EL PACÍFICO EN MOTOCICLETA

El Pacífico en motocicleta

Ceferino Fonseca


Todos los días llueve en el meridiano 110°, 27° Latitud Sur. O, por lo menos, no hubo día que estuviera en aquella isla del Pacífico en el que no acabara calado de una lluvia cálida que al tocar la tierra se evaporaba. Venía viajando solo, nadie me acompañaba, pero en el barco que a primeros de abril zarpó de Valparaíso trabé amistad con la tripulación de un viejo carguero, cordón umbilical entre los más de dos mil kilómetros que separan la costa chilena de la Isla de Pascua. Tras casi un mes de navegación en aguas frías y arboladas, avistamos los acantilados de la costa sur de Rapa Nui, un bastión lítico que se eleva sobre sus extremos, cuyas cumbres alojan sendos cráteres de una actividad. Tardé un rato en caer en la cuenta de que la isla no flotaba, elevándose y hundiéndose en el mar, sino nosotros, y por eso al atracar en el diminuto puerto de Hanga Roa tomé el primer contacto con tierra firme tras tres semanas deleitando a los turistas y locales con unos pasos que de puro mareo eran estrambóticos. El barco no me esperaría más de cinco días y, según me habían hecho saber, dentro de un mes atracaría otro carguero que cubría la línea con Tahití. Ante mí, todavía en el muelle, se alzaba a mi derecha la pendiente del volcán donde mora el dios Make-Make y desde allí, con escuadra y cartabón imaginarios, calculé después unos veinte kilómetros hasta el norte de la isla. Todavía en el puerto, las olas batían fuerte contra las rocas.

Por aquellos días, llevaba más libros que camisas en mi mochila y más ganas de escribir que de hablar entre las manos. Quizás acostumbrado al lento pasar del tiempo en las semanas del barco, resolví no hacer nada demasiado apresurado y esperar a que crecieran los días por sí solos en una isla que no tiene mareas. Después de mirar un ratito el mar de mediodía, lo mejor era buscarse un lugar barato para dormir en una isla donde cada día aterrizan dos aviones de Santiago y otro de Tahití. La isla se llena y se vacía cada de día de turistas de pantalones cortos, calcetines largos, chalecos de Panama Jack y sombreros de pescador. Buscando su lugar en la historia se fotografiarán en las mismas posiciones frente a los moais que como hicieron junto a la Gioconda o la torre de Pisa. Nadie cultiva en Rapa Nui porque se sigue una estricta dieta occidental donde cada día llueve el maná. La isla se come a los turistas, pero porque los primeros de éstos se comieron la isla.

En esto venía pensando mientras me había acercado a un camping cercano al puerto, donde por unas pocas lucas podía dormir en una antigua tienda y cocinar en un barracón especial para nosotros, los visitantes low cost. Nadie que llegue a la isla es otra cosa que un turista, no es otra cosa que alguien que ha elegido estar allí, alguien a quien no le ha bastado con ver las fotos. Nadie llega por casualidad a una isla separada a dos mil kilómetros de cualquier otro islote habitado. Ni siquiera los primeros moradores llegaron por azar hasta allí, sino guiados por las corrientes y estrellas desde la Polinesia. Ahora pensaba en los viajes del antropólogo noruego Thor Heyerdahl que en 1947 navegó 4700 millas desde Perú hasta un arrecife en el atolón de Raroia, en las islas Tuamotu, en una embarcación formada por nueve troncos y una vela amarrados por cordeles vegetales.

También me acordaba de los catamaranes de las islas Fiyi, que tantas veces había visto en La balada del mar salado de Hugo Pratt. Me imaginaba como un contrabandista en el Pacífico de antes de la Guerra Mundial, surcando las aguas, asaltando los buques de la marina mercante y formando parte de una red secreta de saqueadores en el otro lado del mundo. Andaba despacito porque, mientras pensaba, ya me había procurado alimentos suficientes en el bazar para los habitantes de la isla, y ahora me pesaban las cestas de provisiones.

