EL RESACÓN QUE VIENE

El resacón que viene

Dicen que el debate à trois organizado por El País el lunes pasado supondrá un antes y un después en la organización de estos eventos preelectorales. Al margen de quién se llevara la palma y de las propuestas, exabruptos y payasadas que se pusieron sobre la mesa, lo más destacable nos pareció el posdebate: primero, el escandaloso parecido del presentador con el látigo progresista pope del periodismo del siglo XXI Ignacio Escolar; segundo, la doble ración de bilis que parecían haberse apretado la mayoría de comentaristas presentes.

Algo nos dice que esta bilis, entendida como dosis ingentes de simpatía vertidas sobre un objetivo con fines políticos, planeará sobre el común de los mortales en lo que queda hasta el 20 de diciembre. Incluso a las personas que están acostumbradas a ser blanco habitual de los ataques con esta sustancia puede parecerles excesivo lo que se viene.

Por otro lado, relacionar la apuesta institucional y la consiguiente inversión de fuerzas e ilusión de forma directa con el vaciamiento de las calles y de toda forma de política que no se tradujera en cantidad de votos es un argumento facilón y más bien flojo. Sin embargo sería de ilusos negar la evidencia: en el terreno de los movimientos y las iniciativas políticas y sociales de base hay un desierto prácticamente total.

Cuando pase el vendaval que está a punto de representarse en su forma más concentrada, lo que nos vamos a encontrar va a ser poco más que un escenario de tierra quemada (siempre hay lugar para las benditas y honrosas excepciones). Y es que con la frase Winter is coming a veces se nos olvida que en este planeta, en este hemisferio, en nuestras ciudades y nuestros barrios, en nuestros trabajos y nuestros paros, encima y hasta debajo de nuestra cama, el invierno empieza el 21 de diciembre.

Tocará recordar, para quien lo haya olvidado, que la democracia es algo tan grande que no cabe ni en las instituciones ni, mucho menos, en las urnas. Y que los medios de comunicación y los púlpitos mitineros no son el único lugar desde el que construir sentido común y producir discursos transformadores. Independientemente del escenario que se presente, tocará recuperar la ilusión por el asfalto, por tener que dibujarse la raya del trasero después de una asamblea interminable, por la sensación de hogar que transmiten los centros sociales y los diez cigarrillos por hora de una manifestación.

Será necesario volver a hablar de la realidad entre gente real y con palabras reales. Eso siempre que alguna divinidad no nos haga purgar nuestras culpas antes de tiempo y torture lentamente a toda la humanidad por haber permitido que una campaña electoral (de acuerdo, campaña no era, llamémoslo precampaña) incluya bailoteos, programas deportivos, carcajadas con Pablo Motos o saludables y deliciosas osbornadas.

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