EL EDITORIAL MÁS DURO DEL MUNDO

El editorial más duro del mundo


En el verano de 2015 un grupo de amigos estaba tomándose un arròs negre en una casa de Madrid. Hacía tiempo que no nos veíamos y nos habíamos contado muchas batallitas. Con la tarta de queso imaginamos contar las historias de nuestra generación sin caer en el sensacionalismo ni en los análisis pedantes y aburridos de los gerifaltes de la nueva política. Para cuando el café deshacía el hielo, ya estábamos hablando de secciones y enfoques. Para cuando empezó el otoño lo teníamos todo más claro que espeso y otros amigos se habían apuntado a merendar en nuestro club de té.

A nuestro acuerdo lo llamamos Juego de Manos porque con ellas hablamos más que con los labios. Seguramente hemos dicho más veces «te quiero» a golpes con una pantalla que con una proyección gutural de nuestros pulmones. Con las manos hemos ido hasta Ítaca y con las manos nos hemos tapado los ojos al ver que estaba vacía. Hoy nuestras manos no aprietan tuercas de un coche en una fábrica, pero nuestras huellas dactilares se borran al final de la semana por apretar teclas de un teclado, produciendo protocolos, apretando tuercas a un sistema de productor que no entiende ni quién lo ideó. Nuestras manos enfrentan la construcción de nuevas armonías sociales y de transmisión de nuestros pensamientos. La tinta pasa de nuestros índices a nuestros smartphones sin mediación del lapicero. Nuestro hijo nació como un juego. Teníamos la intuición de lo que queríamos pero no sabíamos cómo  hacerlo. Como en el juego del escondite inglés, quien se mueve no sale en la foto, y en estos años en donde tantas cosas se han movido tanto, pocas son las fotos que dicen cosas y muchos han sido los selfies de la desesperanza. Sonrisa amplia y corazón partío. En nuestro escondite millennial, nos movemos porque nuestra Instagram Stories no cabe en sus urnas. Nuestro juego no es democrático porque no se nos ha llamado nunca a unas elecciones para decidir nuestro futuro. Nuestro juego siempre fue constituyente porque, preguntándonos por quiénes éramos nosotros, terminamos por buscar nuevos compinches para pasar el rato

Y ¿quiénes somos nosotros? Somos los hijos de los hijos del agobio. Nacidos a golpe de martillo neumático derribando el muro de Berlín. Cuando salimos del colegio el mundo se había venido abajo y los de siempre seguían estando arriba. Fuimos a manifestaciones, sentimos las porras en nuestros cuerpos, conocimos la precariedad de los veintipocos y los treinta y muchos. Fuimos la generación más preparada y la menos experimentada. Vimos cómo gente decía: «Sólo el pueblo salva el pueblo» pero se salvaban sólo a ellos. Vivimos en la desesperanza en la edad de los anhelos. Porque nuestras ilusiones de futuro nos las borraron a tortazos, salimos por las noches a fuego a quemar nuestras penas con melodías caribeñas y altavoces vibrantes en descampados de extrarradio. Porque sentimos tanto miedo a lo que pueda pasar, preferimos estar solos antes que pensar en el amor. Y cuando la soledad nos inunda acabamos frente a un desconocido de Tinder haciendo preguntas de control para ver si es un maníaco. Tenemos más intimidad con un desconocido que con nosotros mismos. Somos los que vivimos después de que la idea de un futuro halagüeño terminara. ¿Qué esperabas? Nuestro heroísmo no sabe de batallas por la patria, ni de profetas de tertulia televisiva. Somos una generación de sparring para una sociedad que vive sintiendo miedo ensordecedor y aburrimiento a partes iguales. Y ya han pasado tantos años que parece que así son las cosas porque así nos las han contado. Pero nosotros hemos notado que la lluvia sabe a orines. Nos hemos dado cuenta de que en su democracia sólo caben ellos mismos. Y por eso, los que estamos fuera de su club de petulantes ladrones, sabemos que o contamos lo que nos pasa o terminaremos por olvidar a medida que nos quedemos calvos.