Me senté a descansar bajo un cartel que advertía a propios y extraños que Rapa Nui nunca cedió su soberanía a Chile y empecé a pensar en las historias que la gente de Valparaíso me habían contado sobre los habitantes de lo que ellos llaman «la isla». Antes de caer la tarde, conseguí arreglar un trato para alquilar una moto con el joven Felipe, natural de Temuco y que vive ahora por aquí buscando platita de los gringos. Después el cielo se fue volviendo violeta y después cian hacia el oeste, y todos nos sentamos a ver con ojos de ratita el naufragio del sol atemperado entre chasquidos de espuma del golpear del mar contra las rocas. Después cenamos y esa noche, en mi tienda pegada al mar, soñé con que a la isla le barría una ola.

Y los días pasaban, por las mañanas saludaba a los moais derribados del este de la isla y me sentaba a leer entre los prados de roca volcánica. Leía libros que había sacado de la biblioteca financiada por Bill Gates en Hanga Roa, y el tiempo no tenía más importancia que el preguntarse si esa nube tendría forma de cacahuete o anacardo. El carguero de Valparaíso se había regresado y no quedaba más que esperar al mes siguiente. Mientras, los aviones aterrizaban y se iban en la diminuta pista. Me puse el casco y comprobé que las empanadas de pino que había comprado seguían intactas. Contacto, primera, gas y giro de 180º hasta enderezar la vuelta a la carretera. Ningún coche en el horizonte y cambio de marcha. Acelero y las curvas que circunvalan el interior de la isla van quedando atrás mientras el viento sopla llevando la sal que golpean las olas. Los turistas siguen haciendo poses frente a los monumentos megalíticos. Hay guías que cuentan historias con acentos de misterio, hablando de la épica guerrera y de las guerras tribales y buscando la tiritera cuando dicen que la isla es un lugar de avistamiento de ovnis. Nadie siembra en Rapa Nui, pero se recoge.

Buscaba sacar de mi cabeza algunas cosas que me atribulaban, por eso me refugiaba muchos ratos en Rano Raraku, cantera de moais y muchos recovecos solitarios, para buscar los lugares donde poder ejercitar ese extraño placer que es poder ver el mar a este y oeste. Aceleraba la moto ladera arriba cuando en una curva encontré a una chica que caminaba descalza ladera arriba. Paré la moto un poco más adelante y grité:

—¿A dónde vas? Where are you going?

No parecía entenderme así que apagué la moto e insistí:

Where are you going?

I speak spanish —respondió al fin mientras se quitaba el sombrero pescador—. Voy a vel moais.

—Todavía quedan varios kilómetros, ¿por qué no has ido en coche?

—Yo iba, pero hombre de coche muy desagladable, y yo quelel bajal. Por eso estoy andando ahora.

Le dije que iba de camino a la cantera y podía llevarla. A ella no le pareció mala idea y cuando nos presentamos no entendí su nombre. Me había parecido entender Ceres, pero ése es el nombre una luna de Júpiter y seguro que no había tantos hippies asiáticos en Taiwan como para tirar de mitología griega. Le volví a preguntar:

—Me llamo xxxxxxx —no entendí de nuevo—, pero sé que es difícil, así que llámame como me gusta, llámame Cereza.

Se subió a la moto, pasamos el día juntos. Me contó que llevaba un año viajando por el mundo y que antes se dedicaba al negocio de exportación de mercancías, que ganaba bastante dinero pero que odiaba su trabajo. Por eso un día se le hincharon las meninges y lo mandó todo al carajo chino (sea lo que sea que sea eso), y desde entonces viajaba aprovechando la suerte y la buena voluntad de la gente. No quería, pero al final le acabé contando mi vida y para el final de la tarde habíamos recorrido la mitad de la isla en motocicleta y nos habíamos hecho íntimos. Por eso no fue extraño que, cuando —aprovechando la hora de la cena de los turistas average— nos fuimos a bañar entre los últimos suspiros de la tarde a la diminuta playa de Anakena, acabáramos besándonos en el agua y haciendo el amor tras unos moais, a buen resguardo de las miradas que nos pudieran dirigir los alemanes rezagados del chiringuito.

