EL TOUR DE FLANDES: CUANDO EL CICLISMO SOBREPASA AL CICLISMO

El Tour de Flandes: cuando el ciclismo sobrepasa al ciclismo

Eduardo Vega


Si uno escucha hablar de ciclismo, fundamentalmente en estas latitudes ibéricas e independientemente de la edad del emisor, este suele referirse al Tour de Francia, la Gran Boucle que, indiscutiblemente, año tras año, amplía su grandeza como prueba ciclista. El Tour, como comúnmente lo conocemos, congrega a los mejores ciclistas y equipos y, a nivel organizativo, económico o de impacto comercial, no tiene rival. Todas las marcas de bicicletas estrenan sus últimos avances, así como las de materiales como cascos, zapatillas, gafas, ropa, ruedas… En definitiva, participar de alguna manera en esta carrera de tres semanas significa estar en la élite del ciclismo mundial.

Pero el ciclismo no movería tantos espectadores, pasiones y patrocinios si la temporada se redujera a las semanas del Tour o de sus homónimos italianos (Giro di Italia) y español (Vuelta a España). Es más, las carreras por etapas no fueron las primeras en disputarse, ni Francia fue el primer país en albergar a un grupo de ciclistas compitiendo entre ellos por llegar primero a la meta de manera más o menos amateur.

Durante esta época del año ―aunque con la hiperprofesionalización del ciclismo y su globalización existen a lo largo de toda la temporada― se dan cita multitud de carreras de un día de las cuales, las más históricas y prestigiosas se desarrollan entre Francia, Italia y Bélgica. Las «clásicas» más importantes, los llamados «Cinco Monumentos»: Milán-San Remo, Tour de Flandes, París-Roubaix, Lieja-Bastoña-Lieja y Giro de Lombardía. Salvo este último (primer domingo de octubre), se celebran en un lapso de poco más de un mes (desde el tercer domingo de marzo hasta el cuarto de abril).

Todas tienen su historia y características que las hacen particulares: la de Milán-San Remo, por ejemplo, su longitud (294 kilómetros); la de París-Roubaix, sus adoquines: más de veinte tramos adoquinados que suman 50 kilómetros sobre el ya mítico pavé; la Lieja-Bastoña-Lieja, su antigüedad (conocida como «La Decana», su primera edición data de 1892); y el Giro de Lombardía, su ascensión al santuario ciclo-religioso Madonna del Ghisallo.

Pero hay una carrera que quizás no sea la más antigua, ni la más larga, ni la que más ediciones se ha celebrado, pero que trasciende al ciclismo como ninguna otra. El Tour de Flandes (que se celebrará el primer domingo de abril). Esta carrera combina «lo mejor» de las demás para hacerse única. Un largo recorrido (en la edición de 2017, 260 kilómetros); un continuo subir y bajar de los famosos «muros» que pueblan la geografía belga: subidas de no más de 2500 metros pero con desniveles que llegan a alcanzar el 25% y en 2017 se ascenderán un total de dieciocho muros; y el adoquinado de algunas de estas pequeñas grandes cotas (si creías que era asequible ascender rampas con esos porcentajes, añádele unos jugosos, irregulares y resbaladizos —si llueve— adoquines). En la edición de este año, catorce de los dieciocho muros estarán pavimentados con un manto de adoquines.

Y todo esto en su contexto geográfico: Bélgica. Aunque tradicionalmente solemos pensar en Holanda como el país más y mejor adaptado a la bicicleta, Bélgica en general y la Región Flamenca en particular, no se queda atrás. Las políticas públicas de promoción, educación vial y protección ciclista han conseguido logros impensables en otros países, como que el cicloturista tenga excepciones de movilidad en la mayor parte de las calles con una de sus direcciones prohibidas. Infraestructuras como parkings públicos (gratuitos) vigilados veinticuatro horas con capacidad para dar cobijo a miles (sí, miles) de bicicletas, vías ciclistas autónomas de la calzada y acera (las fietsroutes) y facilidades como vagones-bici en los trenes de media y larga distancia (igual que nuestra querida RENFE, donde son todo facilidades…).

Con estos mimbres, es fácil de entender que el ciclismo sea el deporte rey en este país. De hecho, una particular modalidad de ciclismo, el ciclocross ―mezcla de ciclismo de carretera y montaña―, es la especialidad que más seguidores mueve.

Además, las particularidades histórico-políticas belgas hacen que el Tour de Flandes tenga unas raíces sociales y culturales tan profundas como asentadas. Bélgica es un país que, por su situación geográfica, ha pasado buena parte de su historia influenciada por Francia (al sur), Países Bajos (al norte) y Alemania (al este). Fruto de estas tensiones, a día de hoy Bélgica es un país con dos regiones claramente diferenciadas en base a su idioma y la relación entre ambas oscila entre el independentismo, la autonomía, el federalismo y el centralismo de Bruselas. La parte norte, Flandes, que habla neerlandés o flamenco y la parte sur, Valonia, que habla francés, junto con una pequeña comunidad de germanoparlantes en el extremo oriental del país configuran la diversidad lingüística.