Montar una revista podía parecer una idea propia de un grupo de gente encantada de conocerse, narcisos soplagaitas e intensitos generacionales. Para muchos pollaviejas de treinta y pocos, escribir es la labor de amueblar una casa de vivencias para apaciguar un yo desmesurado. No lo sabíamos hasta que nos los encontramos hablando de sus artículos en bares de neón. Desolé, no queríamos eso. Montamos una revista porque en 2015 había una generación, una sociedad, viviendo muy fuerte la política, hablándose a sí misma sobre sus anhelos de futuro individual y colectivo. A todos los analistas les gustaba hablar de las intrigas de la corte, pero sus palabras estaban llenas de estructuras, instituciones y leyes y vaciadas de las historias de la que desde hace diez años viene siendo nuestra tragedia dividida en actos indefinidos. Todavía no hay un chulo que haya inventado una novela sin personajes y, mientras se le ocurre a alguien, nosotros queríamos revindicar nuestras experiencias buscando los lugares comunes de nuestra generación y los mitos compartidos. Necesitábamos explicar cómo es posible que, habiendo crecido con La princesa prometida de película de cabecera, acabemos buscando que el amor de nuestra vida nos lo seleccione un algoritmo en una app online. Queríamos preguntarnos por qué es más probable que nos dé un ataque de ansiedad a que nos entre gripe si no vivimos en Alepo. Buscábamos hacer piña para imaginar un mundo en el que no tuviéramos que ser una cuchilla andante. Por eso nos pusimos a escribir y, tras casi tres años más tarde, cuatrocientos artículos y dieciocho números, seguimos con ganas de seguir contando historias, pensando juntos y contra todo, pero con la sensación creciente de que a este mar no se le pueden poner puertas y llega un punto en el que de contar las olas nos ha parecido oír cantos de sirena allí donde sólo había un rompeolas. Hace frío y estamos cansados. Nos duele la cabeza y después de tanto tiempo a la intemperie nos cuesta seguir contando historias como si no pasara nada.

Llevamos mucho tiempo hablando y creemos que es el momento de hacer al silencio partícipe de nuestras posiciones. En los próximos meses dejaremos de publicar nuestro monográfico temático mensual y nos vamos a tomar un tiempo para pensar sobre el proyecto de Juego de Manos. Esto no termina aquí. Creemos que es tiempo de volver a escuchar a jornada completa. Queremos agradeceros a quienes nos leéis todo el apoyo, comentarios y  sarcasmos que nos habéis regalado estos años. Ahora os pedimos dos cosas: que no nos olvidéis y que si os ha gustado leernos deis un paso al frente. A no ser que te guste Tokio Hotel y Jorge Bucay, queremos conocerte y que  nos cuentes cómo ves la jugada, si negro tirando a negro mate, o solamente regular.

Bueno, en fin, que ya viene la Santa Compaña a recogernos, subiremos por Segovia, Benavente, de ahí a Monforte de Lemos y de ahí hasta Luarca, pasando por la cuenca del occidente minero asturiano. Allí tenemos una barquita esperando y saldremos a la mar cuando haya tempestad. Por el camino iremos recogiendo a todos y a todas las que nos habéis acompañado estos dos años. En este esquife hay sitio para muchos y nos cansamos rápido de remar. Llevamos Aquarius y ayahuasca. Vamos a pescar el pez luna, pero todavía no sabemos ni qué es ni cómo encontrarlo. Esperamos que la tempestad nos lo diga ―boca arriba o boca abajo― y que no haya cobertura para no subir los selfies de nuestra experiencia única. Nos vamos un ratito, ya volvemos. Por favor, dadle de comer al gato y regad las plantas. Silencio.

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