EL GÉNERO EN LA I+D ESPAÑOLA, CONTADO AL REVÉS DE LOS CUENTOS TRADICIONALES PARA NIÑOS

CUADERNOS ORIENTALES DE RUEDO IBÉRICO
 

EL GÉNERO EN LA I+D ESPAÑOLA, CONTADO AL REVÉS DE LOS CUENTOS TRADICIONALES PARA NIÑOS

 Pablo Sánchez León


 De José Martínez a mí:

Querido amigo:

[…] Me ha emocionado tu última carta, y me ha traído el recuerdo de esos años de inicio en la investigación en el CSIC, de la mano de una gran mujer. Fueron sin duda tiempos inolvidables para mí, e intuía que también lo fueron para ti, como he podido corroborar ahora al leerte. Sí, tuvimos mucha suerte de integrarnos en el tejido de la I+D española aprendiendo con una persona tan excepcional y cualificada, y los dos estamos de acuerdo en que no es casual que se tratase de una mujer. Reyna Pastor ha sido algo más que una maestra para quienes entonces nos formamos con ella, hace más de un cuarto de siglo: afectuosa y solidaria, igualitaria y canalizadora, con una capacidad de escucha sólo comparable a su iniciativa para la organización, tenaz y a la vez profundamente humana, cálida y exigente, discutidora y elegante. Parecía una madre velando por nuestra formación y a la vez una hermana mayor que nos implicaba en la responsabilidad de sacar adelante el grupo entero, incluida ella. Supongo que con alguien así sueña cualquier doctorando: todo en relación con ella era tan completo por dual, nada que ver con el exceso de testosterona unidireccional que domina nuestras instituciones de I+D, y de la cual nosotros también somos parte nos guste o no.

 […] lo cual, como se acerca el día de la huelga reivindicativa de las mujeres, que puede llegar a ser de dimensiones globales, me lleva a escribirte sobre las discriminaciones de género en nuestra profesión, los sesgos y dobles raseros de medir, las subordinaciones, que no son siempre explícitas pero se marcan, aunque también se asumen y se apoderan de los y las subalternas. 

[…] No sé si recuerdas que cuando Reyna llegó de Argentina huyendo de la «dictadura cívico-militar», para poder estabilizar su situación en la universidad española le obligaron a redactar una nueva tesis doctoral, cuando ella ya había defendido una en su país de origen. Así de descarado: no se la reconocieron en España. Pero no parece que fuera una norma: no sé de casos de varones asilados entonces que hayan tenido que pasar por lo mismo. […] Así, mientras los altos cargos y mandos policiales durante la transición adiestraban y recibían adiestramiento de la policía política del régimen militar de Videla —ese que hacía «desaparecer» opositores por cientos—, la exiliada Reyna Pastor era forzada a someterse y volver a hacer el doctorado, cuando para entonces su prestigio como medievalista era más que sobrado, tenía más de cuarenta años y una tesis doctoral defendida en Argentina y publicada… Todo ello ante unas instituciones académicas recién auto-bautizadas como «democráticas», que lo que mostraban así era un poder hetero-patriarcal con enorme capacidad de invisibilizar, de marginar, de desplazar…

[…] La discriminación por el género en la academia española tiene particularidades, desde luego.  No encontrarás ahí marcadas diferencias salariales ni mundos vetados a las mujeres; pero eso no significa que no se den desigualdades, que van más allá de la de ya por sí muy desigual influencia que sobre la carrera de un científico tiene la maternidad en contraste con la paternidad…

[…] Un ejemplo que me gusta contar, en parte por haberlo vivido fuera de España, es el de dos de mis colegas en UCLA cuando estuve de postdoctoral. Manali Desai y Grace Kwon eran las mejores de toda aquella cohorte de estudiantes de posgrado y doctorandos de comienzos de los noventa en Historia, Sociología y Ciencia política, muchos de los cuales se han hecho con el tiempo un hueco en universidades de prestigio. Supongo que en su perfil influía el tratarse de dos jóvenes solo medio-americanas (con origen familiar en la India y Corea del Sur, respectivamente), pues la tensión identitaria que esto supone permite también una exposición más compleja a las pautas de la cultura americana mainstream, y por ende la posibilidad de un mayor distanciamiento y una formación intelectual más crítica: el caso es que estas dos mujeres combinaban la inteligencia, la sagacidad y la capacidad y buena disposición para el debate, de manera que sus intervenciones en los cursos de doctorado resultaban decisivas, y conseguían orientar la discusión de esos «tochos» de textos que había que llevar leídos cada semana…

