EL DESEO INCINERADO

El deseo incinerado

Alberto Coronel


Nota del autor: cuando se trata de escribir una idea, la claridad exige recorrer la distancia más corta entre el punto de partida y el punto al que se quiere llegar. Pero la subjetividad de quien escribe está llena de curvas, como el cuerpo, y sobre las líneas curvas del cuerpo subjetivo, el camino a la claridad exige una violencia que hemos normalizado. Exigimos de la subjetividad que se violente en la escritura: que borre las huellas de su ambigüedad, sus bucles innecesarios, su indecisión errática. Para que la lectura sea fluida y rápida, exigimos el cuerpo del texto sin las huellas del parto sangriento, sin oscuridad, sin cortes ni líneas que fuguen a ninguna parte. Mientras tanto, el cuerpo que escribe padece tensiones geométricas en el esfuerzo por plegarse sobre la línea recta. Y me pregunté:

¿Cómo decir el deseo sin mostrar esta violencia?

¿Cómo seguir hablando de política escondiendo el cuerpo?

De estas preguntas, este texto lleno de curvas, que, de ser descrito, habría de ser descrito como el guion de un thriller que he padecido en mis propias carnes:

La subjetividad masculina descubre que es y ha sido cómplice de un crimen terrible, el haber mantenido enterrado y enjaulado el deseo de la mujer en el suyo propio. Al descubrirse a sí como cómplice en un crimen que se sigue cometiendo día tras día desde hace siglos, y al encontrar por todas partes y en sus propias manos las pruebas del crimen, deseará dejar de ser cómplice, para lo cual sólo encontrará una salida posible: el silencio.

*  *  *

Yo deseo. Lo confieso. Deseo que el mundo arda y que les pille con botas de agua. La bendita risa maldita de una abuela y un espasmo: a cuchilladas con las frases hechas de barrote y sus miradas. Lo confieso: deseo el rayo justiciero haciendo trizas la jaula. El óxido en la mano de hierro y que les devuelvan las caricias robadas y los paseos. Deseo el calambre en los muslos de la vieja y la silla de madera que sale despedida por la embestida de la adrenalina victoriosa. El ruido hueco que afirma que no importa y el modo en que una verdad rasga el espacio cuando se desentierra del alma. Deseo ese rugido de luz: que amanezca su cuerpo contra el alma ―cárcel del cuerpo―, el alma que se ha vuelto jaula.

La jaula es vieja como Timoteo 2:12[i]: como Suran An-Nisa [4:34]; vieja como el reparto de roles y lugares en los mitzvot. Vieja como el Malleus maleficarum[ii]; como las leyes de Enrique II. La jaula es vieja, mucho más vieja que el capitalismo: el cuerpo, dentro; la cabeza y las manos, fuera; y el deseo de ser persona en algún lugar atrapado en medio. Vieja, como el Emilio de Rousseau:

… toda la educación de las mujeres debe estar referida a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarles de pequeños, cuidarles cuando sean mayores, aconsejarles, consolarles, hacerles la vida agradable y dulce: éstos son los deberes de las mujeres de todos los tiempos y lo que ha de enseñárseles desde la infancia[iii].

La vieja jaula es nueva como casi todo el cine y sus protagonistas, el patrón de las revistas y el color de los juguetes; vieja y nueva como la publicidad cosificante y la pornografía feroz; nueva como las miradas, las posturas, los gestos y los piropos. Vieja y nueva, como el gozar de su silencio y representar a la mujer desvalida en nuestra ausencia: «Déjame que te hable también con tu silencio», dice Neruda en algún sitio, y algo más crudo en sus memorias:

  • El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia[iv].

En otro mundo escribe Pizarnik desde La jaula[v]:

Afuera hay Sol.

No es más que un sol

pero los hombres lo miran y después cantan.

 

Yo no sé del sol.

Yo sé la melodía del ángel

y el sermón caliente del último viento.

Sé gritar hasta el alba

cuando la muerte se posa desnuda en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.

Yo agito pañuelos en la noche

y barcos sedientos de realidad bailan conmigo.

Yo oculto clavos

para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.

Yo me visto de cenizas.

Fuente: http://alejandrapizarnik.blogspot.com.es/2011/12/galeria-de-arte-de-alejandra-pizarnik.html

Cuánto se ha escrito sobre la mujer callada. Y así se la entierra. Pero Alejandra escribió sobre ella para que nadie la describiera. Quien viste la ceniza hace algo público: que ya ardieron los adentros. Y no se llega a ver, ni a entender el incendio, pero sí la ceniza que recoge el dolor y lo hace público. Como dice Alejandra en su Peregrinaje[vi]:

No es la soledad con alas,

es el silencio de la prisionera,

es la mudez de pájaros y viento,

es el mundo enojado con mi risa

o los guardianes del infierno rompiendo mis cartas.

He llamado, he llamado.

He llamado hacia nunca.

Han llamado, han llamado, y llamado hacia nunca, que es el contrario absoluto del desde siempre. Es la identidad misma del instante. Es el tiempo en que se desenvuelve y aflora el deseo en avatares y en colores.

Si el deseo es siempre el deseo del otro, como dice Lacan, no cabe duda: para sentirnos Hombres era necesario su silencio; para que pudiese haber orgullo en la virilidad era necesaria su vergüenza; para que tuviese hueco nuestra altura era necesaria su bajeza, pero para ello la biología ―que es muda― no alcanza: era necesario su silencio, porque el silencio otorga.

