EL DISCRETO FASCISMO DE LOS HOMBRES DEL TIEMPO

El discreto fascismo de los hombres del tiempo

Ceferino Fonseca


Desde que el primer satélite se quedó flotando en el espacio, orbitando alrededor de la tierra a una velocidad y trayectoria constantes, la meteorología dejó de ser una cuestión democrática. Anteriormente, uno podría pronosticar el sol o leve marejada tan libremente como quisiera y todo el repertorio analítico lo proveía el refranero popular o el conocimiento contado de padres a hijos sobre el movimiento de las nubes, la caída de las hojas y el brote de los tallos, con la esperanza de que el futuro no cambiara más de lo que lo hubiera hecho el pasado. Discutir sobre el tiempo siempre ha aliviado tensiones innecesarias que surgen en cada sociedad cuando se terminan los temas banales de conversación. Más de una vajilla se ha roto en casas de buena familia por hablar del tiempo durante el primer plato y acabar sacudiendo los trapos sucios en los postres. Poder hablar de las lluvias ha permitido a más de un marinero faenar en un vaso de licor en vez de tambalearse en el mar, e incluso más de algún reputado filósofo francés ha conseguido contar la milonga de que la meteorología tiene que ver con los regímenes políticos. La arbitrariedad en la especulación meteorológica ha sido siempre garante de libertad y paz entre las gentes de bien.

Por eso, cuando primero en los diarios, después en las emisoras de radio se popularizaron los partes meteorológicos gratuitos y universales, la comunidad de cada pueblo se dividió entre quienes encontraban en estas predicciones un certeza en el progreso y quienes permanecían vigilantes para hacer notar todas las veces que el parte anunciaba sol y terminaba lloviendo a cántaros. A muchos hombres y mujeres de posguerra les costaba confiar en un texto leído por radio que en los saberes de siempre. Del futuro podemos saber tan pocas cosas que nos sigue asustando que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas, pero si vamos a morir pasado mañana en un pueblo de Castilla-La Mancha, podremos saber gracias al parte del tiempo que hará sol y buen tiempo en nuestro entierro.

La discusión terminó el día que llegó un señor elegantemente trajeado, con corbata bien ceñida y canoso pelo peinado como corresponde a una autoridad predemocrática, a explicarnos en una pizarra lo que era una borrasca y un anticiclón, a decirnos la temperatura máxima y la mínima y qué tiempo haría a cada hora del día. Aquél fisgón se metía hasta en la cocina de cada casa para hablarnos del futuro como un chamán bien informado y el tiempo de la arbitrariedad meteorológica murió entre los silentes tertulianos que dejaron de contarles a sus hijos las teorías climáticas propias de cada aldea en una España que se escapaba del pueblo conduciendo por el centro de las carreteras secundarias procurando no mirar a las cunetas.

«En Galicia se espera la entrada de una borrasca proveniente del océano Atlántico, que producirá pronunciados chubascos por toda la costa occidental del territorio gallego. En las Rías Baixas se espera un fuerte oleaje característico del final del verano». Entonces los niños imaginábamos cómo sería una ola arbolada y lo mal que lo pasarían los marineros de la Costa da Morte cuando salieran en sus chalupas a pescar las rapaces que al día siguiente nos comeríamos en las capitales. Eran los tiempos de Paco Montesdeoca y José Antonio Maldonado, nuestros Michael Caine y Burt Lancaster, galanes posfranquistas y héroes sin capa que con su prosa intransitiva magnetizaban por igual a nuestras madres y abuelas. No sólo era el mapa de España sino que Euskadi siempre era el País Vasco o las provincias vascongadas, Girona era Gerona y a veces, cuando señalaban Barcelona, se les estiraba demasiado el brazo.

El tiempo televisado no sólo había eliminado toda posibilidad de opinar con éxito, sino que representaba un modo particular de entender un país políticamente. Por ejemplo, nunca supimos qué tiempo hacía en las regiones vascas a pesar de limitar con nueve provincias españolas, y Madrid siempre ocupaba más espacio que el resto del mapa. Los meteorólogos informan, no dialogan. Mañana llueve y, si no es así, serás de esos locos que creen que nos fumigan.

