EL SUEÑO POÉTICO DE MARÍA ZAMBRANO

El sueño poético de María Zambrano

Reseña de la obra de teatro La tumba de María Zambrano pieza poética en un sueño—.

Sara Sánchez-Molina

Fotos: marcosGpunto/ Cartel: Javier Jaén


«Levántate, amiga mía, y ven» es el epitafio que se lee en la tumba de María Zambrano en el cementerio de su localidad natal, Vélez-Málaga. Ese cementerio es el escenario de la obra de teatro La tumba de María Zambrano pieza poética en un sueño—, escrita por Nieves Rodríguez y dirigida por Jana Pacheco, que se puede ver hasta el 11 de febrero en la sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán.

Esta escenografía, diseñada por Alessio Meloni, es el lugar perfecto para que las palabras de María Zambrano cobren vida: gatos que cruzan el escenario —no en vano dijo la filósofa que el gato era el ser más perfecto—, tumbas que se abren y cierran y permiten a los personajes jugar con ellas a su antojo y un precioso limonero. Todos estos elementos recrean un espacio casi de cuento, donde María vuelve a la vida invocada por un niño hambriento y con ella vuelven también a la vida su hermana Araceli, su padre y María niña.

El texto, cargado de lirismo, no es un relato biográfico ni cronológico de la vida de María Zambrano, aunque los acontecimientos que marcaron su vida de una u otra forma están presentes en escena: su infancia en Málaga, las clases de su padre, sus pulmones delicados, la Guerra Civil, el exilio en medio mundo, el exilio de su hermana en París y las torturas a Araceli por parte de la Gestapo, que dejaron secuelas en su salud mental para siempre.

Todo ello se engrana perfectamente en un collage de palabras, música y juegos de danza. En este sentido, destaca el baile tenebroso de Araceli con el general nazi, que recrea este episodio trágico de una manera casi onírica.

Sin embargo, la obra no es sólo un recuerdo del pasado, sino que establece lazos con el presente. Así, puede que siembre la semilla de la curiosidad por la obra de María Zambrano en el espectador, pero no sólo eso. También relaciona los acontecimientos de la Europa de antes —esa Europa oscura— y la de ahora, donde muchos niños y niñas pasaron y, desgraciadamente, aún pasan hambre.

Tampoco pretende la obra dar una clase magistral de la filosofía y pensamiento de María Zambrano, aunque, por supuesto, está presente. Nieves Rodríguez señala que el texto bebe directamente de la fenomenología del sueño, donde Zambrano expone que el tiempo de los sueños es atemporal. Esto se refleja en la obra mediante los saltos entre escenas y los encuentros entre María Zambrano adulta y María niña, es decir, rompiendo la cronología lógica de los acontecimientos representados.

Así mismo, Nieves Rodríguez señala que la razón poética de María Zambrano también está muy presente en la obra. Especialmente, la dramaturga lo refleja en la idea de «pensamiento creador que reflexiona sobre la palabra que parte de la experiencia e intenta transcenderla».

Pues, ante todo, la obra nos muestra a María Zambrano buscando una palabra, una última palabra que «que nos alimente ante la incertidumbre social y política que vivimos». Esa última palabra ya la buscaba la filósofa cuando ganó el Premio Cervantes en 1988 y se manifiesta en las palabras que pronunció al final de su discurso «voy a intentar seguir buscando la palabra perdida, la palabra única, secreto del amor divino-humano». Una palabra liberadora que brilló por su ausencia en ese siglo XX marcado por las guerras: Paz.

Este cuadro lo ponen en escena unos actores soberbios: Aurora Herrero en el papel de María Zambrano, Isabel Dimas como Araceli, Daniel Méndez como el padre, Óscar Allo como el niño hambriento e Irene Serrano como María niña.

En definitiva, La tumba de María Zambrano reivindica la figura de la filósofa de una forma deliciosa; nos zambulle en un sueño poético que eriza la piel, despierta nuestros sentidos y emociones y siembra palabras imprescindibles en nuestros pensamientos.

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