EL OLOR ACRE DEL LENGUAJE ACADÉMICO

El olor acre del lenguaje académico

Ceferino Fonseca


Estoy seguro de que en más de una ocasión lo habréis notado, cuando al abrir algún libro de ensayo y tras un rato de lectura, paseando los ojitos por los marcos teóricos, llega una frase que se atraganta y las pupilas accionan el freno de emergencia para dar marcha atrás. «La actual recomposición de las clases medias es sintomática de un conjunto de comportamientos estructurales que redundan en el consumo de substancias superestructurales concomitantes con su relato material bajo la denominación de mercancías, bienes de consumo o intercambios simbólicos de estatus». Hay libros que se escriben sin compasión, como si no atendieran a que es posible empezar a leer un ensayo de economía política un lunes por la mañana tras una ruptura de fin de semana, que si te lees un libro de la UNED es porque te obligan, o que cuando se dobla la solapa de un ensayo es porque se albergan fuera de las páginas más dudas de las que se espera encontrar dentro. Es un lugar común decir que en un buen libro encontraremos respuestas o al menos mejores preguntas. El problema es que esa sentencia que raya la autoayuda para hacer soportable nuestros límites cognitivos (que no somos tan inteligentes como creemos) está construida a partir de alinear palabras que construyen un lenguaje que al ser leído dice al menos dos cosas. Nos habla de una serie de personas que han tenido una serie de problemas y como han tratado de encontrar una solución. Pero, sobre todo, nos cuenta como el autor ha conseguido meter esta historia a menudo magmática y contradictoria, dentro de una cadena de montaje en la que en cada etapa del proceso de creación moldea esa historia hasta que sale de imprenta.

En nuestro jovial siglo XXI la tarea de los intelectuales es la del ensamblador de palabras que también dicen que son conceptos y categorías. Como si de un coche se tratara, a la democracia hay que ponerle el ABS y decir que es «democracia avanzada», y si queremos elevarlo a gama Premium en esos ensayos habría que añadir otros adjetivos como «desvirtuada», «eficaz» o un buen prefijo. «La gestión de los sentimientos relativos a los afectos se mueve en una perspectiva axial entre el organigrama de equilibrios del sujeto y su posición dentro de una ligazón social que traba en su densidad la precosmovisión dada». Y así, los conceptos cada vez engloban más palabras, y los arboles de categorías, subcategorías, meta-categorías, sub-meta-categorías que amenazan con agotar el nutriente que da sentido a contar una historia o atreverse a plantear un problema. Nos secan los ojos con juegos de palabras que suenan sin poesía y que lejos de orientarnos, nos reorientan dentro del palacio del propio autor, no del problema en cuestión. Parece como si lejos de querer escribir sobre la democracia o cualquier otro tema, nuestros intelectuales quisieran hablar de sí mismos en una obra que trata a los conceptos de personajes y disfruta con la cadencia agotadora de las subordinadas tan infinitas como poco elucidarias.

En fin, en nuestra «democracia limitada» todo el mundo es libre de hacer lo que quiera mientras no haga daño a otro. Supongo que muchos autores no se plantean si los árboles cortados necesarios para editar el libro no serían más útiles produciendo oxígeno y sombra en las tardes de verano, que siendo bañados por la tinta de sus larguísimas palabras. Parece muy difícil diagnosticar cual ha sido el daño real de los espadachines de la charlatanería académica. Ataques de nervios, depresiones, miopía y desde luego odio, mucho odio justificado hacia quienes utilizan la tarea de pensar para matar el pensamiento bajo una pretendida rigurosidad que, en último término, es tan volátil como el salario de un borracho. Cuando se leen sus libros ya no fluye un alegre olor a tinta fresca, sino un leve olor acre a prepotencia y a sistemas de citas perfectamente alineados. Tener que leerles es el precio que pagamos todos porque quienes viven las historias hace tiempo que dejaron de escribirlas o, al menos, escribirlas sin querer salvarse a ellos. No se puede ser poeta y analista, salvo que te parezcas a mí, que he dado con mi aportación definitiva a la academia, ésta es: «Nos mean y dicen que llueve». Y así va todo. Me he convertido en lo que odio.

 

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