TAQUÍ HEMOS LLEGAO

Taquí hemos llegao


Son las siete de la mañana. Suena un despertador en una habitación del pasillo. Se oye el ruido amortiguado por el tabique que separa las habitaciones. Aunque ya lleva un rato despierto, no se levanta. El toque de diana no le corresponde. Siente el cuerpo caliente en la otra mitad de una cama de 120 cm, ese que con el paso de los años cada vez siente más lejano. Se escuchan pasos por el pasillo, el agua de la ducha correr, el pitido del microondas que indica que el café de sobre ya está caliente. La puerta de la calle se cierra con un portazo tenue. María se ha ido a la Universidad.

En la soledad de la madrugada se levanta sintiendo cada uno de sus músculos. Esos músculos que antes levantaban muros y que ahora cada vez les cuesta más levantarlo de la cama. En el baño se enfrenta al reflejo que le ha regalado el paso de los años. Las bolsas bajo los ojos, la piel gruesa y dura, esa verruga que, sin saber cómo, un día le apareció junto a la nariz y un pelo negro cada vez menos denso pero que al menos sigue ahí. Se afeita mientras la habitación se llena por la ventana de los ruidos de una ciudad que se pone en funcionamiento.

Sin motivo para ponerse él también en funcionamiento, sale por la puerta a hacer su rutina. Llega al bar de Manolo, como siempre. Antes de ir a la obra, el desayuno de rigor era un café solo y una copita de coñac, seguidos de un cigarro negro, fiel compañero durante más de cuarenta años hasta que un médico lo borró con un garabato en un papel.

Manolo nunca cambió. Manolo vio todo desde la trinchera de detrás de la barra. Vio cómo las drogas se llevaban a jóvenes a puñados, llegaban nuevos vecinos de todas partes del mundo, el auge de la construcción, las vacas gordas; y ahora, las flacas que han hecho que a él mismo ya no le dé para seguir con el negocio, ahora que ya siente cómo la vida entre soberanos y Sol y sombras le está pasando factura…

Tras alargar la copa por más de una hora, espera detrás de unas viejas en la panadería. Y en el reflejo de la puerta de cristal ve que no desentona. Que él también se ha convertido en un viejo desde aquel día que el capataz le dijo que no volviera.Ya son sesenta tacos en las espaldas, e igualmente ya no iba a aguantar mucho más. Ha comenzado a sentirse viejo ahora que se ha quedado en un limbo entre la edad productiva y los prometidos años dorados de viajes a Benidorm y excursiones del Imserso…

 

Hace poco nos juntamos un grupo de muchachos y muchachas a pensar en la vejez. En qué es aquello. La jubilación como rito de paso entre la madurez y la vejez no nos convencía, el trabajo no puede tener la capacidad de determinar incluso eso. El viejaso te puede asaltar mucho antes, como al protagonista de más arriba. O mucho después. Quizás sea una sensación de extrañamiento respecto al mundo en el que vives: un grupo de mocosos a los que les sacas décadas de repente está poniendo patas arriba todo lo que hay a tu alrededor, y aquello que entiendes, que controlas, cada vez tiene más que ver con tu mundo interno, con tus rutinas diarias. Por descontado que esa sensación te pilla a una edad indeterminada.

Quizás nos equivocamos al buscar un rito de paso, y la vejez no exista sino como parte del continuo en el que ya estamos metidos hasta las trancas. Lo cascarrabias que seremos de mayores lo somos ya en potencia; y lo sabios y sabias que seremos, bueno, estamos en ello.

Pero lo que aún no conseguimos entender es por qué la vejez tiene que ser algo malo: nos pasamos la vida de rutina en rutina, de trabajo en trabajo. ¿Por qué va a ser peor el trabajo de anciano? ¿Acaso es mejor una rutina que otra? Aparecen limitaciones, claro, pero desaparecen otras. La esquizofrenia capitalista tiende a desdibujarse o por lo menos ralentiza un poco el ritmo. El mundo entero parece que te deja un poco en paz.

Nos damos cuenta de que hemos hablado mucho y concluido poco. No somos nosotros quienes podemos sentenciar nada aquí. A lo máximo, se nos antoja algo parecido a un «hasta aquí». Taquí hemos llegao. La locura por el progreso, condenado progreso laboral, por ir hacia arriba, que es la vida adulta, se convierte en meseta, y deja abierto un horizonte en el que por fuerza se toman nuevos caminos. Quizás más esperanzadores.

 


En este monográfico…

En el bufet viejo de este mes tenemos muchos platos y todos de ayer: ¿por qué el tipo de «Lolita» no da todo el asco que debería? Pues Sara Sánchez-Molina os lo dice en «Susana y los viejos». Momias musicales, sí, claro, podrían ser tus yayos pero tienen bandas de rock y muchos más millones que ellos en «El rock no ha muerto, pero debería», de Marta Guirao. Fernando Ángel Moreno nos habla de ciencia ficción y de por qué nuestro futuro no es como nos esperábamos. Y vuestro humilde servidor (hey, presentación vieja), Pablo Rada, os trae palabras viejas que resonaban en los salones de las casas de los ochenta y que aún resuenan en algún sitio en «Parole, parole, parole…» y naves espaciales, casas en la Luna y diseños de tostadoras brillantes, brillantes como para un mundo nuevo condenado a ser bastante viejo en «Cromado».

En Política reseñamos una larga conversación con el ámbito rural: «Palabras mayores», por Francisco Fernández-Trujillo. Con Ainhoa Maestu nos peleamos con la envejecida demografía del país en «País de viejos, pero no para viejos». Marta Lezcano nos habla de relaciones amorosas entre mayores y jóvenes, y cómo los argumentos biologicistas juegan siempre contra las mujeres en «Maduritos interesantes y cougars». Cerramos con una reseña bien madrileña, del libro «La Movida Modernosa», por Pablo Gastaldi.

Venimos a advertiros de los peligros de buscar tema en Tinder y de la fauna encontrable, mientras nos tomamos algo en el bar más cutre y, por ende, más acogedor del barrio; y acabamos hablando de cómo ellos crecieron y se reprodujeron.

En la Tintorería, Ángela Fernández Montoya nos trae un yayo con su fino trazo y Marta Gómez Pintado nos trae la vida de una cámara a través del tiempo.

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