¡ÉCHAME UNA MANO!

¡Échame una mano!

El riesgo de tomarse todo literalmente

Lucas Diez


Nací con una extraña enfermedad, o al menos eso me dijo una amiga de mi mamá cuando yo era chico.

―Tiene el síndrome del austríaco ―comentó, mientras apretaba mis mejillas como si fuesen dos globos desinflados.

Yo dudé que fuera cierto, porque siempre hablé en castellano y no entendía ni un ápice sobre el idioma de Austria. Eso me traería problemas para conectarme con el mundo que me rodea.

Cuando tenía seis años lo noté. Mientras mi papá arreglaba su tan querido auto, un cupé Torino verde oliva que reflejaba el sol mejor que un espejo me llamó urgente para que lo ayudase.

―¡Dejá de jugar y échame una mano!―gritó desde abajo del capó. Fue una de las decisiones más difíciles de mi vida. Tenía que elegir.

―¡Apuráte que no tengo tiempo!

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Decidí que sería la izquierda, ya que la derecha la usaba para escribir. Tomé el hacha que papá usaba para cortar la leña que ardía en nuestra salamandra y ¡zas! ¡Tarea cumplida!

Tomé un trapo para frenar la sangre que se escapaba violenta de mi brazo, pues no quería que mamá se enojara al encontrar manchas sobre el piso. Le llevé mi mano a papá, quien casi queda atrapado debajo de su cupé al patear, asustado, el cricket que mantenía el auto elevado. Ese día de castigo mamá no me daría postre.

Conocí a mucha gente de largas túnicas blancas que me decían que lo de las manos era una forma de decir, que no tenía que tomar todo de esa manera. Y no me creían cuando yo les decía que no había tomado nada.

Con el tiempo mis problemas se solucionarían. Lo único que no entiendo es por qué la gente se ríe cuando, al ver mi muñón, me pregunta cómo perdí mi mano y yo le contesto que se la di a mi papá cuando éste arreglaba su cupé Torino color verde oliva. La gente está loca, supongo.

Cuando tenía veinticinco años, quien era por entonces mi novia, Agustina, me pidió encarecidamente que fuera a comer a su casa para, así, conocer a su familia. Recuerdo aquel día como si fuera hoy: me puse mi camisa a cuadros, me eché perfume tres veces como de costumbre, una vez en la parte izquierda de mi cuello, otra en la derecha y una en el medio de mi pecho, y me peiné prolijamente manteniendo mi raya al costado de un modo perfecto. El viento no se animaba a soplar para no despeinarme.

Cuando llegué toqué el timbre y me abrió Agustina. Estaba preciosa. Cuando me fue a dar un beso para saludarme, le pedí que no lo hiciera. Su lápiz labial color bordó podría mancharme y arruinar el momento. Conocí a mi suegra, Adriana, una mujer de aproximadamente cincuenta años pero aún apetecible, quien lucía un vestido blanco a lunares negros. «Si su hija llega así a su edad, me caso inmediatamente», murmuré hacia mis adentros.

También estaba mi suegro: Roberto. Él era una bestia de más de cien kilos en condiciones normales de presión y temperatura. Usaba una camiseta blanca y sus escasos pelos dejaban al descubierto su cuero cabelludo. «Parece una bocha de helado de vainilla», pensé mientras comenzaba a reír en soledad.

―Parece un muchachito divertido ―dijo Roberto a su mujer, en tono despectivo, mientras jugaba con su bigote amarillento víctima del tabaco.

Si vos supieras, Roberto, que me río de tu calvicie, mientras me imagino lamiéndolo rápido para que no se derrita, y que espero con ansias que tu hija se mantenga tan bien como tu esposa, supongo que no dirías lo mismo.

Mi querida suegra trajo unos espaguetis casi tan deliciosos como ella. La salsa, magistral, estaba del mismo tono que los labios de Agustina, quien me miraba atontada, en clara señal de conformidad por mi presencia frente a su familia. Todo venía bien hasta que «el Helado», perdón, mi suegro movió sus bigotes, rompiendo así con el encanto del momento y destruyendo mi profundo deleite por las pastas.

―Bueno, después de tanto tiempo, tenemos el placer de conocerte. Agustina nos habló mucho de vos. Ya son ¿cuántos? ¿Tres años de novio?

Respondí afirmando con la cabeza sin poder quitar mis ojos de ese bigote que se movía armoniosamente al compás de las sílabas pronunciadas.

―No sé cuáles serán tus intenciones con mi hija, pero quiero decirte que si la relación va en serio espero que me pidas su mano.

En ese preciso momento, y luego de escuchar la última frase, sentí cómo el horror invadía mi cuerpo. Yo sospechaba que mi novia ocultaba algo, pero nunca creí que podría ser algo tan grave: ¡mi suegro me ofrecía la mano de su hija en señal de sacrificio! Esa propuesta satánica me dejó inmóvil, sin poder contestar. Agustina me pateó debajo de la mesa, esperando que yo aceptara la propuesta.

Yo, que sabía todo lo que había sufrido con mi amputación, no podía exigirle a mi novia lo mismo. La amaba pero mi amor no me permitía lastimarla de esa manera. Y sin mediar palabra me levanté para echar corriendo hacia la calle sin detenerme a mirar hacia atrás. Ese día fue el último en muchos aspectos para mí. Nunca volvería a ver a Agustina, nunca volvería a comer pastas y nunca jamás en mi vida pediría helado sabor vainilla.


 

Fuente: Yisucrist
Fuente: Yisucrist

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