EL PLACER DE CRITICAR BIEN

El placer de criticar bien

Marta Fernández


Cuidaba su estilo, pero el placer de leerle tiene más que ver con la forma en que se ocupaba del de los demás. Antonio de Valbuena (1844-1929) hizo objeto de burla a políticos, magistrados, escritores, académicos y gente de letras en general, aunque él disputaría la calificación como tales de los llamados académicos —acostumbrados a estropear tranquilamente el idioma y a cobrar aún más tranquilamente sus duros— y cuyo diccionario renombra Almacén de majaderías o Diccionario de la Academia.

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Antonio de Valbuena, azote de la Academia

Dedicó especial atención a la administración pública y su ineficacia, cómico no sólo por el estilo satírico, sino también por lo actual de sus comentarios. Parecía que un amigo acabara de leer a Valbuena cuando me contaba hace unos días cómo había pasado las tres últimas mañanas en la oficina de extranjería para pedir un duplicado de la tarjeta de extranjero, preguntándose el infeliz cómo era posible que hubiera estado allí tres veces y aún tuviera que volver una cuarta…

Valbuena fue admirado incluso por aquellos que padecieron sus irreverentes críticas —e inmisericordes, a pesar de considerarse buen católico—. Emilia Pardo Bazán, objeto de befa en sus Destrozos literarios, junto con Pérez Galdós (a quienes consideraba «dos escritores genuinamente sosos, de sosura neta e indisimulable»[i]), escribió de Valbuena que «Si en este autor correspondiese la importancia del contenido novelesco y humano, al encantador desafeite del estilo, al sabor neto y puro del lenguaje, tendríamos un cuentista y la promesa de un novelista de primera línea»[ii]. Admitía además que «… este escritor se encuentra hoy entre los más leídos […]. Es un favorito de la juventud, los muchachos entre quince y veinte se lo saben de memoria»[iii].

La gran popularidad de entonces contrasta con el injusto silencio en el que ha caído su obra. Tan ingenioso y divertido como olvidado y ausente en librerías, bibliotecas y planes de estudio. Y es que Valbuena no aparece en los libros de texto, ni en antologías, ni en suplementos culturales, y cuesta encontrar autores contemporáneos que le hayan dedicado algunas líneas, limitándose éstas, en general, a algunos coterráneos de León.

Parece que nada pudo hacer Azorín para recuperar la memoria de aquel a quien consideraba «… un prosista de los buenos; en su prosa hay sabor castellano. Digo leonés». Cabe pensar que nadie lo hizo tal vez por su férrea defensa de Carlos VII, que le llevó primero al destierro y luego al olvido, o por lo indiscriminado de sus objetos de burla, por muy encumbrados que estuvieran.

Cuando se lee a Valbuena uno desearía que todas las polémicas fueran tan divertidas como las que él incita. Divertidas para el lector, claro está, porque el criticado solía verse cabreado e indefenso ante el integrismo lingüístico del leonés. A Menéndez Pelayo —o Marcelinito, como le llamaba aquél—, quien consideraba sus artículos «demasiado chistosos y picaruelos», se le atribuye una sentencia: «No escribiré la historia de la sátira por no citarlo, y se fastidiará porque yo dejaré treinta volúmenes y él dejará cuatro libelos»[iv]. A lo que Valbuena, que consideraba la ignorancia y el furor tan amigos, le contestó que se sosegara y dejara todos los volúmenes que quisiera, pero que más le valdría no dejar aquel de los versos.

Marcelinito, después de leer los pensamientos que Valbuena le dedicaba
Marcelinito, después de leer los pensamientos que Valbuena le dedicaba

Por lo que parece no sólo levantaba pasiones en el lector, sino que él a sí mismo también se hacía mucha gracia, admitiendo que «… desde que cojo la pluma hasta que la dejo después de terminado, me está retozando la risa en el cuerpo y a veces no la puedo contener y me río yo solo a carcajadas»[v].

Criticaba con tanta pasión que Unamuno —el inverosímil rector de Salamanca, de aficiones rocinescas— se refería a la desaprobación intransigente como «crítica a lo Valbuena», a lo que probablemente contribuyó que aquél le mandara volverse «… a la cocina del presupuesto a comerse tranquilamente su nómina y deje en paz la poesía, para la que su prosaica rudeza nativa le hace del todo refractario»[vi].

