EL SALARIO DEL MIEDO

El salario del miedo

Pablo Rada


Antes de que los trópicos y las islas caribeñas se convirtieran en lugares paradisíacos donde descansar de los terribles problemas de una vida sin complicaciones a dos pasos de una miseria que no se quiere ver, antes de eso, estos lugares privilegiados de calor, enfermedades, pobreza o desesperación (hay cosas que no cambian demasiado) eran usados como cárceles o lugares a los que huir en busca del olvido, la fortuna o ambas.

Estamos en un lugar indeterminado de América del sur o Centroamérica, en algún momento después de la Segunda Guerra Mundial. En una cantina pasan el tiempo una colonia de expatriados europeos: juegan a las cartas, beben una gaseosa (entre todos) y hablan de lo que harán cuando salgan de allí. Los hay italianos, franceses, alemanes y de tantos países y territorios que dejaron de existir; veteranos de guerra (y probablemente criminales de la misma), gente con problemas judiciales y, principalmente, pobres, aunque no tanto como los autóctonos porque, en la pobreza, también hay grados.

La vida en este lugar surgió cuando el primer surtidor de petróleo fue construido por una empresa estadounidense que, a falta de otro más compasivo o bondadoso, ejerce de dios absoluto, decidiendo quién trabaja y quién no, quién vive y quién muere. Al otro lado de un muro, separados de los lugareños y de la colonia de tipos de ninguna parte, quedan las instalaciones de la SOC (Southern Oil Company) con sus calles rectas, sus refrigeradores y hasta un cementerio a la occidental, porque no todo el mundo se muere igual.

Mario (Yves Montand) pasa el tiempo como los demás en el bar, entre sueños de grandeza, o simplemente de salir de allí, y sablazos a su novia (Vera Clouzot), camarera en el bar, a la que prácticamente prostituye y a costa de la cual vive. También parasita a su compañero de piso, Luigi, un italiano (calabrés para más señas) silicoso a fuerza de echar las tripas en la obra.

Toda esta tranquilidad (o normalidad) se acaba cuando llega Jojo, corso como Mario, y con negocios más bien turbios que le han llevado a huir a Las Piedras. En un espacio tan reducido, los infelices reproducen los afectos y los odios que hicieron arder su continente: los alemanes se juntan con los alemanes, los italianos hacen lo propio y Mario y Jojo, corsos, también. Las peleas entre Jojo y los demás y en especial con Luigi, celoso por la nueva amistad de su compañero, no se hacen esperar.

Todo continúa en esta tensión mantenida, piano piano, hacia el desastre, hasta que un pozo petrolífero estalla en las cercanías relativas. Sólo disponen de una manera de extinguir el incendio: una explosión de nitroglicerina que consuma el aire apagando así el fuego. Hay, no obstante, un pequeño inconveniente, la nitroglicerina está en el pueblo y el pozo no. Pero la SOC sabe que en el pueblo hay algo más: desgraciados. Dos camiones repletos de nitro, dos parejas de conductores y una carretera con más parches que un pirata. ¿La recompensa? 2000 dólares a quien llegue vivo. Y a partir de aquí la magia, el miedo, el odio y una road movie que deja en excursión dominguera a El diablo sobre ruedas.

Nos queda una hora de metraje de la cual la mayoría transcurrirá en las cabinas de los camiones: frentes perladas, bocas secas y dos mil dólares, el pasaje a la libertad, haciendo clin clin en cuatro cabezas agobiadas a partes iguales por el temor y la esperanza. Más no os puedo decir.

Clouzot constituye uno de los mejores ejemplos de la recuperación del cine francés en la posguerra: inquietante, infeliz y algo polémico (estuvo privado de derechos unos cuantos años por su labor cinematográfica durante la ocupación). Un tipo que domina a la perfección los medios para causar tensión, suspense y, sobre todo, y esta es la palabra clave, inquietud y cómo filmarla (ya me diréis cuando vayáis subidos a esos camiones). Estas cualidades se plasman magistralmente en El salario del miedo que junto a Las diabólicas (1955) resultan sus películas más logradas. No dejen de ver tampoco este segundo film: un internado francés de posguerra, un asesinato, un muerto que no aparece, Vera Clouzot y Simonne Signoret en una fantasmagoría que no se olvida.

El salario del miedo acojona desde el minuto uno (esa increíble escena de unos niños jugando a hacer pelear hormigas y escorpiones que podría pertenecer a Buñuel), hasta el último instante de sus dos horas y poco de film. La brutalidad del calor, el salvajismo tropical del autoproclamado civilizador (que se disfraza de tal sólo mientras tiene dinero y medios), la jerarquía de la desgracia y de la desesperación que hace que un europeo pobre sea pobre, pero siga siendo europeo; todo eso y muchas más cosas será Clouzot aquí. Quien quiera encontrar esperanza que no la busque en El salario. Quien busque una reflexión social o, mejor dicho, una película mensaje, también puede alejarse. Clouzot a diferencia de los directores de la Nouvelle vague, que beberán de él pero que le rechazarán como ajeno al cine moderno, no se implica políticamente.

Así que ya sabéis: camiones de diez mil toneladas, nitroglicerina, odios territoriales transportados y miseria humana. Si la fórmula de la road movie es el autoconocimiento, qué mejor que los elementos anteriores (y no las drogas o la chapa pseudo-intelectual) para comprender que el infierno es el otro y, muchas veces, nosotros mismos.

 

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