DEJE QUE ME ABURRA, POR FAVOR

Deje que me aburra, por favor

Jaime Peña


Cuando decimos ocio, ¿qué nos viene a la cabeza? Lo más seguro es que pensemos en vacaciones, ese anhelo, ese reino mágico, utopía deseada, que se constituye sobre la presunción de poder disponer del tiempo, en cada uno de sus instantes, como un todo cualitativo y emancipador. Carpe diem!, ¡vive el momento!, ¡sé feliz! Pero el ocio es una paradoja, un drama que encuentra su punto crítico en un impedimento esencial: la obligación como ciudadanos de no poder perder el tiempo, bajo ninguna condición ordinaria o extraordinaria. Más aún, si tenemos en cuenta que, hoy día, la velocidad a la que se desarrolla la vida nos genera la sensación de que tiempo, precisamente, es lo que no tenemos. Entonces, ¿cómo darnos al ocio, al «privilegio» de perder el tiempo, si la dimensión temporal es en sí misma ya un objeto, el más valioso de entre todos los habidos y por haber?

«En todas partes y a pesar de la ficción de libertad que representa el ocio», señala Jean Baudrillard en su libro La sociedad de consumo, «asistimos a una imposibilidad lógica del tiempo “libre”: sólo puede haber tiempo obligado. El tiempo del consumo es el de la producción […]» y la producción es el consumo (como objeto) del tiempo. ¡Qué mejor forma de producir ocio, de consumir tiempo «libre» sino bajo el imperativo de la excitación! En efecto, dirigir la excitación requiere dotes de mando, de control, de dominación. Es el método de dominación por excelencia en las sociedades de consumo, establecidas, en su herencia cultural, como jerarquías, que son así, por lo ascendente/descendente del asunto, la cristalización fálica de la excitación. Toda falocracia es necesariamente jerárquica. Toda jerarquía, falocrática.

Para que una falocracia funcione, los estratos superiores deben asegurar el buen rendimiento de los inferiores que, a su vez, están obligados a rendir cuentas a los superiores. ¿De qué manera? Sometidos al mandato constante de la excitación. Por poner un ejemplo, tenemos como entes excitados, valedores de la excitación (por ello reprimidos y represores), a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado —fíjese en lo perverso de la descripción constitucional: dice del Estado, no del ciudadano, no del individuo, no de lo social, ¡sólo del Estado!, que es justo una jerarquía de jerarquías.

La excitación es el puente entre el deseo y el placer, el pasatiempo entre angustia y alivio. «La tonalidad básica de la cultura del rendimiento no se orienta a la obtención del placer, sino al mantenimiento de la excitación», nos dice Alberto Santamaría en uno de los poemas de Pequeños círculos. ¿Cómo, si no, vamos a ser productivos y, por extensión, consumidores? Si la angustia que nos genera el deseo de conseguir mantenernos diariamente a flote, hasta los confines de la existencia, no encuentra su materialización en algún tipo de placer (centros comerciales, espectáculo, televisión, redes sociales, moda; en definitiva, hobbies) que nos «alivie» durante, y sobre todo, en periodo vacacional, como un espejismo que nos empuja hacia el siguiente, la jerarquía a la que pertenecemos corre el riesgo de acabar convertida en flácidos escombros, y el ciclo infinito de la excitación puede tornarse en improductivo aburrimiento.

El ocio es indisoluble del consumo; así mismo, del trabajo. Sólo se es un ciudadano pleno cuando se es, plenamente, consumidor. Si no producimos no podemos consumir, ni tenemos derecho al ocio, que es la (pre)disposición del tiempo de consumo. No hay, entonces, nada más pernicioso para esta sociedad que el aburrimiento, ya que viene a significar la anulación (sin pérdida) de ese tiempo.

Cuando el aburrimiento se hace presente en nuestras vidas, en un primer momento, asolados y confundidos, paralizados en cualquier caso, parece como si tuviéramos que desaprender lo que, creíamos, era el vivir en libertad. Sin esa tensión que mantiene a la angustia y al alivio, al deseo y al placer como nudos de una misma cuerda, no sabemos a qué atenernos ni qué hacer porque, justamente ―aquí está la broma maliciosa, la ironía―, podemos hacer todo lo que nos plazca. Es decir, nos liberamos del yugo temporal, o, mejor dicho, de la ilusión enajenadora del tiempo libre.

Mas, el aburrimiento, ¿no es sino agente de la angustia? Lo es, pero de una angustia desgajada de toda jerarquía: la angustia que sentimos emerger de las propias entrañas cuando se despliega ante nosotros el gran salar de la posibilidad. ¿Y no es esta nueva angustia, a su vez, una revelación de las dudas, de las encrucijadas, de los dilemas morales? Si nos fijamos en los ciudadanos modelo, estos nunca tienen dudas, no se aburren; en las jerarquías encuentran un molde perfecto donde encajar, con una descripción inequívoca de todas sus tareas, motivaciones y aspiraciones. Alguien o algo ya les definió, y plantearse quién o qué, es cosa de locas, vagos, delincuentes, marginadas, poetas y toda esa gente calificada como escoria. No, de ningún modo está permitido el hallazgo.

Al fin y al cabo, todo hallazgo corresponde a un detenerse, a una contemplación, un templarse-con lo otro, dejándose llevar por ese tiempo sin pérdida fuera del tiempo. Todo hallazgo pertenece al campo del aburrimiento, del quietismo, nunca de la excitación, nunca del consumo. Y si, por una milagrosa voltereta del destino, logran encontrar en su interior esa centella de la que no podían hablar porque les era completamente desconocida, pero que en cierta manera, en lo más hondo de su desconocimiento sospechaban; si consiguen arrancar del gran hueco la certeza única, idéntica a uno mismo y lo expresan sobre ese vacío que hay detrás de cualquier definición, de cualquier jerarquía, rebasándola incluso, tejiendo con ciego hilo lo indecible de toda sociedad, de la sociedad en suma de la cual emana su carácter real; si llegan, en fin, a saberse y nada más (al modo socrático), ya se encargarán las potencias excitadas de mostrarles el camino «correcto», sin el sobresalto del aburrimiento, y en caso extremo, les sentenciarán (al modo socrático) a beber, carpe diem!, la cicuta del ocio.

Leave a Comment