EL OTOÑO Y LAS PASIONES TRISTES

El otoño y las pasiones tristes

El otoño se nos presenta tres veces —como diría el viejo Marx—, una vez como farsa, otra como tragedia y otra como una puta mierda. Por suerte nos quedará siempre Madrid

Enrique Maestu


En esto llega un día en que los jerséis se han apoderado de tu moldura y acarician recursivamente los antebrazos en un continuo arremangarse las costuras de unas lanas tremendamente bien entrelazadas. Ya se acabaron los atardeceres incendiados desde Madrid Río o el parque del Oeste, y quienes hasta ahora transitaban los parques del Retiro o de Berlín, hastiados por retomar la rutina del trabajo, se dilataban ufanos en las todavía largas tardes que se prodigaban hasta la cena. El rojo de los gazpachos se destiñe deviniendo en los purés de calabaza, y la alegría de los niños se pierde en la recurrente tarea de los esquemas de Sociales y las quebradas.

Quien hace un mes se había propuesto ir al trabajo a pie se encuentra sentado en un autobús mirando las cristaleras, las bicis se guardan en trasteros, primero bajo la firme creencia de que estorban en casa, después como vergüenza de otro propósito no logrado. Los gimnasios a estas alturas ya sólo albergan a los cruzados de la causa de la fibra, y más de un salubre ciudadano ha mirado a escondidas el carné de la palestra a la que apenas acudió más de tres veces. Los cursos de alfarería y bolillos se desvanecen entre la premura que impone la rutina de un mundo repartido en tan sólo veinticuatro horas. «Este año escribiré una novela» y «Querría aprender inglés» son letanías que afloran cuando los hijos del agobio se encabronan cuando ese metro que los lleva o los trae del trabajo se demora más de lo pactado por la democracia del timeline.

Y entonces te descubres que si agosto fue el mes en que pensaste en todo lo que te apetecería hacer estos próximos meses y septiembre fue el mes de las transiciones, octubre se convierte en ese territorio de cinco semanas en las que se aplica el derecho al olvido del verano. Y hasta aquí todo bien; bueno, correcto, o quizás no tan malo. Pero la desaparición de la rutina frustrada acompañada del escaqueo colectivo de los lugares abiertos y la acumulación de tareas-extremadamente-urgentes-pero-tremendamente-banales permite aflorar a borbotones la melancolía que este frío otoñal tan oportuno conserva tan bien como la tristeza de uno mismo. Ya sólo quedan turistas en la Plaza de España, y en la Plaza Mayor los calamares se te están quedando fríos mientras miras una paloma a la que le faltan dos garras en una pata. Hay quien incluso se anima y vuelve a un viejo libro de poesía de alguien intensísimo; disfruta algunas horas y chequea el Twitter. Allí por lo menos todos los estados de ánimo son colectivos. Volvemos a los libros de viajes y los jóvenes universitarios empiezan su tránsito cíclico para convertirse en la nueva hornada de poetas malditos, malditos poetas que no riman ni una y cada vez los libros son más caros. Y así, te enfurruñas porque la vida en otoño es una mierda y otro año más te está saliendo todo mal, joder, y te acuerdas de tu exnovia porque la chica con la que te habías hecho ilusiones te ha dado calabazas y en Halloween te has disfrazado de algo que nadie ha entendido, y, joder, la ginebra cada vez es más cara y qué coñazo tener que sacar la basura o tener que volver a leer a Kierkegaard. Ya has tocado fondo.

Quizás entonces te susurras al oído que a lo mejor no está todo perdido, que la trenca sirve también para robar en los supermercados queso parmigiano, que tampoco podrías pagar muchos meses el gimnasio porque no tienes tanto sueldo o que si no coges la bici es porque llueve cuando menos te lo esperas, y como llueve por lo menos no respiras ese aire contaminado por nuestras prisas. Y te descubres disfrutando de los colores de los parques en un mañaneo en Debod o del frío que se te pega al pecho en plena bajada en bicicleta por la calle Embajadores hasta llegar a Legazpi, y aunque te duele te alegra porque vuelves a casa después de ver a unos amigos que te han contado no sé qué chanzas y, de la necesidad virtud, se ha hecho de la tristeza algarabía en un bar que van a cerrar en Lavapiés. Y aunque a todos se nos escapan miradas de soslayo para verificar si es ficción la alegría del reencuentro, la calidez que el pasado nos profesa encuentra un feraz acomodo en que, hasta ahora, la cosa funciona.

Así que cualquier dia de éstos te han entrado ganas de ver una exposición que te han dicho que es interesantísima y te lo han dicho con unos palabros que parecen de Mad Max, pero vas. Incluso de camino, descubres que todavía existe el teatro y te das cuenta de que hace tiempo incluso pensaste en ir, pero ya has llegado y tenían razón sobre la muestra, la basura está muy bien colocada y la gente entona más palabros que reverberan como estornudos. «Metaconcepto», «recognición». Por casualidad acabas hablando con alguien que tenía amistad con la colega de una amiga, y que tras dos cruces de miradas ha hecho inevitable el saludo, pero que ahora está contigo en otro bar llamado el Selva contándote que el otoño deprime y que tras sus ademanes barriobajeros se esconden inquietudes concordantes con tus propósitos frustrados. Es entonces, y sólo entonces, cuando comienzas a amasar en tu cabeza la idea de que si te besa —si te besara— podría ser un buen fármaco para acabar con el otoño de las pasiones tristes.

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