¡EL HORROR, EL HORROR!

¡El horror, el horror!

Vicente Nascimento González


 

Descubrí a Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) a través de La desfiguración Silva (Arte y Literatura, 2014[i]), su —atención: tópico periodístico— opera prima. Ganadora del premio de Novela Latinoamericana ALBA hace dos años, la obra, tan breve como conceptualmente densa, hizo nacer en mí la sospecha de que me encontraba ante la culminación de un largo proceso creativo, como si la autora llevara toda una vida escribiendo y aquel texto fuera su punto de giro, el libro con el que Ojeda hubiera experimentado un punto de inflexión en su producción.

Cuando uno se para a analizar La desfiguración Silva encuentra numerosas fórmulas, prácticas, tics que recuerdan al mejor Bolaño (especialmente, aunque no sólo, al de Los detectives salvajes). No hablo tanto de su estructura, hecha a partir de «entrevistas levemente retocadas», a las que se le añaden guiones cinematográficos, ensayos, cuadernos de viaje o filmografías (esta forma de narración ha tenido suficiente cultivo allende los mares como para reducir la práctica a la órbita Bolaño). Pienso sobre todo en el tratamiento que reciben sus protagonistas, los hermanos Terán. Éstos nunca toman la palabra: se limitan a ser narrados a través de sus «damnificados», de suerte que la novela toma forma a partir de esa ausencia que constituye el trío de los Terán (la asociación entre ellos y el dúo Arturo Belano/Ulises Lima es evidente). Ahora bien, una de las señas (creo) de la autonomía intelectual de Ojeda es su capacidad de aprovechar el modo Bolaño como punto de partida, y no de llegada, a modo de herramienta y no de modelo, consiguiendo así que La desfiguración Silva no se contentase con ser epigonal.

Una vez me enteré de que Ojeda había publicado Nefando (Candaya, 2016), casi me da un jari. Lo comencé deseando que me arrastrara, cuando menos, como lo había hecho su primera novela. Había depositado un cerro de expectación en ella; después de terminarla, no puedo sino apostar que dentro de cinco años Ojeda se habrá consolidado como una referencia indispensable para la literatura escrita en nuestra lengua. Muy brevemente, podríamos decir que Nefando es una exploración sobre los límites que tiene el lenguaje para transmitir satisfactoriamente las experiencias del placer y (sobre todo) del dolor: la novela trata de tensar el discurso, de retorcerlo para alcanzar la comprensión del sufrimiento del Otro y poder así traspasar la indiferencia. En palabras de uno de los personajes:

La literatura no puede distraerse con elefantes, tiene que apartarlos y ver al acróbata caído, interesarse por su sufrimiento, por la mueca de dolor con la que lo llevan tras las bambalinas porque desentona, porque rompe la armonía, porque obsceniza el espectáculo (p.14).

El núcleo de la obra lo constituye Nefando: viaje a las entrañas de una habitación, un videojuego incomprensible alojado en la deep web sin un objetivo claro, en el que el escenario virtual sirve de soporte para la reproducción de algunos de los contenidos más abyectos de Internet, desde la pederastia a la necrozoofilia.

A partir de este centro, Ojeda pergeña una trama no lineal en la que se tratan de averiguar los motivos que llevarán a los autores intelectuales del videojuego a diseñarlo. Dichos ideólogos no son otros que los Terán, un trío de talentosos hermanos salidos de Ecuador. Si en La desfiguración Silva sus propuestas artísticas se relacionaban con los límites de la autenticidad y la falsificación, la realidad y la representación, pareciera que en Nefando existe (por parte de los mismos personajes), por un lado, una profundización en sus obsesiones anteriores y, por otro, un perverso interés en indagar sobre los límites del arte y los materiales con que éste se crea. Una interesante diferencia con La desfiguración Silva es que en Nefando sí existen momentos en los que los Terán pasan de ser personajes únicamente enunciados y se transforman en enunciadores; sus voces, aunque absoluta y evidentemente capitales para comprender la historia, ocupan no obstante un espacio mínimo en la narración (si vamos a ponernos cuantitativos, diré que cada uno de los hermanos dispone de un único capítulo para manifestarse sin la mediación de los otros narradores: tres capítulos de un total de treinta).

La mayor parte del protagonismo enunciador lo reciben los compañeros de piso de los Terán: Kiki Ortega, quien escribe una excesiva pornovela que busca sabotear la indiferencia del lector pasivo, «una novela sobre la crueldad, una novela destinada a perturbar» (p.8); El Cuco, programador de Nefando; e Iván Herrera, alumno del Máster de Escritura Creativa rabiosamente enfrentado con su propio cuerpo. Los tres personajes constituyen casi toda la narración por medio de entrevistas marcadas por el monodiálogo (sabemos de quien les entrevista que es ecuatoriano y poco más: casi la totalidad de sus intervenciones no son sino una excusa para hacer hablar a los entrevistados). Resulta fascinante la forma en que Ojeda mezcla las entrevistas, en las que los personajes despliegan su mejor yao, con los capítulos que narran su interioridad y sus bajezas cotidianas, en un continuo juego dialéctico entre realidad y representación (igual que los Terán con su «arte»).

Esta oportunidad que da Ojeda, en la mayor parte de los casos, a que sean sus personajes quienes hablen (ya con el entrevistador, ya consigo mismos), conlleva un riesgo que, espero, la autora sabrá superar en siguientes obras. Pienso en la hipercaracterización de la oralidad de sus personajes, y en el escollo a la verosimilitud que supone que a El Cuco, único personaje español relevante del texto, se le «escapen» modismos tan poco propios del castellano peninsular como «seguro eran puras mierdas» (p.18) o «Lo que no voy a poder comprender nunca es que se haya armado tremendo follón» (p.89). Estos errores diatópicos son pocos, y es obvio que no manchan el conjunto del texto, pero no consiguen pasar por invisibles para el lector peninsular.

Si hago hincapié en estos errores es porque la novela había de fallar en algún punto. Por lo demás, Nefando es (seamos claros) una obra imprescindible, dolorosa: no puede uno pasearse por sus páginas como un lector turista, para echar la tarde y olvidarla nada más terminar de leer. Demos gracias por textos como éste, por autoras como Mónica Ojeda, por una juventud que se arriesga a escribir y repugnar, en lugar de acomodarse y torturarnos con otra insoportable «novela generacional».


[i] Inédita en España.

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