Sin embargo, el centro preferido de sus zurriagazos fue la Real Academia de la Lengua, llena entonces de políticos ambiciosos y poetas mediocres: «Las dos docenas de hombres más indoctos y ayunos de noticias del país»[vii]. Su Fe de erratas del Diccionario de la Academia es una recopilación de las definiciones del diccionario que considera defectuosas o simplemente malas, con comentarios sobre la torpeza de los académicos y que provocaron una gran controversia en la prensa. «¡Si hoy día llamarle a uno académico y llamarle majadero y mal escritor o decirle que es un as y otras dos letras viene a ser todo uno!»[viii].

Se burlaba de aquéllos —que hasta en lo más trillado del camino han de dejar huellas de su ignorancia— en conjunto e individualmente. A Manuel Cañete, miembro de la RAE en la época, y uno de los blancos preferidos de sus burlas, le dedicaba estas palabras:

«… pero como no hay nadie en el mundo que no sirva para alguna cosa y que no tenga su especialidad, usted, que no sirve para escritor, es usted un excelente acumulador de salarios. Y uno por la Academia, otro por Fomento o por Gracia y Justicia, otro por una empresa particular de beneficencia, otro por el periódico de Cuba, en fin, que reúne usted todo lo necesario para comer en Los Cisnes todos los días…»[ix].

Sobre el diccionario de autoridades propone algunas reglas para su uso:

«La ensalada de pepinos pasa comúnmente por indigesta y peligrosa. Sin embargo —decía un médico— el peligro principal de la ensalada de pepinos nace de no saber usarla. Yo conozco un procedimiento por el cual resulta esa ensalada completamente inofensiva. Al oscurecer, se pica el pepino cuidadosamente en trozos muy menudos; enseguida se adereza con aceite y vinagre, dejándola reposar toda la noche, y al día siguiente, en cuanto amanezca, se coge y se tira por la ventana. Una cosa así hay que hacer con el nuevo Diccionario de la Academia para que no haga daño. Se le ve en el escaparate de una librería, y lo mejor es dejarle allí, con lo cual se economizan un montón de duros, porque es muy caro; mas si por acaso se le regalan a uno y no tiene más remedio que aceptarle, entonces, o se le arrancan las hojas y se las va poniendo a disposición de la criada para envolver, o se le coloca cuidadosamente en un estante, con el propósito de no abrirle nunca»[x]. (Sic).

Hay que citar algunas de las definiciones que recoge el diccionario comentadas por Valbuena, como la de boina: «“Gorra redonda y chata, de lana, de una sola pieza y de uno u otro color, que se usa en las provincias vascongadas y en Navarra”, y que si alguno la usa en Madrid o en León ya no es boina, aun cuando sea de uno u otro color, como suelen ser todas las cosas, sin exceptuar a los burros de una u otra clase»[xi]. Y la definición de abestiado:

«“Que en cierto modo, parece bestia o tiene algo de bestia. Dícese de personas y cosas”. Pero….. señores, ¿cómo se ha de decir eso de las cosas? Las cosas son animadas o inanimadas. A estas últimas no se les puede aplicar el adjetivo. ¿Vamos a llamar abestiados a los adoquines de la calle de Valverde (aquella en que antaño se encontraba la Academia), al recipiente urinario que hay en medio de ella, o a la materialidad del diccionario que ustedes acaban de hacer? Y las otras cosas, las animadas, los seres animados que no son personas y que pueden parecerse a las bestias, son bestias, y llamar abestiada a una bestia es un pleonasmo como llamar ignorante a un académico»[xii].

Y pese a la irritación que les provocaba a los llamados académicos, no ignoraban sus comentarios, puesto que desde la edición siguiente (1894) desapareció el desafortunado último inciso de la definición.

O el comentario sobre la definición de silla de jineta: «“La que sólo se distingue de la común en que los fustes son más altos, etc.”. Por este sistema se puede llegar a definir el adoquín: el que sólo se distingue del académico en que es más pequeño, algo menos duro y con esquinas»[xiii].

En definitiva, que si alguien quiere pasar un rato divertido no tiene más que leer a Valbuena, si es que es capaz de encontrarlo.

valbuena_ripios-vulgares

[i] VALBUENA, A. (1899), Destrozos literarios.

[ii] PARDO BAZÁN, E. (1891), Nuevo teatro crítico.

[iii] Ibidem.

[iv] VALBUENA, A. (1888), Ripios académicos.

[v] VALBUENA, A. (1883), Ripios aristocráticos.

[vi] VALBUENA, A. (1911), Corrección fraterna.

[vii] VALBUENA, A. (1887), Fe de erratas.

[viii] Ibidem.

[ix] VALBUENA, A. (1883), Ripios aristocráticos.

[x] VALBUENA, A. (1887), Fe de erratas.

[xi] Ibidem.

[xii] Ibidem.

[xiii] Ibidem.

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