EL «NO» Y EL SENA

El «No» y el Sena

De París, récords y vanidades

Rod


Los récords son algo muy idiota. Algo que sólo puede existir en un mundo como el nuestro que se esfuerza en hacer de la cantidad, la rareza y la exclusividad algo positivo, y que sirve únicamente para que quienes no son capaces de otra cosa pero sí de saltar muchas veces o ponerse más pinzas que tú en la cara, o hacer tortillas ciclópeas para que esos colectivos puedan tener una efímera gloria en forma de aparición en algún programa depauperado de televisión que emiten los domingos para que seres de resaca quieran morirse más.

Pero yo no venía a hablar de récords, aunque sí de vanidades. Porque yo, un ser poco dado a participar de estas efusiones del «y yo más» o del «y tú menos»; yo, una persona que durante la mayor parte de su vida adulta (bonita expresión) ha destacado por hacer exactamente lo que se esperaba de ella: carrera, máster, doctorado; se cansó de aquello. Pues el mismo que es reo confeso de todo lo anterior tiene también su pequeña cuota de vanidad y de miseria humana (deliciosa miseria humana).

Y es que, sin salir de mis modestas capacidades y con total humildad, me creo en posesión de un récord, un pionero en un campo que se me antoja algo inusual. No porque sea algo que no nos haya pasado alguna vez a casi todos los seres que aquí estamos, sino por todo lo que rodea geográficamente mi fracaso. Porque, al final, de eso iba todo. Aunque, realmente, tampoco me parece que ése sea el nombre que mejor refleja ese acontecimiento que para mí, visto desde la distancia, se ha convertido en una performance increíble del amor en el siglo XXI y de nuestra frágil (y en mi caso, idiota) condición, y un aprendizaje muy valioso para el futuro.

Pero ya está bien de introducción, o al final no habrá ningún artículo. Yo tenía diecisiete años, así que la cosa empieza bien. No era especialmente tonto para lo que podría haber sido, o esa impresión me da a mí ahora, aunque pueda que sea especialmente benévolo. Era un bigardo con ideas confusas sobre casi todo, y especialmente sobre las relaciones, el amor, el sexo o como se quiera llamar, y por supuesto era totalmente inexperto en el asunto —y aún me quedaban unos cuantos años de serlo, lo cual yo por entonces no sabía (cosa lógica)—. Mi curso, 1º de bachillerato, hacía su viaje de estudios a París; todos los grupos, desdobles y opciones, en una mezcla de viaje cultural y etílico que había de ser el último ya que en 2º no se iba a ninguna parte.

Yo, que por aquel entonces estaba bien metidito en la idea del amor romántico, puedo calcular perfectamente quién me gustaba en ese momento: se llamaba Paula. Había venido en ese mismo curso de otro colegio, era muy inteligente, inquieta, inconformista y muy guapa. Me dejó en una ocasión un disco de John Lee Hooker y había leído a Hesse, qué iba a hacer yo.

Y así, llegamos a París. Una de las últimas noches de aquel viaje, como deferencia especial para nosotros —troupe incansable de anormales—, nos llevaban a dar una vuelta en el barco que por la noche hace un pequeño recorrido por el Sena, el Bateau Mouche. Mi mente, una parte de mi cuerpo con ciertos delirios, estaba encantada con la posibilidad que ofrecía tan singular marco para un ridículo fundacional de mi etapa como adulto. Y así, emulando —pero a la inversa— a tantos iconos de nuestro universo cultural occidental, recibí un sonoro No en un barco que iba sobre el Sena.

Esto creo que inició en mí un deseo de buscar lo inusual en mis historias tristes, y así años después me volverían a decir que no en las fiestas del PCE.

Últimamente ya no me pasan estas cosas y me dicen que no me quieren en bares y sitios más normales. Pero yo, que tengo cierta inquietud y cierto gusto por el dolor, yo quisiera saber cuántas personas han visto su amor rechazado en un barco en París, para saber si el récord está muy compartido o si aún puedo seguir contándolo como si fuera inusual.

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