DIARIO DE UN LIBRERO (1ª ENTREGA)

Diario de un librero (1ª entrega)

Texto: Paul Hirschdorf
Ilustraciones: Karl Tierisch


Así. Un día despiertas y todo lo que te rodea, lo que cubre las paredes de tu habitación, la encimera de la cocina, la repisa de la ventana del baño, lo que ocupa la mesa del salón y las estanterías donde tu hermana, que se fue de casa antes que tú, solía dejar diapasón, afinador y metrónomo cuando terminaba de ensayar, es decir, literalmente todo lo que llena el espacio de los setenta y tantos metros cuadrados de tu casa y no es tu propio cuerpo, todo son libros. Ese día quedas marcado; te das cuenta después de ducharte y salir a dar un paseo, a desayunar, a comprar el periódico, a devolver los materiales que sacaste hace dos meses de la biblioteca y quedaron sepultados, a esa hora trágica que ya no es la mañana en que siempre se plantea la fatal pregunta: ¿qué coño hacemos hoy de comida?

Durante el paseo, o mientras haces la comida, no dejas de preguntarte de dónde han salido todas esas antologías espantosas, como Poesía anónima africana, que no indica el nombre del traductor ni la editorial, esos libros pretenciosos de jóvenes poetas vegetarianos —ahí están NC, AR o AMP—, que para ahorrar costes imprimieron sus libros en Polonia sin paginación ni índice; esos tratados infumables de lógica formal y léxicos filosóficos cuya puesta al día parece obra de la Congregación para la Doctrina de la Fe, libros que sabes que dejarás como por descuido en casa de tus padres al primer amago de mudanza. Quizá —piensas— a mis padres les resulten interesantes. Claro, seguro que a tu padre, que verano tras verano se empeña en leer las obras completas de Shakespeare con el afán de Sísifo, le interesan los diccionarios filosóficos que elaboraron aquellos «capillitas» de los años 50-60.

Al cabo de un par de horas has ido recordando, de forma acelerada y excitante, el lugar, el día, en que cayó en tus manos cada libro. Sientes que podrías clasificarlos por orden cronológico de lectura: año 2007, 2008, 2010, 2009, 2014, etc.

Cuando el recuento acaba te dan ganas de llevar el cargamento a la Opernplatz, ya se sabe, «dort wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Apple-Mac Computers» («donde queman libros, quemarán al final también Macs»). Se te llenan los ojos de lágrimas, como a Heine, y llamas a tu madre. No puede escuchar la historia de la Revelación inmediatamente, así que, cuando el contestador repite su ritual aviso, detrás de la señal, gritas: «¡¡mamá, quiero ser librero!!».

 

Texto: Paul Hirschdorf. Ilustraciones: Karl Tierisch

Madrid-Berlín, 2016


No se permite un uso comercial de la obra original ni la generación de obras derivadas

Leave a Comment