EL RACISMO CONTRA LOS BLANCOS

El racismo contra los blancos

Carlos Heras


A finales de mayo de este año hubo una noticia graciosa proveniente de ese país que inventó la democracia moderna vía guillotina y la extrema derecha moderna vía Marine Le Pen —una de esas noticias que sólo son graciosas porque están al otro lado de los Pirineos—, a saber, que la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, condenaba la celebración de un festival afrofeminista que no permitiría la entrada de hombres ni personas blancas a la mayoría de sus espacios. Hidalgo anunciaba que estudiaría prohibir la celebración y se sumaban a la polémica, para mayor jolgorio, el Frente Nacional —que cuestionaba la celebración de un festival «racista y antirrepublicano»— y SOS Racisme —que lo tachaba de «una nueva provocación» y «un evento discriminatorio»—. Como se ve, se trató de una reacción totalmente cabal y proporcional ante un nuevo atropello a los derechos del que viene siendo señalado por varios y muy prestigiosos teóricos de la interseccionalidad como uno de los grupos más discriminados del planeta en la Edad Contemporánea: los hombres blancos europeos.

La anécdota me hizo mucha gracia, porque en ese periodo yo —que también soy hombre, blanco y europeo— vivía en Bolivia, un país donde la inmensa mayoría de la población es indígena o mestiza y los hombres blancos que trabajamos para empresas europeas sufrimos todo tipo de discriminaciones como vivir en apartamentos enormes, viajar en avión dentro del país, que gente que nos saca veinte años nos llame «señor» aunque todavía no se nos haya cerrado la barba, movernos en taxi rutinariamente y un sinfín de situaciones enormemente desagradables que no caben ni en Historia universal de la infamia, ni en una guía Michelín, por bien que pueda llegar a comer uno con su sueldo de precario europeo en el país más pobre de Sudamérica.

Y es que sobre la experiencia del racismo contra los blancos y la xenofobia me han preguntado varias personas, en general con la mejor intención del mundo. Y yo, con una sonrisa avalada por no pocos artículos cortos y contraportadas de libros sobre racismo, género y postcolonialismo, he tratado de decir que no, que el racismo es un sistema estructural que nunca se dirige contra la raza privilegiada y que, además, en general, «la gente por ahí te trata muy bien».

A menudo esta creencia mitológica viene alimentada de algún primo que estuvo una semana en Perú y alguien le habló mal o le indicó mal una dirección o incluso le dijo —seguramente en tono de chanza— que ya podía pagar un poco más por el café, después de quinientos años expoliando el continente, a lo que este primo, y muchas otras personas propensas a meterse en discusiones y defender sus derechos en un mundo tan hostil para los hombres europeos, habrá tratado de refutar con que, claramente, si él es español, eso quiere decir que no fueron sus tatatatata…rabuelos quienes conquistaron —quiero decir, descubrieron— América, sino los del interlocutor sudamericano que ahora le discrimina por un pasado del que él no tiene responsabilidad alguna.

Además de que, a veces, es la misma persona quien cree haber vivido episodios de racismo perteneciendo a la raza privilegiada y quien cree que no tienen ninguna responsabilidad por siglos de Colonia, porque «no fue su tatarabuelo, sino…», como si no se hubieran beneficiado de un sistema mundial de desigualdad que ha hecho desarrollado a su país y en vías de desarrollo al que visita, estas actitudes tienen algo en común. En ambos casos se realiza  una operación de individualización de un proceso colectivo y estructural que toma hechos históricos y dinámicas sociales como anécdotas y, de este modo, equipara una cosa con su contraria. Es un poco como el hombre que enarbola el 0’01% de denuncias falsas por violencia machista para criticar al feminismo, que como bien sabemos los hombres que a diario volvemos a casa asustados por miedo a que las mujeres nos violen, es «como el machismo, pero al revés».

Bueno, eso, que pasaba por aquí y quería aprovechar este monográfico sobre el odio para contarlo. Que me río mucho de estas cosas, pero las odio. Que en realidad no tienen gracia. O sea, hacen gracia porque son situaciones sintomáticas de privilegiados palpando un poco de miedo, pero hay que odiarlas porque contribuyen a banalizar problemas muy graves. Y me preocupa un poco porque parece que se está poniendo de moda, como decir que la ley de violencia de género española es discriminatoria contra los hombres, o que las cuotas de género en política y empresas benefician a mujeres mediocres.

Y es que quienes odiamos bien sabemos que la historia avanza arrancando privilegios, mediante la guillotina y mediante las leyes de paridad.

En serio: el racismo contra los blancos no existe, como tampoco existen el machismo contra los hombres, ni los banqueros solidarios. Por favor, no me lo volváis a preguntar.

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