EL BANQUITO DEL PARQUE

El Banquito del Parque[1]

Alberto Llerena Sandeogracias


Se puede afirmar que, a lo largo de la historia, toda forma de cultura y de representación artística consiste en una persona o grupo de personas mostrando al resto del mundo cómo emplean su tiempo libre en sociedad. Esta afirmación es muy general, por lo que necesita una serie de matices que irán apareciendo. Para empezar, todo el mundo tiene un lugar fijo donde emplear su tiempo libre, lugar que será referido aquí mediante el ejemplo arquetípico de «el banquito del parque». Esta forma de referir es escogida por simple afinidad y cariño con el autor, ya que con «el banquito del parque» se puede uno referir a tabernas, cafeterías de universidad, peñas de pueblos y un largo etcétera. Con este término uno se puede referir a cualquier lugar en el que un grupo cerrado de personas se reúnan para pasar su tiempo libre. La aparición en este punto del banquito del parque no hace otra cosa que introducir una limitación en la afirmación inicial, ya que acota la sociedad referida en el inicio a un grupo concreto de individuos, a los que uno se puede referir como «los colegas del banquito». Estos dos términos son realmente las bases de lo que aquí se está tratando y servirán de herramienta para matizar la afirmación inicial.


 

banco


 

Puede ser que lo disfrutado a lo largo de los años en un banquito concreto nunca emerja al resto del mundo como una representación artística, pero de lo que sí que puede estar uno seguro es que el origen de lo que ha emergido como cultura y como forma de expresión artística empezó con un grupo cerrado de personas que en su tiempo libre se reunía en un lugar concreto. Poniendo el punto de vista en el momento actual, en el que el tiempo libre entra en competencia con la necesidad de buscarse la vida, el banquito del parque crea una estructura de resistencia a entrar a formar parte de una sociedad gentrificada, a ser plena y simplemente un eslabón más de la maquinaria capitalista. Y es necesario concretar que el banquito nunca salvará a nadie de entrar a formar parte del capitalismo, pero sí que creará una estructura familiar con una serie de individuos concretos que estará por completo fuera de la lógica capitalista. Aquí aparece otro punto importante, la estructura familiar propia del banquito; bueno, más que familiar es una estructura casi tribal. Esta estructura casi tribal tiene una serie de protocolos, de códigos, costumbres concretas propias de cada banquito, incluso una serie de expresiones, formas de comunicarse…, características que el individuo seguirá empleando fuera del grupo de colegas. En definitiva, los colegas del banquito utilizarán los códigos como vara de medir sus relaciones sociales ajenas al banquito. Al igual que en las viejas tribus, existirá en cada banquito un hecho característico que inició todo, hecho que todos los colegas conocerán e irán transmitiendo a los nuevos miembros. La diferencia con las tribus antiguas es que estos hechos nunca serán tan complejos. Vamos, que lo más normal es que el inicio del lugar de reunión es que el banco esté debajo de la casa de fulano o mengano o algo similar. Con estos ejemplos se pretende mostrar la relación de semejanza entre algunos aspectos de las estructuras propias de los banquitos y de las tribus, el cómo a partir de un evento originario concreto un grupo de individuos semicerrado ―ya que nunca está cerrado completamente debido a los procesos, ritos por los que se pueden incorporar nuevos miembros― entran en una dinámica que busca negar el paso de los acontecimientos, reaccionando con rechazo a cualquier clase de novedad que les acontezca, tanto impuesta como traída por uno de sus miembros.

Todo esto desemboca en una única reacción posible por parte del capitalismo: la búsqueda del abandono de las estructuras tribales del banquito del parque igual que luchó, y sigue luchando, por civilizar a tribus indígenas por todo el mundo. Esta imposición se produce mediante la reducción del tiempo libre a través de la ampliación de la jornada laboral en pos de fines mercantiles, mostrando como ejemplo de individuos triunfadores a aquellos que han dejado de frecuentar sus respectivos banquitos para crear una suerte de rechazo a esta forma de vida y promoviendo la gentrificación en los núcleos urbanos, convirtiendo todo lugar de reunión en un lugar de paso, en un medio para llegar a un centro de consumo y no un fin en sí mismo. Realmente todos estos esfuerzos tienen mucho sentido ya que, a pesar de que no todos los banquitos tengan como suya una cultura crítica con el sistema y que por lo tanto no supongan una amenaza directa, sí que son un foco de creación de cultura propia que escapa por completo al control de la sociedad, atentando así contra una uniformidad pretendida. Es por esto por lo que los banquitos, por insignificantes que parezcan, pueden resultar peligrosos debido a la falta de control de sus protocolos, de sus ritos, de sus costumbres, igual que fueron peligrosas para el sistema las diferentes tribus indígenas.

Aun así, a pesar de los impedimentos de las leyes, ayuntamientos o policías, los colegas del banquito seguirán resistiendo como tribu, creando y manteniendo sus protocolos y estructuras, que en el fondo son parte de su cultura de banquito, y exportándolas al resto de la sociedad en forma de expresión propia como mínimo o incluso como forma artística. Y por mucho tiempo que pase, por muy lejos que la vida lleve a un individuo, los chavales de su banquito seguirán ahí, físicamente o no; y cuando vuelva todo seguirá igual después de que los colegas se pongan al día, no sin antes reprochar al desaparecido con el reglamentario «oye, ¿qué está pasando? Ya no te pasas por el parque, tío»[2].


[1] Este escrito es posible gracias a la delirante discusión entre Alfonso, Gustavo y el autor y todo lo que éste ha aprendido del profesor Carlos Fernández Liria. Nada de esto sería posible sin ninguno de estos dos elementos.

[2] Que lo entienda quien pueda.

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