué crisis?

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