EL PEDANTE PLANCHAOREJAS

El pedante planchaorejas

Arantza Escudero


Un fantasma recorre Europa, se trata del fantasma del tío chapas. Aquel que aparece cuando nadie lo llama y que es capaz de absorber todo el aire de una habitación para llenarlo de referencias de todo tipo. Y bien, es cierto que la política está plagada de fantasmas que recorren nuestro discurso, a veces como amigas que susurran la palabra exacta que nos ilumina y otras que aparecen para fastidiarnos la vida. Con lo bien que estábamos. Es cierto que sin nuestros propios fantasmas no vamos a ninguna parte: en la mochila siempre llevamos uno que nos vamos leyendo en el metro, hay quien lucha con sus fantasmas y se tatúa algo raro, e incluso hay quien dialoga con gente de otro tiempo. Vamos a ver, incluso Harry Potter necesitaba del fantasma de Myrtle la llorona para que le salieran bien las cosas.

Pero no todos los fantasmas son buenos o tan deseables como para que los llevemos a cuestas en nuestros periplos. Existen aquellos de los que queremos huir. No por miedo o cualquier otro motivo habitual, sino por auténtica pereza. Aquellos fantasmas que están empeñados en demostrar cada dos frases que pronuncian lo maravillosos que son, lo inteligentes y lo bien que pronuncian Horkheimer. Si tenemos la mala suerte de toparnos con alguno de estos especímenes sólo nos quedan dos opciones. Podemos recurrir  a una paciencia infinita y confrontar a este fantasma para revelar sus vergüenzas u optar la versión más clásica de todas, hacerse la sueca, sonreír a todo y en cuanto puedas irte a la otra punta del bar. O de la ciudad.

Hay quien define la vida como una sucesión de encontronazos con gente insufrible. Hay formas de intentar esquivarlos, pero será imposible salir airosa si transitas por su hábitat natural. Reserva natural de la cuñadosfera. La política y el bar, y casi siempre uno detrás de otro y suma y sigue. La cosa al parecer va de tirarse triples con los ojos vendados, llamar a Vargas Llosa Mario, y saber exactamente cómo solucionar la crisis. ¿Cuál? Pues todas.

Si en un bar al menos la cosa va de cañas y tapas, cuando hablamos de quienes se dedican a la militancia  política ―y más aún en un colectivo universitario― la cosa se pone moruna. Está quien afirma comprender los fundamentos más ocultos del marxismo, quien sostiene que hay que hacer tal o cual cosa porque lo leyó en la política de Aristóteles, el repetidor de eslóganes y por si acaso, el típico chumacho que en una asamblea o reunión te larga un tostón tremendo sobre Jacques Derrida creyendo firmemente haber comprendido la totalidad de su obra, cuando en realidad lo único que conoce del ilustre francés es el título de algún libro que le contó algún infeliz. Puro chantaje.

Esos son los peores fantasmas, los que han de arrastrar sus conocimientos o la deplorable exhibición involuntaria de falta de los mismos en un ejercicio loable de auténtico autobombo personal a costa de las migrañas y jaquecas de sus compañeros, y sobre todo compañeras, de militancia. Queridos amigos intelectualoides, que camufláis vuestros miedos leyendo libros con títulos de palabras esdrújulas, buscando entre las páginas alguien que os abrace y os diga que todo va a salir bien si invocáis sus nombres en todas las conversaciones. Queridos, no sé quién os dijo que citar a Hegel en alemán nos excitaba, pero seguramente había bebido. Como yo para aguantaros.

Reconocedlo, ser pedantes en la barra de un bar es siempre mucho más divertido que cuando, mientras expones con firmeza las tesis de Feuerbach, jugueteas con la idea de que tantas horas de biblioteca y de lectura sesuda de algún autor, de preferencia de nombre impronunciable, también sirvan para impresionar a esa chica que crees que te mira con ojos de admiración y de deseo. Y por fin crees que has dado con la tecla para llevártela a casa, ponerle un disco de Silvio Rodríguez y consumar lo que tanta palabrería te ha costado. Pero no, las tres cervezas que te has pimplado te confunden. No es admiración lo que brilla en su mirada, es hastío, provocado por la cantidad de veces que le has expuesto la misma idea en bucle. Y tú sigues, y a ella no le queda más remedio que subir la apuesta. Un gin-tonic por favor. ¿Sabe qué? Mejor sin tonic, sólo gin.

Las fantasmadas a las que estamos habituadas las mujeres en general suelen brillar siempre por su falta de originalidad. Quién no ha escuchado alguna vez «Sí, bueno, mi Mercedes Benz…», o algún alarde similar. Pero cuando nos adentramos con la determinación de espeleólogas en el microcosmos de la política y de la militancia, estas frases destinadas a dejarnos epatadas cobran un cariz mucho más inusual. Frases del tipo «Yo me leí los Discorsi de Maquiavelo en italiano original por primera vez a los diez años», «Lo del 15M se me ocurrió a mí» o «Yo fundé la revista CTXT». Todas estas frases las ha escuchado servidora, en distintos contextos y de distintos emisores, pero todas ellas a unas horas y en unos ambientes en los que, francamente, una señorita de bien no debería estar hablando de Maquiavelo. Ni con nadie que crea que invocándole salvará la noche.

Pero, ¿y el porqué de estas fantasmadas? La respuesta digamos que no está del todo clara. Tal vez crean que es el rito de apareamiento por antonomasia, que nos vuelve tarumbas y nos hace caer rendidas a sus pies. Tal vez lo hagan para demostrar que ellos no son sólo más inteligentes que tú, sino que además han leído a una veintena de autores más, han escrito sobre ellos y han subido el Kilimanjaro de espaldas mientras leían algún filósofo. O quizás lo hagan precisamente porque no lo han hecho, pero aun así se esforzarán en que tú no te des cuenta usando, no ya de escudo, sino de arma arrojadiza, las tesis de algún tercero para ocultar sus inseguridades. O quizás la razón sea que se están construyendo, reforzando e implantando masculinidades. Menudos fantasmas.

Esperemos que tengan cura, que estos intelectuales de pacotilla estén siendo meras marionetas de fantasmas que les poseen, les obligan y empujan a esta pedantería mal justificada y peor escenificada. Esperemos de corazón que, al igual que en las novelas, una vez resueltas sus cuentas pendientes con este mundo se marchen. Y, por favor, que esas cuentas no sean sermonearnos, que aquí no hemos venido a hablar de vuestros libros.

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