[…] Lo cierto es que sólo Manali ha terminado haciendo una carrera académica: se mudó a Inglaterra y actualmente es profesora en Cambridge después de haberlo sido en la London School of Economics; pero no así su colega y amiga. Grace terminó su tesis, bastante sofisticada, sobre la transición al capitalismo en el Japón Tokugawa (acaba de ser republicada en Routledge, lo cual da un atisbo de su relevancia), pero luego su pista se pierde… Así que podemos hablar de un cincuenta por ciento de abandono en la carrera investigadora. Una de cada dos: la mitad de entre las mejores. A partir de esto, la extrapolación al nivel inferior de capacidad es imaginable…

El asunto no tendría más importancia si no fuese porque en esa misma cohorte de edad, varios de los entonces colegas varones de Grace y Manali están hoy entre los miembros que conforman el grupo de editores de la prestigiosa New Left Review. Quiere esto decir que del grueso de los chicos que no eran más brillantes que ellas —en el mejor de los casos eran tan sobresalientes como ellas— han encontrado en general todos acomodo, o bien académico o bien en la maquinaria de editoriales de renombre como Verso, o en ambas instancias. Las desigualdades se vuelven dinámicas…

[…] Pero si me gusta contar esta historia es porque hay una componente más directamente de género,aunque de otro tipo, en el asunto. Pues si Manali ha hecho una buena carrera académica, ello es en parte gracias a que tuvo por director de tesis a alguien de la talla de Maurice Zeitlin: aún recuerdo cómo Maurice le hizo escribir hasta cinco versiones de su primer artículo para una revista importante del campo, cinco versiones a lo largo de casi dos años antes de considerar que el texto estaba en condiciones de ser enviado a evaluar… No solo Reyna Pastor ha sido una buena directora y tutora de doctorandos.  En cambio Grace no sólo tuvo un director más convencional, sino que toda su trayectoria como licenciada estuvo marcada por una relación personal íntima con un varón de más estatus que ella en el mundo académico, y creo que esto de algún modo contribuyó a supeditar su carrera como investigadora.

[…] Me doy cuenta conforme te las resumo que estas historias, como tantas otras, funcionan como desconfirmaciones de las narraciones tradicionales para niños, con sus insoportables sesgos de género. Aquí tenemos dos mujeres para las que el cuento acaba muy distinto dependiendo de la incidencia del factor «varón» en sus trayectorias vitales y profesionales […] Se podrían escribir, como en su día hizo Leopoldo Alas ―pero no el «Clarín» del siglo XIX sino su descendiente de fines del siglo XX, pionero de la concienciación LGTBI y también escritor―, unos Des-cuentos, como él los llamó, cuentos tradicionales contados al revés, o con la moralina dada la vuelta. En este caso: si buscas hacer carrera investigadora, elige —y procura ser elegida por— un buen director de investigación independientemente de su género, porque el precio puede ser alto; y sobre todo, piénsatelo dos veces antes de ir buscando un príncipe azul en ese mercado de carne que es también el universitario…

[…] La otra mitad de toda esta cuestión está resumida en la historia que tú me contabas en tu última carta. Sí, comparto contigo el punto de vista: tampoco me creí nunca ese bienpensante vaticinio de Reyna Pastor de que si las mujeres tuvieran el poder se terminarían las guerras, los conflictos y los abusos de poder. Se dejaba llevar por sus convicciones feministas enarboladas contra viento y marea, pero sobre todo le cegaba su elevada calidad moral, atributo que no está asegurado para nadie por el hecho de ser mujer o varón. 

[…] Y me encanta la anécdota que me re-cuentas de nuestro común amigo Aulo Casamenor: cuando se presentó a aquel contrato de ayudante y le contaron que a la directora del departamento, cuando otros profesores colegas le dijeron que se presentaba Aulo a la plaza y que creían que tendría opciones, se le escapó casi como un grito en medio del bar de la facultad: «¡Por encima de mi cadáver!». Y vaya si fue así: la plaza fue para su candidata, que no podía competir en méritos ni adecuación con Aulo. Y de nada sirvió el consiguiente recurso, que para eso están las comisiones de rectorado y los consejos de gobierno de las universidades, para institucionalizar la corrupción y la endogamia…  La tal directora tenía la decisión tomada bien antes de que se reuniese la comisión para el trámite: la plaza no era para Aulo, vaya si no lo era…

