EL PROBLEMA DE LOS GRAVES

El problema de los graves

Ilustración de Jaime Caballer. Texto de Enrique Maestu


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Después de tantas veces, no soy capaz de explicar esa cosa que me pasa cuando me doy cuenta de que estoy enamorada, cuando le beso y quisiera ser uno. Menuda moñada. Es una pulsión de asimilación, de juntura y de cierre, de progresión contra el tiempo, como si fuese marea. Nada, que no sé ni cómo decirlo. Pero es que, cuando duermo con él y vuelvo a casa, tengo en la tripa y en la espalda la memoria de su cuerpo vivo, como si me pesaran sus brazos todavía y como si, cuando nos dormimos a besos, el tiempo se nos volara hacia ninguna parte. Es el estar siendo contigo. Que es sólo un rato ya, que después nos damos la vuelta y jugamos a los lados de la cama. No me ladres, que yo sé lo que me digo y los mejores besos son los caníbales, en los que te muerdo los dientes y te como los labios, cuando la boca se dice ojo y horada con fuerza buscando enmarañarnos los cabellos. Hay una arquitectura de piernas entrelazadas y de sujeciones pélvicas que todavía me tengo que explicar. Hacer el cíclope decía Cortázar. Puto cursi. Tengo hambre y me duele la cabeza. Mucho cariñito pero ayer no cenamos; normal que me lo quisiera comer. Hoy meas en la terraza, Macoque. Una pizza estaría muy bien, sí, una pizza y que me coman el coño.

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