EL DESAPEGO ES UNA MANERA DE ESCRIBIR

El desapego es una manera de escribir

Pablo Rada


No sé qué tienen los libros de relatos que, en general, o te gustan o los odias. No me refiero a si están bien escritos o no, sino a que hay quien le tiene manía al formato, quien quiere todo acabado, cerradito, con sus personajes bien definidos, sus arcos argumentales ―y sus flechas― y toda la vaina.

A mí no me pasa eso, me gusta cómo se construyen historias de nada o de muy poco. Me gusta la manera en la que cuentan sus momentos pequeños y muchas veces poco solemnes; instantáneas literarias que sacan su fuerza de esa rapidez, de la inmediatez. Y hay que decir que Selva Almada (Entre Ríos, 1973) lo hace estupendamente.

Porque la mayoría de las vidas como la mayoría de nuestras memorias no se parecen a una novela épica o a una novela río: años y años de momentos importantes por igual. Las cosas no son así, y menos mal, porque, ¿quién sería capaz de soportar esa intensidad emocional continuamente? Las cosas son más como los relatos y, muy especialmente, como los relatos de El desapego es una manera de querernos.

Unos recuerdos y un presente en los que se entremezclan lo individual y lo colectivo, entre uno o una misma y su lugar. Con las miles de relaciones que se pueden establecer con él y sus habitantes y con nuestra propia memoria; nuestros familiares incluso los que no conocimos, plantados en sus retratos, cambiando nuestras vidas sin que se lo propongan y sin que ni siquiera les importe.

Porque en nuestras existencias, más bien cortas e insignificantes, ningún sentimiento es demasiado duradero en su pico más alto de intensidad: la tragedia dura dos horas o un poco más y luego lo que queda es una especie de pena molesta y familiar con la que se puede vivir, porque, al final, de eso va todo. La pasión o el odio son demasiado poco humanos, poco tratables, demasiado requeridores como para ejercitarlos de seguido y, por eso, tienen sus correlatos cotidianos, más tolerables y tolerantes, de los que normalmente no se escribe porque parecen poca cosa, pero, ¡claro!, las personas humildes, las personas corrientes, no pueden (no podemos) abandonarse a esos grandes sentimientos, a los vaivenes tremendos del alma o del cuerpo y tienen que subsistir con sus emociones más del día a día y algo desapegadas.

Y, así, en las páginas de este libro encontramos una sucesión de eventos ordinarios ―no en el mal sentido aunque…también y no pasa nada― algunos pasados, otros presentes que cambian de diferente manera las vidas de sus múltiples protagonistas, espectadores o herederos y herederas mientras el MUNDO, así con mayúsculas, sigue más bien a lo suyo y desatento de estas guerras o más bien combates.

Muertes aparentemente absurdas, como lo son siempre las muertes; amores y ardores que se vuelven normales, cariños sin estridencias asentados en unas realidades un poco más apremiantes; frustraciones que más que un fondo de amargura y cicatrices incurables dejan un poso y un regusto amargo que siempre se puede camuflar con algo más dulce o que, si no se puede, pasan y pasan tiempo con las personas hasta convertirse en conocidos; odios de ayer transformados en rencores con los que se puede seguir viviendo y haciendo el resto de cosas que el tiempo exige. Y los recuerdos de cuando éramos jóvenes, el mundo un poco mágico y extraño que pasa, a costa de veranos australes, a convertirse sólo en extraño pero con cierta sensación de familiaridad. Los pequeños placeres mundanos de una fiesta, un asado, una cerveza fría o una visión que excita y nos hace sudar… Una fiesta, en fin, humilde como somos, en la que cada cual con sus recuerdos y unas modestas esperanzas, unas modestas mezquindades y unos afectos más o menos explicables baila con las demás personas y con sus afectos, mezquindades y recuerdos en algún prado cada vez más cerca del conurbano bonaerense. ¿Y mañana? Mañana será otro día.

El desapego es una manera de querernos. Selva Almada. Literatura Random House. Barcelona, 2016. 294 páginas. 17,90 euros.

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