Poco más de dos décadas tras la aparición de la Lieja-Bastoña-Lieja ―que recorre el este de la Región Valona―, Karel van Wijnendaele, joven periodista local, decidió fundar una carrera que compitiera en prestigio con «La Decana». 324 kilómetros separarían el inicio de la victoria en esta primera edición, en 1913, pero sus prestigiosos muros no aparecerían hasta 1919.

Durante las semanas que anteceden a este monumento, Bélgica tiene otras citas en el calendario ciclista internacional (E3 Harelbeke, Gante-Wevelgem, A través de Flandes…). Como es lógico, el país se echa a la calle y las carreras ciclistas se convierten en el acontecimiento del momento. De hecho, algunas de estas carreras, Flandes incluida, organizan una carrera cicloturista amateur que antecede en un día a la profesional. El Tour de Flandes amateur llega a dar cobijo hasta dieciséis mil ciclistas venidos de todas las partes del mundo para disfrutar sufriendo en sus explosivas rampas.

Para entender el arraigo y el prestigio de la prueba ―y de los ciclistas que la corren, sobre todo si son belgas, sobre todo si se gana siendo belga―, tras el cambio de ciudad que albergaba el final de la misma (en 2012 dejó de ser entre Wetteren y Meerbeke y pasó a finalizar en Oudenaarde), se produjo una manifestación ―con ataúd performativo simulando un entierro― en el Muur de Kapelmuur, una de las cotas que, por su dureza y cercanía a meta, solía ser la jueza de la carrera año tras año. Afortunadamente y en vistas al revuelo mediático y social que este cambio implicó, la organización ha vuelvo a incluir a Kapelmuur entre las subidas, aunque muy lejos de la meta, uniéndose a las no menos míticas Koppenberg, Oude Kwaremont ―que, desde 2010 da nombre a una popular cerveza belga― o el Paterberg. Esta última, tras el cambio de 2012, es la ascensión final de las dieciocho y, como curiosidad ―que, de nuevo, explica muy bien el arraigo e idiosincrasia de la carrera―, fue construida entre 1984 y 1986 por un granjero local que atravesó su finca con el objetivo de que la carrera, literalmente, cruzara su jardín. La envidia con un vecino de otra localidad, que alberga la cota de Koppenberg, parece ser el leitmotiv de tal proceder.

Se calcula que en los más de 250 kilómetros de recorrido de la prueba se pueden dar cita por las calles y carreteras flamencas hasta un millón de espectadores y para la edición 101ª, la de este año, cualquier previsión será poca. Tras la celebración de las primeras pruebas de este tipo, ha quedado patente la igualdad y competencia entre un amplio número de ciclistas. Quizás, por encima de todos, el belga Van Avermaet (actual campeón olímpico) y el eslovaco Peter Sagan (bicampeón del mundo y defensor del título conseguido el año pasado) serán los rivales a batir. Sin olvidarnos de los otros grandes ciclistas que participarán en esta edición; los veteranos belgas Philippe Gilbert y Tom Bonnen (que ha anunciado que será su última participación y de ganar, y se convertiría en el ciclista con más victorias en esta prueba, con cuatro, superando a ilustres como Fabián Cancellara y Johan Museeuw), tratarán de darle otro Tour de Flandes a su país, que lleva sin ver a un compatriota en lo más alto del pódium desde 2012. Sin olvidarnos de otros fuera de serie como Lars Boom, Sep Vanmarcke, John Degenkolb, Alexander Kristoff, Boasson Hagen, Jens Keukeliere… Pero en esta prueba cualquier pequeño contratiempo puede frustrar las intenciones de los favoritos. Un pinchazo, una avería, una caída o una mala colocación al inicio de los muros ―por donde a duras penas cabe un coche― puede tirar por la borda el trabajo del equipo y meses de preparación.

Además, desde 2004, y de manera casi paralela a la masculina ―las mujeres salen unas horas antes―, el pelotón femenino de ciclismo disputa esta prueba. Con un pelotón precariamente profesionalizado aunque en continuo crecimiento, las mujeres realizarán la prueba sobre un total de 153 kilómetros. El ciclismo holandés ha sido el dominador de la prueba con cinco victorias de trece posibles, siendo la alemana Judith Arndt y la holandesa Mirjam Melchers-van Poppel las ciclistas que más veces han ganado la prueba con dos trofeos cada una, aunque la inglesa Elizabeth Deignan Armitstead defenderá la victoria del año pasado.

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