[…] Se me había olvidado esa anécdota de Aulo, es buenísima a pesar de la tristeza que en su día nos causó, hace ya bastante. Porque mira que era notoria la mediocridad de aquella mujer; y sin embargo había sido elevada a la condición, primero de catedrática y después de directora de departamento: ahí es nada. Obviamente lo fue por el poder de los hombres, no de todos en general como subgénero, sino de sus superiores concretos, que la escogieron a ella, posiblemente la menos cualificada de entre sus colegas por edad y formación. Recuerdo que circuló por ahí su CV antes de la oposición y era como para impresionar,  negativamente quiero decir. Pero «sacó» —más bien «le sacaron»— la susodicha cátedra, y como candidata única, y de ahí a la dirección del departamento todo fue como sin darse cuenta (para que a su vez los popes maduros, cansados ya del protagonismo institucional que tuvieron en los ochenta y primeros noventa, pudieran ir pasando tranquilos a segundo plano y dedicarse a escribir y darse entre sí premios oficiales, terminando de encumbrarse como divos, pero es otro tema…) […] Lo malo fue que esta «buena» mujer sacó junto a la cátedra, no ya un humor de perros, sino un carácter despótico de cuidado.  La anécdota de Aulo parece así sacada de otro personaje de los cuentos infantiles: en este caso la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas

[…] Mujeres aupadas por el machismo de sus colegas y superiores son abundantes en nuestro gremio académico, eso lo sabemos. Yo tengo otra anécdota más concreta con relación a la I+D que completa el panorama español del abuso de poder a manos de ineptos, en este caso mujeres como podrían ser varones. Esta me pasó al regresar de Estados Unidos, y estuvo entre las razones por las que terminé emprendiendo esta emigración que es exilio. 

Me concedieron una beca de investigación siendo ya doctor (otro tema para otra ocasión, se van acumulando), y el día que me presenté ante la directora del departamento en cuestión, la conversación que sucedió fue exactamente así:

—Hola, traigo una credencial para trabajar aquí como investigador.

—¿Trabajar has dicho? Querrás decir investigar….

Yo le respondí entre sorprendido y creyendo no haberme hecho entender: «Investigar es trabajar». Pero su sentencia fue clara: «¿Estás seguro? Investigar es lo que uno hace en el tiempo libre, una vez terminada la tarea docente, que es por la que pagan en la universidad».

Con semejante comienzo te puedes imaginar cómo fueron las cosas en los siguientes meses. Básicamente esta mujer se negó a dotarme siquiera de un espacio físico en el que pudiera yo trabajar, o investigar, por distinguir ambas cosas según su curioso planteamiento. Pero como la designación de un espacio de trabajo estaba entre los compromisos de esa universidad en el convenio firmado con la institución que me financiaba, conseguí interesar en el asunto a las instancias superiores. Los líos llegaron hasta el rector, que tuvo que intervenir en persona; conservo los documentos enviados y recibidos en su día, son para leerlos. Finalmente el departamento tuvo que designar un espacio como sala de investigadores, por cierto bastante amplia, que sigue activa a día de hoy y me hace sentir orgulloso las pocas veces que he vuelto a adentrarme por esos pasillos que aún guardan los malos tragos del pasado.

Esta mujer se acerca más bien al arquetipo tradicional en la literatura infantil de la madrastra y reina del cuento de Blancanieves: envidiaba todo aquello que ella no había podido ser, en este caso una investigadora medianamente aceptable, y estaba dispuesta a impedir que nadie, sobre todo más joven y ajeno a las clientelas de su taifa local, le viniera a hacer sombra; porque en este caso las carencias profesionales eran más que notorias, eran descaradas. Pero no nos confundamos: ello no le impidió en absoluto medrar en su entorno; al contrario. Hay otros caminos, perfectamente instituidos, para este tipo de personal docente no-investigador. En su caso, logró hacerse un hueco en una coalición electoral ganadora y fue nombrada nada menos que vicerrectora de ordenación académica. Desde ese puesto, y en pleno verano —que en el mundo académico funciona como la «nocturnidad y alevosía» del código penal— sacó a concurso una cátedra, a la cual se presentó ella como candidata única, y obviamente la obtuvo. A partir de ahí, sin embargo, el parecido es ya más bien con el de Cruela de Vil, la de 101 Dálmatas, pues para saltar a dirigir el departamento —y desde él intentar cobrarse la piel de sus víctimas inermes— esta mujer necesitó rodearse de lacayos que le hicieran el trabajo sucio, todos ellos ya varones como en el cuento de los dálmatas.