Cereza olía a sal y tenía los labios mudos mientras nos entrelazábamos, sin mediar palabra, como representando la parte que nos toca en esa obra, y como se buscan los viajeros cuando aman, con generosidad egoísta como atrezzo de una sensación de continuo soliloquio que necesita parar. Por eso yo seguía con las manos en su espalda y ella apretada contra mi pecho mientras nuestras frentes pegadas nos vigilaban nuestros ojos abiertos, mientras su pelvis se ejercitaba contra mí. A la espalda de un moai en Anakena acabamos haciendo el amor, aunque esa noche no hubiera luna llena. Cuando regresábamos de noche a través de los bosques de eucalipto de vuelta a Hanga Roa, ya no pensaba en nada. Aquella noche no había nubes y tampoco llegaba a oír las olas.

Tras unos días Cereza se fue y me pidió que le enviara las fotos. A día de hoy todavía no lo he hecho y me da una pereza enorme hacerlo. Se subió a un avión rumbo a donde sea y yo volví a terminar mis libros y un par de historias que en aquel momento estaba escribiendo —y que para mi desgracia perdí en una mala borrachera en Santiago—. Me estaba costando irme de la isla. Los aviones seguían llegando y se iban, pero ningún barco en el horizonte, así que por las mañanas pasaba revista a todos los moais para comprobar que no se habían movido. Allí conocí a una buena señora danesa que, siendo compositora, viajaba desde hacía años junto a su compañero brasileño, negro y de larga barba blanca, en una ligera corbeta dando vueltas al planeta y escribiendo libros de viajes. De ella aprendí todo lo que sé sobre la armonía en los discursos, y que la mayor parte de las veces que ves un rayo verde en realidad te lo estás inventando. Pero eso es otra historia, y ya había descubierto más de una rata tratando de robarme la comida que tenía en la tienda. Quid pro quo.

Venía de fotografiar turistas haciendo fotos a la puesta de sol cuando me crucé por la carretera con un niño de unos cinco años, que solanas manejaba una moto de plástico ladera abajo. Me paré a hablar con él y me dijo que se llamaba «Javié porque se le habían caío los diente de éche».

—¿Y dónde están tus padres, Javier?

—Están ateniendo a os gringos culiaos.

—¿Están trabajando?

Chi.

—¿Y qué hacen?

—Se disfrazan y hacen bailes, pa los turista.

—¿Y tú qué haces?

—Yo con la moto de aquí pa allá por la laera.

—Oye, Javier, ¿te gusta mi moto?

—Chi

—¿Y yo? —digo mientras me quito el casco y saco la lengua poniendo una mueca de monstruo—, ¿yo soy gringo?

—No —dice—. Tú eres feo.

Nos reímos los dos, chocamos los cinco y me despedí de él. Ya se veían todas las estrellas bien puestecitas sobre nuestras cabezas. Sólo faltaba por aparecer la tortuga que dormitaba bajo nosotros y sobre cuyo caparazón se había creado la isla. El día que se despierte y la isla se vaya, no habrá nada que ver en el meridiano 110°, 27° Latitud Sur. Y yo tampoco, que ya había cumplido la promesa que le había hecho a mi madre de saludar a todos los señores moais. La isla me estaba atrapando y tenía miedo de salir de ella. Llevaba días atravesando la isla con la moto, dando círculos en vueltas y vueltas hacia ninguna parte. Era el momento de escapar y sin ningún barco en el horizonte. Compré un boleto de avión y volví a Santiago. De tal manera que, cuando el piloto del Boeing soltó los flips y el avión se soltó del suelo, vi la isla desaparecer como un trazo de tiza.

Todavía hay noches en las que sueño con la carretera atardeciendo, con la brisa del mar impregnada en los pulmones, acelerando de vuelta a Hanga Roa con Cereza agarrada a mi torso. Sueño con dividir el mundo entre este y oeste desde la magnitud de esa isla, tan pequeña que un borrón de tinta colegial en un mapa la devolvería a que sólo las corrientes del mar supieran de su existencia. A veces sigo soñando con volver a cruzar el Pacífico en motocicleta.

 

 

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