La satisfacción del deseo del hombre debía pasar por los ojos de la mujer y regresar entero, para ello el deseo de la mujer tenía que ser enjaulado. El cuerpo dentro, la cabeza y las manos, fuera. Como escribe Luce Irigaray en El sexo que no es uno:

El rechazo, la exclusión de una mujer imaginaria, seguramente pone a la mujer en la posición de experimentarse solamente de manera fragmentaria, en los márgenes pocos estructurados de una ideología dominante, como un esfuerzo inútil, un exceso, lo que queda de un espejo modificado por el «sujeto» (masculino) para reflejarse a sí mismo. Además, el papel de la «feminidad» se define por esta especulación masculina y apenas corresponde al deseo de la mujer que solamente puede recuperarse en secreto, al esconderse, con ansiedad y culpa[vii].

Y yo deseo, lo confieso, deseo el rayo justiciero haciendo trizas la jaula pero ese deseo es sólo el mío entero y no basta. Si tan sólo… si tan sólo pudiese aprovechar que se me escucha para gritar invocando al silencio. No pediría otra cosa: silencio. Silencio para poder escuchar si nacen voces bajo los escombros, pero el terremoto se ha vuelto arquitectura y ser Hombre es ser edificio y arquitecto.

 

Fuente: http://alejandrapizarnik.blogspot.com.es/2011/12/galeria-de-arte-de-alejandra-pizarnik.html

Y yo, que deseo y lo confieso, he sido el guardián del infierno. Ahora me miran y no encuentro en sus ojos el reproche. Lo busco y no lo encuentro. Entonces me sorprende en silencio la caricia de unas manos, tan fuertes… pero las mías todavía huelen a hierro.

Ahora me miro y ardo en deseos por dejar de ser cómplice (hombre) ―y no haberlo sido nunca―. «¿Recuerdas cuando alzabas la voz?», me dice riendo el hombre que sigo siendo. Ahora os miro y me avergüenzo de ser «uno de los vuestros» cuando jugáis a ser hombres (siempre los más hombres).

Hemos producido su humillación como si fuera un hobby y la hemos consumido como si fuera un chiste. Deseamos no ser todo lo que decimos que las mujeres son: todo lo que las forzamos a ser. Que chupen, que bailen, que cuiden, que limpien y cocinen. Que hagan todo lo que no queremos hacer. Que admiren todo lo que sepamos decir. Que sean obedientes para que podamos ser obedecidos. Que se sometan para que nos podamos sentir poderosos. Que su mirada sea nuestro espejo, su sexo nuestro trofeo y su presencia el aplauso a la nuestra. Que hablen cuando nos aburrimos, que callen cuando hablamos. Que en la cama sean cerdas y en la calle cisnes. Que respeten nuestro espacio y que sepan cuál es el suyo. Nos da igual que por dentro estén rotas si por fuera van arregladas. Que las maten mientras no toquen a las nuestras. Que sean nuestras. Que en la historia sean olvido y que en vida nos recuerden siempre.

Por eso deseo antes ser un aliado a ser un hombre: ardo en deseos por ver a la Justicia haciendo trizas la jaula, pero mi deseo, solo, ya no alcanza. Por eso ya no grito ni para pedir silencio, por si ella habla.

 


[i] «Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio» Enlace: http://bibliaparalela.com/lbla/1_timothy/2.htm

[ii] Publicado en Alemania en 1487, Malleus Malificarum (Martillo de las brujas) es uno de los tratados más importantes sobre la historia de la brujería y la caza de brujas. Un auténtico manual que estaría presente en los juicios contra brujas durante los siglos XVI y XVII. En su obra, Calibán y la bruja, Silvia Federici estudia la influencia del tratado para la domesticación de las mujeres, cuya naturaleza justificaba todas las sospechas:

Existen siete métodos por medio de los cuales [las brujas] infectan de brujería el acto venéreo y la concepción del útero.

Primero, llevando las mentes de los hombres a una pasión desenfrenada; segundo, obstruyendo su fuerza de gestación; tercero, eliminando los miembros destinados a ese acto; cuarto, convirtiendo a los hombres en animales por medio de sus artes mágicas; quinto, destruyendo la fuerza de gestación de las mujeres; sexto, provocando el aborto; séptimo, ofreciendo los niños al Diablo.

Kramer, Heinrich and James Sprenger (1971) [1486], Malleus Maleficarum

(traducido del alemán), Nueva York, Dover Publications, Inc, p. 47, citado en Silvia Federici, El Calibán y la Bruja, Buenos Aires: Tinta Limón, 2010, página 293

[iii] Alicia Puleo, en La Ilustración olvidada: la polémica de los sexos en el siglo XVIII, recoge la carta que le envía D’Alambert a Rousseau para reivindicar que la igualdad entre los sexos y la necesidad de que la luz del intelecto alcanzase a toda la población. Poco después Rousseau publicaría su Emilio, disipando todas las dudas acerca de su permeabilidad a los argumentos de D’Alambert en este pasaje del libro V. Citado en PULEO, Alicia (1993) La Ilustración olvidada: la polémica de los sexos en el siglo XVIII. Madrid. Anthropos, página 73

[iv] Crónica del día que Pablo Neruda violó a una mujer: http://mqltv.com/dia-pablo-neruda-violo-una-mujer-dalit/

[v] PIZARNIK, Alejandra, Poesía completa, Barcelona. Lumen, p. 73.

[vi] PIZARNIK, Alejandra, op. cit. p. 90

[vii] IRIGARAY, Luce (1998): «That Sex Which is Not One», en RIVKIN, Julie / RYAN, Michael (eds.), Literary Theory: An Anthology. Malden, MA: Blackwell Publishers.  (Irrigaría 1998: 571)

 

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