Siempre se ha tratado de una guerra cultural, de saber quién manda y quién delimita tormentas y señala solanas, de hacia dónde se mueve la sombra de las nubes o cuándo va amainar el temporal. Hablar del futuro es cuadrar el balance contable del porvenir: lo llovido por lo bebido, lo irradiado por lo sembrado. Mañana será como hoy pero más nublado. De ahí que quien quisiera quitarle las puertas al campo inmediatamente fuera contemporizado del lado de la locura, de ser culpables de arruinar el clima o de estropear con una tormenta una idílica merienda de verano en un prado de montaña.

«La asamblea de majaras/ ha decidido: mañana sol./ El hombre del tiempo/ les plantó cara: mañana hará el tiempo/ que a mí me dé la gana». El concierto se para y sube a escena Paco Montesdeoca, desubicado con su traje de sastre y su mirada telúrica de vendenubes. Toma el micrófono y dice: «Perdone usted, señorito, esa asamblea de la que usted me habla puede decir misa, hablar latín o cantar la Salve rociera. Pero el tiempo es el tiempo y no se puede cambiar. Si mañana llueve y usted no lleva paraguas, llegará tarde y empapado al trabajo, sus hijos se resfriarán y tendrá que pagarle a su esposa la permanente. No puede hacer sol todos los días porque una pandilla de desubicados decida que a partir de ahora va a hacer sol jacobino para que nos tiremos en el parque a rascarnos la barriga. Ese no es nuestro sol. Nuestro tiempo es el que hace crecer las espigas y que riega los campos. Es el tiempo del trabajo y de recoger los frutos después de haber quitado la mala hierba en las tierras de secano». Se pueden imaginar ustedes el silencio en el local. Unos cientos de muchachos con insolación en plena noche hasta que una voz atravesó las crestas y cazadoras de cuero: «Pues para hacer tanto sol, en España hay mucha gente a la sombra». El grupo arranca de nuevo y termina: «El hombre del tiempo ahorcado/ y todo por haber jugado/ al telediario».

Mejor no hablamos de política

Los hijos sanos del fascismo meteorológico han creado un verdadero dispositivo tecnocrático. Los meteorólogos que predijeron buen tiempo el día de la caída del muro de Berlín maceran sus jubilaciones mientras sus nietos millennials condenan el oficio al nivel de vendedor de enciclopedias. Todo fascismo exitoso termina en un régimen tecnocrático y Google no ha defraudado a quienes necesitan saber cuándo hay nubes para jugar con el tiempo de todos. Como cada vez más cosas, la respuesta se obtiene preguntando a Google. La discusión sobre los días soleados es patrimonio del frenopático. Los meteorólogos posmodernos ya no saben qué hacer para rellenar el espacio televisivo y ahora cuentan anécdotas, muestran fotos hechas por espectadoras y sonríen lamentablemente ante una audiencia que está recogiendo los platos de la mesa. Los límites de la libertad sin tan estrechos que se juntan en un único punto. Es el espacio de los charlatanes que, haciendo honor a su lugar, entre nosotros siguen pensando en un futuro donde todos los días llueva sin que por ello deje de lucir el sol. Son los que buscan el tesoro en el punto en el que el arcoíris toca el suelo y también quienes dicen: «Por San Blas la cigüeña verás», aunque ya hace años que no emigra ninguna. Son no quienes piensan que después de mañana vendrá otro mañana sucesivamente, sino quienes saben que, a pesar de que tras una borrasca puede venir otra y otra más, el tiempo no deja de ser algo que vivimos todos juntos al unísono, sin direcciones y sin contar las olas y precipitaciones, y por tanto es tan político como la organización de la siega o la elección de tribunos.

Porque ¿no es de nuestro tiempo de lo que estamos hablando? ¿De si tiene que llover a cántaros o de si mañana nos pondremos cara al sol?

 

 

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