EN BUSCA DE LAS HORAS PERDIDAS

En busca de las horas perdidas

Ainhoa M.F.


Buenos días. El tema de hoy es largo. Antes le dedicábamos cinco horas, pero ahora nos han reducido el tiempo a una hora.

La voz se escapaba por la puerta entreabierta de un aula. Dentro, los alumnos están ya acostumbrados siempre a la misma introducción. Es invierno y hace frío y, mientras resuenan las excusas del profesor que le permitirán dar una clase pésima sin sentirse culpable, los estudiantes se lanzan sobre sus cuadernos, portátiles y tablets para transcribir la lección.

 

 

El grupo, mermado, asume unas horas de clase de escribir y no pensar. Pero hay una cabeza que se gira y se sorprende al descubrir los pocos que son en el aula. Entre los compañeros que tuvieron que abandonar los estudios y los que creen que ir a clase únicamente sirve para perder el tiempo, cada día quedan menos personas en clase.

Al terminar la clase,dos cigarros se encienden, sincrónicos.

Parece mentira que tengamos que sorprendernos cuando llega un profesor y nos da una clase que merece la pena. Ya no te digo que sea buena, pero que merezca la pena.

No exageres, los profesores son buenos, lo que pasa es que tienen poco tiempo.

Dos alumnas, de las que siempre van a clase, discuten. No están de acuerdo, pero ambas entraron en la carrera con la misma idea. Creían que iban a encontrar un ambiente de desarrollo personal e intelectual, un alejamiento de la infancia y meterse en la edad adulta según entraban por las puertas de la facultad.

Hubo cambios de vestuario, abandono de mochilas de colorines por maletines u bolsos, más acordes con el look de universitaria estilo siglo XXI. Pero los cambios estéticos no eran más que una muestra de lo que esperaban encontrar: un mundo adulto del que hasta entonces habían estado apartadas.

La ilusión de los primeros días, recibir la notificación de admisión en la universidad, hacer la primera matrícula, buscar el medio de transporte más rápido, fueron seguidos de una sensación de no reconocer las expectativas en la realidad.

Al principio, sin capacidad de comparar, todos los profesores parecían grandes sabios pero, con el paso de los meses y años, cada vez resultaba más fácil descubrir al pelota, al que usaba datos sin rigor, al que no quería dar clase y, sacándose un trabajo de grupo de la manga, ponía a exponer a los alumnos a su antojo.

—No es que no tengan tiempo. Tiempo no tenemos nosotros. Es que no preparan las clases. Les han reducido el tiempo y eso les fastidia. Podrían protestar por ello, negarse a aplicarlo. Pero en lugar de ello, retoman las diapositivas que usaban en licenciatura y deciden que, si tienen menos tiempo, pues las leen más rápido.

La quisquillosa alumna se preguntaba por qué si a ella le exigían un respeto al profesor, dedicación al estudio y una actitud adecuada, algunos de estos profesores eran incapaces de hacer lo mismo por el estudiante. Se preguntaba dónde estaba esa enseñanza de calidad que creía que encontraría en la universidad.

Si bien, no todos los profesores fueron malos, de hecho había encontrado grandes docentes realmente interesados en hacerse comprender, en conseguir inculcar conocimientos y, además, capaces de despertar el interés en el alumno. Sin embargo éstos eran los menos, ya que la mayoría se dedicaba a aparecer un par de horas al cuatrimestre, soltar el rollo que traían preparado de años anteriores, poner una o dos preguntas de examen, cobrar y olvidarse del alumno.

Cuando oigo hablar de la implantación del plan Bolonia nunca me siento identificada con lo que dicen. Decían que la carrera de medicina iba a respetarse. Y, de hecho, la mayoría cree que así es. ¡Pero tú mira cómo estamos! Reducidas las horas de clase al mínimo con unos contenidos sin adaptar, reducidas las horas de prácticas, y los seminarios en grupos «reducidos» de 100 personas.

Súmale que cada vez te mandan estudiar más cosas por tu cuenta. Da la impresión que la enseñanza ya sólo depende de quien la recibe, del estudiante. Parece que a lo único que afecta el plan Bolonia es a nuestra formación, ya que saldremos peor formadas.

Y más pobres.

Los años de Universidad desaparecen raudos. Súbitamente los antiguos alumnos se ven embebidos en un mundo laboral que les ignora y aparta. La universidad ha perdido el misticismo del conocimiento, de la intelectualidad. ¿Realmente se estudia por deseo de conocimiento? ¿O se hace por un miedo atroz a estar sometidos a la incertidumbre del futuro? ¿Son las enseñanzas superiores una manera de retrasar este sometimiento? ¿Debe ser el alumno respetado? ¿Tiene derecho a exigir la mejor formación posible? Y en caso de estar siendo formado de un modo pobre, ¿no tiene derecho a quejarse?

Entra otro profesor en clase y, sin tiempo a contestar todas las preguntas que les rondan la cabeza, las dos alumnas tiran los cigarrillos a medias y entran tras él, justo a tiempo para escucharle decir:

Buenos días. El tema de hoy es largo. Antes le dedicábamos cinco horas, pero con el nuevo plan de estudios le dedicaremos una hora.

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