DESGRACIA COLLAGE

Desgracia collage

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Nos hemos acostumbrado a que las desgracias más sonadas desaten la reacción de los internautas en una lucha sin cuartel contra la indiferencia. Las redes se estremecen y las fotos de perfil adoptan fondos de banderas de los países o comunidades afectadas y tiñen de colores llamativos unos contenidos que despotrican contra la barbarie, las imprudencias, las culpas o las inclemencias meteorológicas.

Frente a ello se elevan las voces de quienes, siempre un paso por delante, señalan la desigual repercusión que tiene una matanza en Francia que en Kabul, en Palestina que en Estados Unidos, y que en ocasiones vienen acompañadas de banderas no occidentales y de infografías del horror alrededor del mundo, lo que añade aún más colorido a la conversación global de internet.

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Y a continuación, a vivir que son dos días. Es normal. Salvo mala suerte (la mala suerte estadísticamente improbabilísima de que justo sea un conocido nuestro el que iba en ese avión), las desgracias «hiperajenas» nos conmocionan lo justo. No es tan fácil diferenciar entre realidad y ficción, asumir que esos muertos antes estaban vivos. Quizás sea por la distancia (geográfica y cultural), quizás estemos condenados a ello mientras la información siga llegando por las mismas vías por las que nos atiborramos de violencia, espasmos y sadismo de ficción.

Esa solidaridad viral tiene algo de parecido a las risas enlatadas. Éstas hacen referencia a «lo que hay que sentir» o hacer, igual que el cartel de «aplausos» indica al público de las retransmisiones televisivas cómo tiene que actuar. No es de extrañar que, ante acontecimientos atroces y difíciles de comprender que ocurren fuera de casa, se sugiera qué es lo que se debe sentir de forma sencilla. Y que se haga viral, claro, compartir es vivir. Cuanto más sencillo sea el mensaje y mejor se difunda antes podremos volver a nuestra vida, que es la que importa.

Tras décadas de exposición a las risas enlatadas (las primeras datan de 1950), su efecto es cada vez menor. Estamos al borde de la inmunización, están más cerca de pasar a formar parte de la banda sonora que de sugestionar al público para que se ría.

Con esas reacciones rápidas, lacrimógenas y virales que se propagan por redes sociales calando en buena parte de la opinión pública, sucede algo parecido. Parece que cumplen más una función de acompañamiento que de reacción real.

En realidad, esos estados de ánimo son profundamente irrelevantes fuera de las redes sociales. No hablemos ya de los parrafazos que se desgañitan contra ellas. Y lo son porque rara vez salen más allá. Rara vez desembocan en gestos, acciones o implicaciones.

Para la próxima, y como esta solidaridad viral resulta insoportablemente cíclica y repite más que el gazpacho, sugerimos sortear la tesitura en la que nos pone nuestra comunidad virtual (elegir entre: 1. poner una banderita a nuestra foto de perfil; 2. machacar a quienes se la ponen; 3. no poner nada y correr el riesgo de ser considerado un cerdo indiferente) y dar alguna de las siguientes muestras de solidaridad enfervorecida.

Amancio Ortega, quien recientemente ha tonteado con la primera posición del ranking de la persona más rica del planeta, seguro que no duda en mostrar su solidaridad con Bangladesh cuando se entere de que su multinacional de la moda compra ropa a fábricas  en las que, aparentemente se trabaja en penosas condiciones en el país asíatico. Antes de hacer un juicio precipitado, recuerden que empezó desde muy abajo y es un gran benefactor de Galicia.

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Angela Merkel con Andalucía. Claro que sí, y olé

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La familia Robertson solidaria con los niños de Rwanda, porque no han hecho nada y las están pasando canutas.

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Otegui solidario con España. Porque Arnaldo no olvida pero sí que perdona y se solidariza con las instituciones que lo están pasando mal.

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Solidaridad de este guardia del Buckingham Palace con la última tragedia en India (se hace cargo por todo lo alto de su pasado colonial).

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Donald Trump en solidaridad con la Tierra. La bandera del Planeta Tierra es un hecho. Y ahí tenemos al próximo presidente del Mundo demostrándonos que nos quiere, esta vez mexicanos incluidos.

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Putin comprometido con la paz mundial. Si le dieron el Premio Nobel de la Paz a Obama, why not?

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No sería acertado descalificar a quien expresa esta solidaridad facilona por sus redes. Es posible que si esta no existiera, fuera yo el primero que la reivindicaría y que atacaría la indiferencia colectiva. Lo mismo haría ante la ausencia de su versión izquierdista de reclamar más atención hacia conflictos mediáticamente marginados. Si nadie lo hiciera, sería yo el que correría a lamentar en público la tragedia de un país que he tenido que buscar en Wikipedia. Ahora bien, por suerte hay miles y miles de personas que se van a encargar de hacer ese «trabajo sucio» y no sería descabellado pensar que no habría ningún problema si nos ahorramos el convertir nuestros perfiles en redes sociales en un carrusel de banderas solidarias o de apelaciones vacías a la toma de conciencia.  Sería todo un poco menos tedioso.

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