EL FANTASMA DE LA FELICIDAD ARREBATADA

El fantasma de la felicidad arrebatada


Pensábamos que un fantasma era una presencia del pasado que se materializa en el presente como perturbación en lo cotidiano. Algo que debió dejar de ser y que sin embargo permaneció como obsesiones, cuya presencia, una vez la notas, no puedes dejar de sentir.

Y queríamos hablar de cómo ciertas cosas ocultas a los sentidos, y en concreto a la vista, siguen presentes en la vida, de cómo te enredan, te soban y hasta forman parte de ti mismo sin darte cuenta. Queríamos hablar de cómo se crean fantasmas voluntariamente al negar realidades, de cómo hay fantasmas que llevan demasiado tiempo existiendo y de cómo algunos nunca llegarán a serlo.

Porque, aunque la idea que tenemos en general de un fantasma sea la imagen de un ser informe, visible pero intocable, que avanza por los pasillos a cadenazos con una sábana impolutamente blanca o, en su versión pegajosa, manchando las alfombras de ectoplasma, o como ese ser pálido, inmóvil, que de repente vemos por el rabillo del ojo mientras estamos a oscuras en nuestra habitación; o ese temor a encontrarte con una cara pegada al cristal de tu ventana. Aunque esa sea la manera en que lo imaginamos, estamos confundidos.

Un fantasma es un amor no resuelto. Un choque de miradas que por un lado emana pasión y por otro, indiferencia. Un fantasma es una caricia bajo la manta que no sabes si es error o una mano temerosa a un rechazo que no reúne el valor suficiente para tocar como quiere, con la mano abierta y las puntas de los dedos, recorriendo los recovecos más oscuros de un cuerpo deseado.

Por eso la tarea de definir de qué queremos hablar se enturbia.

¿Qué es un fantasma sino el deseo de aquello que no fue y que no será? ¿Una idea peregrina en una mente trasnochada no es acaso un fantasma? Y todos aquellos lugares que nunca habitamos, edificios vacíos, solares al sol, terraplenes con plantas, ¿acaso no son fantasmas? El maquillaje, la moda, las medidas adecuadas, la buena imagen…, ¿no son todos formadores de fantasmas? ¿Hace falta no ser para ser un fantasma? ¿Y firmar una hipoteca? ¿No es acaso el firmar el inicio del miedo a quedarte sin casa? ¿Cómo definir de lo que se va a hablar cuando descubres un fantasma en cada esquina, en cada recoveco y hasta en la parada del autobús? ¿Cómo hablar de fantasmas en tercera persona cuando descubres que tú mismo eres y estás formado por muchos y plurales fantasmas?

Porque todo lo que somos o podemos ser está marcado por ese pasado incomodo e insistente que no nos deja en paz. Hay quien lo llama destino pero es realmente una situación mucho más prosaica: la de estos fantasmas sin sábana ni cadena que, sin embargo, conducen nuestra vida no tan invisiblemente: el lugar en que naciste, tus ideas, las ideas de familia, las ideas de los demás que hacen que cuando llegues a un sitio, por nuevo que sea, lo hagas con esa sombra atada a la espalda.

Y eso en el mejor de los casos. Porque en el peor los fantasmas pueden ser mucho más presentes, es decir, mucho más fantasmas. No estamos hablando de apariciones, aunque siempre hay luchadores y luchadoras que se esfuerzan porque vayan tomando presencia los nombres y las historias de quienes fueron desaparecidas y desaparecidos. El crimen, la represión llevadas al máximo exponente de crueldad, porque cuando no es suficiente con aniquilar los cuerpos y doblegar las mentes, había que recurrir al miedo más absoluto, a un miedo que quizás aprendieran en la ciencia ficción, la negación de toda la existencia, el borrado absoluto de un ser humano.

Pero no sólo las personas desaparecen y quedan en poco, en fantasmas: las ciudades con sus edificios y sus historias, con sus espacios de memoria siempre eliminados para que sea más fácil habitar en los lugares en los que se han sucedido guerras, crímenes, injusticias… Y así las cárceles se convierten en museos, los mataderos en centros culturales y los barrios van perdiendo su ser y su memoria, porque un fantasma efectivo, uno bueno y que resulte adecuado, no puede recordar qué fue antes de casi no ser.

Estos anteriores son solamente uno de los tipos de fantasmas: los grandes, ruidosos y pesados que mueven el aire y se notan cuando nos los cruzamos por las calles. Pero luego están los fantasmas pequeños, personales y cotidianos que cada cual lleva lo mejor que puede mientras intenta evitar los de los demás. Como no todo va a ser penar, también hay fantasmas agradables, en los recuerdos de otros tiempos o en las diferentes ficciones que nos entretienen un poco mientras nos morimos. Fantasmas de cine, de literatura, fantasmas de los que te cuentan historias y se tiran el pisto ―estos últimos no son tan inofensivos―, frases hechas usadas en telediarios, fantasmas navideños como el turrón y tantos y tantos otros que aparecen en diciembre en Juego de Manos para conocerlos, exorcizarlos y, si no lo conseguimos, al menos reírnos de ellos.

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