DE YOGURES VA EL ASUNTO

De yogures va el asunto

Pandorita


Siempre se me ha dado muy mal no confundir la amistad con el flirteo. Sin embargo, se me da muy bien disimularlo. Casi podríamos decir que he pasado mi vida postpuberal tratando de distinguir si el tipo majo que me dejaba un folio en realidad quería poner mi apellido a sus hijos, o imaginándome en un futuro distópico donde poder lamer, sin remordimientos de conciencia católicos-apostólicos y romanos, la calva incipiente del veinteañero desafortunado ―futura carne de meme― que ha tenido la suerte o la desgracia de compartir dos días seguidos mesa conmigo en la biblioteca. Pero vamos, que nunca he tenido problemas para ocultar esa pulsión sexual continua en forma de compañerismo y amistad aliñada con manoteos torpes[i]. Por otro lado, siempre he tenido parejas mayores que yo. Quién sabe si por problemas freudianos sin resolver (Holi, Edipo) o por una búsqueda inconsciente de status a través de la escala etaria[ii].

Bueno, después de toda esta mierda autobiográfica, vamos al grano: he decidido irme de vacaciones sexuales a un resort nunca antes explorado. ¡Se abre la veda de yogurines!

Por todos es sabido, y no hace falta repetir, que está bien visto que un homínido de género masculino salga con un chica más joven, pero que se ve como algo atípico, propio de solterona forrada, que sea una mujer la que salga con alguien más joven (¡huy!, mierda, lo hemos repetido).

¿Y por qué es así? Se asume que el que lleva a voz cantante en la relación es el de más edad. Según ganas años, se asume cada vez más que tienes mayor liquidez (cash, panoja, parné). Por lo tanto, el hombre tiene que ser el mayor, el que lleve la voz cantante y el que tenga el control del dinero en la relación. Ya sabes, que te invite a cenar y que pague el taxi a su casa para que le comas la polla. Él controla la situación y tú no te quejes mucho, que ya que te invita tendrás que ser agradecida, mona. ¿Y si es la tía la que lleva la voz cantante? Eso es que él es un calzonazos (joder, le manda una mujer, ¿sabes?).

Pero bueno, los sugar dadys huelen desde lejos y son más aburridos que un crucero. Son monos porque te ponen ojitos, pero esos ojitos no ven en ti una persona, ven una salida ególatra de la caverna de su soledad y de sus más internos fluidos.

Y como si cuando eres mujer y al llegar a los treinta no tienes pareja ya se te empieza a considerar una solterona y una desgraciada en todos los hábitos de la vida («mírala, no tiene novio, a este paso no se casa nunca y no le da nietos a sus padres»), si sales con uno más joven se asume que él está obteniendo algún beneficio, que OBVIAMENTE no es tu cuerpo de vieja loba de mar.

Así que, amigas de las malas artes, la emancipación del género femenino pasa por la búsqueda, captura y el uso y abuso ―consensuado, nenas― de jóvenes inexpertos de cuerpos elásticos y briosos predispuestos a haceros sudar y recordar al mismo tiempo la forma física que teníais a los dieciocho (ya sabes, antes de esa mierda de estudiar y labrarse una carrera que al final lo único que ha labrado es la forma de tu culo en las sillas de prácticamente todas las bibliotecas de Madrid).

Tiene que ser fácil ligárselos. Si compartes carrera, eres de cursos superiores (tienes el conocimiento). Si compartes militancia, ya eres un pseudo-icono. Si compartes padres, es bastante feo. Así que, erigiéndote como voz de la experiencia, lígate al yogurín sin reparos, y permítete tácitas miradas de sabiduría que exhalen un alto y claro «ay, que inocente». Y, una vez que ya os hayan servido, dejadlos libres, que aún les queda mucho por experimentar y quizás no es la mejor idea que sea de vuestra mano.

Y, bueno, si no os funciona la jugada y el joven tarda en llamaros, id comprando un nuevo yogur e id metiéndolo en la nevera.


[i] De vez en cuando ese manoteo torpón viene del otro y entonces es preciso fingir que no ha pasado nada. Igual que cuando mandas un Whatsapp por la noche, pero decides poner un par de faltas de ortografía para que el que lo reciba piense que estás borracha y le quite hierro al asunto. ¿Funciona? No, pero ayuda a regodearse menos en la propia degeneración.

[ii] Quizá lo que me guste sea la falta de sorpresa que te genera un cuerpo más ajadete: esos hombros imberbes del veinteañero son potencialmente hombros peludos o no. Sin embargo, en el no-ya-tan-joven ya son o peludos o no, pero no te pegan sustos inesperados. Si creías que tu cuerpo cambiaba radicalmente en la pubertad, espérate a que te salga pelo en la tripa y te cambie el metabolismo en la segunda mitad de la veintena (no todo son las entradas y las estrías).

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