EL FANTASMA DEL BIGOTE

El fantasma del bigote

Pablo Gastaldi


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Indiscutible campeón del Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes posando con sus trofeos (y sus bigotes)

Un fantasma recorre Europa. Es broma, hablamos de bigotes y me acuerdo del primer amigo al que le salió. Rubio pero denso, duro, innegable. Un día no tenía y, al día siguiente, estaba ahí puesto, o eso nos pareció a sus imberbes compañeros de clase. El mío fue llegando por cuotas: una sombra primero, cuatro pelos locos después, que se fueron multiplicando hasta convertirse en una pelusilla infecta y ridícula que no sabías muy bien si «ya» te la podías quitar a escondidas con la cuchilla de afeitar de tu padre (o la de depilar de tu madre), o mejor dejársela «no vaya a ser».

Mucho se ha hablado del bigote como símbolo de poder. Lo cierto es que el bigote no es un animal que me apasione, y hablar de su simbolismo aventurando una relación con la política al final es hablar de machotes poderosos, y no hay nada que me pueda dar más pereza.

O quizás sí lo haya: indagando un poco enseguida me he topado con el Movember, una iniciativa cuya insignia es el bigote, que pone en marcha acciones como promover que, durante los treinta días del mes de noviembre de cada año, personalidades, famosos y seguidores se dejen bigote para recaudar fondos y concienciar sobre la salud de los hombres, aludiendo a la menor esperanza de vida global masculina y a la lucha contra el cáncer de próstata y de testículos.

Todo bien. Hasta que afirman que hay que implicar a toda la sociedad para «reducir la actual desigualdad de género en todo lo que respecta a la salud». No es que la desigualdad de género no tenga un impacto visible en salud, pero tiene toda la pinta de que funciona en sentido contrario: las desigualdades sociales resienten la salud de las mujeres,  según la Organización Mundial de la Salud, a pesar de su mayor esperanza de vida (no necesariamente vinculada a la calidad de vida) y de que no tengan cojones en los que sufrir cáncer (además de que pueden sufrirlo en partes del cuerpo que los hombres no tienen, ¡sorpresa!). Parece que detrás de esto están los mismos que cada Día de la Mujer Trabajadora preguntan: «¿y el día del hombre?».

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Participante del Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes. CNN

Algo no va bien con los bigotes. Lo sigo buscando en las tendencias de los últimos años y me encuentro con una entrevista en la CNN a Phil Olsen, quien introdujo el «deporte» de la competencia de barbas y bigotes en los EEUU. Las fotos de la competición son impactantes y divertidas, y las declaraciones de este tipo muy reveladoras: «durante siglos, los hombres han sido presionados por las mujeres para que se afeiten sus rostros a fin de parecerse más a las mujeres». ¡No lo juzguen! Es sólo un soñador. No le llamen iluso por tener una ilusión: «los hombres necesitan liberarse. Me gustaría ver que aumenten los campeonatos de barbas y con el tiempo lleguen a estar al nivel de las Olimpíadas».

Intento volver a la carga con el papel del bigote en política, pero son todo soberanas tonterías. Elogios a los robustos mostachos que parecen sustituir el cerebro de los gobernantes que lo portan. Países donde el tipo de bigote o barba indica la tendencia política. Su prohibición para la soldadesca de los ejércitos europeos, su obligatoriedad en el británico hasta 1916. En el francés se debatía en plena II Guerra Mundial sobre ello, y desde España les aconsejábamos preguntándonos: «¿no es una broma excesiva que algunos soldados se afeiten y otros no, y que entre estos últimos se permita la fantasía [de] toda suerte de especulaciones?»

Aparte de eso, poco más. Hitler, sí, tenía un bigote peculiar que creó tendencia en las fiestas de carnaval o cuando estamos graciosetes con un carboncillo en la mano. Una de las piezas claves de la Trama Gürtel se llamaba «El Bigotes», sí, también. En realidad, lo más relevante que he encontrado es este Retrato imperfecto de J.M. Aznar en diez mostachos. Uno es de Jordi Évole, del artista gráfico Robertzio Pistola.

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Retrato imperfecto de Aznar en diez mostachos. Uno es de Jordi Évole – Robertzio Pistola

 

Hubo, sin embargo, un acontecimiento simpático que quizás merece la pena destacar, y es que en el París de 1907, los camareros de los cafés fueron a la huelga a defender su derecho a usar bigote que les estaba siendo injustamente negado; ausencia que marcaba en su vida privada un estatus social que no siempre se querría revelar. Con un feliz resultado. Pero hace mucho ya de eso. Puede que tras tanto tiempo o, como diría Miguel Hernández, tras cuántos siglos de aceitunas, el bigote no sea sino lo que aparenta: un elemento estético. Y los significados que se le quiera dar más allá de ello son o bien una patraña, o bien una cosa de machotes, o bien una rotunda fantasmada. Por suerte, con bigote o sin él, seremos los mismos desgraciados.

 

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