EL TRABAJO, ¡QUÉ FASTIDIO!

El trabajo, ¡qué fastidio!


Trabajar cansa, a menudo es aburrido y en no pocas ocasiones es algo realmente desagradable. Recuperación económica o no, abundancia de paro o abundancia de precariedad, trabajar es como poco un fastidio. No seamos ridículos: nadie va —en el mejor de los casos — cinco días a la semana, ocho horas al día, once meses al año al mismo sitio voluntariamente. Por mucho que le pueda llegar a gustar. El trabajo no es lo primero: tener dinero para pagar alquileres, facturas, cervezas y entradas de cine es lo primero.

Que una institución tan central en nuestras vidas como el trabajo suponga la suspensión absoluta de cualquier forma de democracia es un buen indicativo de lo frágil que es nuestro sistema de derechos. Nadie que haya trabajado más de dos semanas en el mismo sitio puede creerse el cuento de que las relaciones laborales son relaciones entre iguales, nadie que se haya puesto nervioso al anunciar a su jefe que debe ausentarse dos días del trabajo por problemas de salud puede pensar que la democracia penetra en algún rincón de la oficina.

No hay proyecto político de emancipación para nuestra generación que no pase por un rechazo contundente a las formas de trabajo asalariado que hoy conocemos. Aunque tenga explicaciones materiales y muy intuitivas, resulta paradójico que el trabajo no haya ocupado un lugar central en prácticamente ninguno de los conflictos políticos que han sacudido el Reino de España durante los últimos años. Queremos que estos artículos sean parte de un enfado, de un grito y de un golpe contra esta apatía.

De alguna manera, las trabajadoras y trabajadores hemos dejado de ser sexis. Apenas hay películas y novelas sobre heroínas de clase trabajadora que llevan adelante conflictos en los supermercados donde trabajan, sobre personas anónimas que sobreviven con jornadas laborales cada vez más largas, más informales y peor pagadas. Aunque nuestra hipótesis es que existe más producción que la que se reseña.

Reconozcámoslo: el desconocimiento y la falta de experiencia es una parte fundamental de nuestra manera de relacionarnos con el trabajo. Somos, con muchísimas y notables excepciones, la generación reciente que más tarde se ha incorporado al mercado laboral. Al mismo tiempo, una de las que más prácticas cuasilaborales ha hecho, más formación enfocada al empleo ha tenido y más experiencias de trabajo en el extranjero ha vivido.

No vamos a tener un trabajo fijo en la vida. Lo que se expresa como una condena debemos tomarlo como una bendición. Pero no bajo la retórica del emprendimiento y la autoexplotación, sino para imaginar nuevas formas de vida y acceso a los derechos que no dependan del empelo asalariado. Lo que a muchos reaccionarios con tribunas les parece una medida imposible y revolucionaria, a nosotras nos parece el primer e imprescindible punto de partida para la supervivencia colectiva: queremos una renta básica incondicional por el mero hecho de existir.

Pero queremos mucho más. Queremos definirnos por algo más que la actividad desagradable que hacemos todos los días para tener un poco de dinero. Queremos emplear nuestra fuerza y nuestra inteligencia en beneficio propio y colectivo y no en el del capital. Queremos hacer pagar a los entrepreneurs, a los gurús y a los empresarios de internet que venden nuestras búsquedas y hábitos sin darnos nada a cambio.

En este monográfico nos hacemos preguntas en torno a la naturaleza del trabajo, a la existencia de otras formas de trabajo que a veces no se consideran tales, a las alternativas a un sistema de derechos basado en el empleo escaso y al papel de la gente trabajadora en los cambios políticos que están por venir.

Somos un ejército de vagos y vagas y venimos a reclamar lo que es nuestro. ¡Abajo el trabajo!

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