LA UNIVERSIDAD. ¿CÓMO SE DERRUMBA UN EDIFICIO?

La Universidad. ¿Cómo se derrumba un edificio?


¡Oh, la Universidad!, la cuna de los mejores años de juventud, hogar de las mejores ideas, las mejores amistades, las hazañas intrépidas de los idealistas y morada de la democracia y el debate científico. Esa Universidad en la que otro mundo es posible y estás siendo el protagonista que no fuiste en el instituto. Donde no llegan los problemas más feos del exterior pero hay razones suficientes para no relajarse, donde no hay Dios que te detenga cuando te has tomado tres cervezas y estás levantando la mano hasta el cielo en una clase. Los padres y las madres les siguen diciendo a sus púberes hijos que la Universidad son los mejores años de la juventud, ¡oh, divino tesoro!

Quienes hemos pasado por ahí sabemos que sí pero no. Que ni tanto, ni tan calvo. Si la Universidad española hace tiempo condensaba el sentir cultural de una época, hoy condensa los sudores de los estudiantes cuando tienen que abonar las matrículas de sus grados y másteres. Que, si hace tiempo las aulas se poblaban de discusiones sobre las discusiones de los libros que se leían, ahora hay PowerPoints, bebidas energéticas y subrayadores fosforitos. Y es por todos conocidos que, si  la Universidad antes era un ascensor social para acceder a un trabajo mejor, ahora al único ascensor al que te lleva es al de un aeropuerto de una compañía low cost rumbo a cualquier lugar. Digámoslo claro, la Universidad ya no es lo que era, pero no porque en su esencia haya cambiado, sino precisamente porque no ha cambiado nada en esencia. Ahora el profesor soporífero de turno ha actualizado los apuntes amarillos y los recita en PowerPoint. La academia española escribe mucho más, pero dice mucho menos y las guerras púnicas entre departamentos universitarios se encarnizan a la par que disminuye la financiación a las universidades. Corremos el riesgo de que los profesores universitarios sean los nuevos hidalgos, sin producción científica conocida pero con tantas ínfulas que hace que sea más apetecible ver un vídeo de El Rubius que leer cualquiera de sus artículos regados con bourbon. Lo bueno que quedaba (la vida asociativa, las actividades culturales, el profesorado implicado, la investigación…) se fue volando con los vientos de la crisis y Bolonia. Hoy vamos a la universidad casi como quien va a un museo de ciencias naturales: a ver dinosaurios, murciélagos, vampiros y especies en peligro de extinción.

El templo del conocimiento está cerrado por no poder pagar las facturas. Acumulaba tantas deudas con el presente que primero fue atenuando las luces y se encontró feliz entre las sombras; después ahorró en sonrisas y encontró que era más fácil prodigar tristezas. Y poco a poco se fue quedando sin los que ponían las palabras justas a las cosas, porque sin luces ni sonrisas la tarea de pensar en nuestro tiempo se parecía más a una mazmorra que a una biblioteca, y ya sabemos que de las cárceles lo mejor que se puede hacer es escapar. Por eso los alumnos ya no buscan emular grandes hazañas ni de los abueletes del 68 o los primos del 15-M. En el templo del conocimiento reina la estética del PowerPoint y las exposiciones exprés. La ética de la eficiencia como modo de ordenar todo en relación a un porvenir que es tan incierto como un referéndum hoy en día. Parece que ya no quedan gentes que se enamoran de quienes leen en las bibliotecas.

Quienes nos creímos capaces de derrumbarlo todo desde la Universidad nos hemos quedado con cara de Albert Rivera mientras el edificio lentamente implosiona. Cuando en 2016 se doctoran en tres meses veinte mil personas y no ha habido una revolución tecnológica, advertimos hasta qué punto hay otro dios al que adorar en otro sitio. Concretamente en tu bolsillo. Los viejos reniegan de él con la misma firmeza con la que los judíos se niegan a decir «Jehová». Pero ahora que estamos en confianza, te diré quién es, se llama Google.

Si en Juego de Manos nos paramos a pensar sobre la Universidad que habitan y sufren muchas de las personas que nos leen, no es por hacer una sinfonía de las desgracias. Es porque nos negamos a pensar que sea verdad que la Universidad ha dejado de crear una ciudadanía crítica y apasionada con lo público. Cuando nadie le dedica un minuto a pensar qué pasa con la educación superior en nuestro país, hablamos sobre las fallas, sobre las desesperaciones, los abusos de poder y las ganas de cambiar las cosas. Queremos pensar con vosotras y con vosotros, y contaros nuestras historias de las guerras que perdimos, pero que nos hicieron eternos.

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