Esta mujer estaba enferma, moral y emocionalmente enferma: para empezar vivía en la irrealidad de ser una catedrática sin apenas obra investigadora (no tenía siquiera una mínima actitud de tal ni por recato) ni trayectoria docente de calidad. Pero también aquí entra el asunto del género, aunque de un modo realmente retorcido. Estaba casada con un reputado académico de más estatus, con más que notoria fama de sujeto intratable, como columnista ejemplo perfecto de esa impunidad consentida entre algunos intelectuales posfranquistas y como persona en este caso además un acosador moral de manual, en la interpretación de este fenómeno tan de nuestro tiempo que hace Marie-France Hirigoyen. Tal vez en parte por eso yo siempre la vi a ella como una víctima; muy retorcida y convertida en agresora ella también, pero víctima en origen al fin y al cabo. La cadena arranca del varón acosador, aunque después la violencia psicológica se puede internalizar y canalizar por parte de la víctima, transfigurada así en victimario. Finalmente esta mujer murió relativamente joven de una enfermedad incurable…

Vista en esta perspectiva intersectorial, la historia es más como la de Caperucita Roja, pero al revés […] Me refiero obviamente no al final del cuento tradicional de los hermanos Grimm, que termina con Caperucita salvada del lobo por un varón, el cazador, sino el viejo cuento popular en el que era la propia Caperucita quien, usando de unas tijeras, se libraba del varón fagocitador, el lobo, y después le llenaba la tripa de piedras (que le ocasionarían la muerte al ahogarse por su propio peso en el río del que quería beber) […] La trayectoria de esta mujer parecería la antítesis de esta Caperucita…

Todo esto creo que viene bien recordarlo en estos días […] Estamos en un contexto en el que la lucha de las mujeres por su integración empieza a marcar las agendas políticas y de la conciencia social. Me siento muy a favor de esa lucha, pero no dejo de reconocer que, al estar sesgada por valores de integración, en ella se mezclan cuestiones que yo sólo entiendo debidamente separadas, y además deja de lado otras dimensiones cruciales que tienen que ver con la emancipación. No es lo mismo el abuso de los varones hacia sus parejas, por físico que sea y relacionado con la sexualidad, que el que ejercen personas por su estatus y poder, sean del género que sean, el cual a menudo no implica violencia física ni necesariamente abuso sexual; aunque cuando se juntan ambas el asunto se vuelve exponencialmente brutal […] Con todo, no sé cómo se puede equiparar la violencia de género entre iguales y la que se ejerce entre desiguales […] Habrá que aguardar a ver cómo es el poder que ejercen las mujeres en ascenso, y hasta qué punto reproduce o no las pautas del que han o hemos ejercido los varones durante siglos. 

[…] Como te digo, cada día tengo menos claro que vaya a suceder lo que vaticinaba al respecto Reyna Pastor, quien por cierto a veces se quejaba de ser reconocida más como pionera de la historia de las mujeres que como la gran historiadora que ha sido de la lucha de clases de los campesinos contra los señores en el Medievo castellano (por cierto que me acaban de enviar un documento que guarda en uno de sus archivos el Instituto de Historia Social de Ámsterdam: una carta manuscrita que Reyna escribió estando en París en 1964, solicitando a mi pariente, el gran José Martínez Guerricabeitia, una cita por mediación de Nicolás Sánchez-Albornoz, el hijo de «don Claudio», que es como Reyna siempre ha llamado a su maestro, otro exiliado como Martínez, como ella, como yo… condición que va más allá del género). 

[…] Me perdonarás, pero es que yo ante estas fechas me siento revolucionario. Y sueño, por soñar, en llegar a ver cómo hombres y mujeres se unen en el futuro próximo por encima de barreras convencionales de poder, rompen sus ataduras y salen a la calle gritando por fin: «¡Abajo los opresores!», «¡Abajo las opresoras!».

(Buenos Aires, 1931) Historiadora argentina. Discípula de Sánchez Albornoz, ha sido profesora en las universidades de Buenos Aires y de Rosario, y desde 1976 en la de Madrid. Medievalista, es autora de Poblamiento, frontera y estructura agraria en Castilla la Nueva (1085-1231) [1968], Conflictos sociales y estancamiento económico en la España medieval (1973), Del islam al cristianismo (1975), Algunos aspectos de las estructuras familiares en la época de la expansión castellanoleonesa (1984).
 

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